El tiempo es un maní

Lectura de viernes | Por Leandro Calle

Sí, ya sé, estamos un poquito cansados de que todos hablen del coronavirus. Animal invisible y molesto que parece acechar en cada esquina, a la salida de los supermercados y las verdulerías y que probablemente se aloja en las fosas nasales de nuestro vecino del palier.

No tengo tiempo, me comentó un amigo europeo por teléfono, con esto del “confinamiento” (así le dicen a la cuarentena en francés), no tengo tiempo. Ando de aquí para allá, me dice y en mi cabeza se dibuja la pregunta sobre qué será aquí y qué será allá. A no ser que habite el palacio de Versalles, no imagino grandes desplazamientos. Luego, voy cayendo en la cuenta que se refiere a actividades. Va de la cocina al dormitorio de los chicos; de la computadora al living; del teléfono al televisor y del lavadero a repasar la tarea de la escuela del más pequeño. En una vorágine existencial, ladridos de perro, llanto de uno de los niños y una leve agitación respiratoria concluye su llamada diciendo: te llamo más adelante.

Me decido a escribir algunas cosas y vuelve a sonar el teléfono. Esta vez es mi madre. ¿Y qué vamos a hacer? me dice. Nada, le digo, quedarnos cada uno en su casa. Luego reparo en la palabra “nada”. Hacer nada, frase hecha que solemos usar hasta el cansancio cuando estamos reventados de trabajo hacia mediados de noviembre: ¡qué ganas de no hacer nada! Lo paradójico es que cuando tenemos ganas de hacer nada tenemos que hacer de todo y cuando no tenemos nada que hacer no sabemos muy bien qué hacer con esa porción de nada que nos brinda la cuarentena.

Otra amiga, por video llamada, me dice: estoy feliz con la cuarentena, leo, escribo, disfruto mi casa, tengo tiempo para estar sola.

Yo me percibo –raramente- como una línea de 0800escuchotubolazo, y recuerdo que la semana anterior la video llamada había sido más o menos algo así: no vamos a poder salir, qué voy a hacer, yo no sé qué hacer encerrada sola, acá en mi casa.

Apago el celular y en el momento exacto que me siento inspirado para enviar la única tarea virtual que se me ocurre para un grupo de alumnos, el gato que vive en mi casa me mira con los ojos completamente redondos, maúlla y me avisa que ya no hay ni rastros de esa porquería que le doy como comida. En el trayecto que hace la palita de plástico de la bolsa al recipiente se me cae la mitad del alimento y profiero en voz alta un insulto tan intenso como exacerbado. El gato mira como diciendo “qué exageración”. Me doy cuenta que el encierro ha llevado la neurosis personal a lugares tal vez insospechados.

¿Qué hacer con el tiempo cuando tenemos tiempo? Mi hijo duerme aún, es por eso que todavía cuento con tiempo libre, dice mi cabeza. Y pienso en la adjetivación que acabo de aplicar al sustantivo tiempo: libre. El súper-yo dispara rápido: “claro… o sea que cuando estás con tu hijo, no sos libre: tu tiempo es un tiempo, digamos, esclavo”. Como ya lo conozco, doy vuelta la invisible página de su pringoso existir, junto las bolitas de alimento diseminadas por el piso y reflexiono acerca de las adjetivaciones que hacemos sobre la palabra tiempo. Las frases hechas con la palabra tiempo: “tiempo loco”; “no tengo tiempo”; “tiempo libre”; “se me acabó el tiempo”; “no tengo todo el tiempo del mundo”, “Time is Money” (junto al concebido chiste de: “el tiempo es un maní”); la canción de Seru Girán: “Cuanto tiempo más llevará”; “Ser y tiempo” de Heidegger.

Claro, para esa altura ya se habían mezclado los componentes de la consigna y empezaron a surgir libros y canciones, mientras el gato acometía de manera parsimoniosa pero firme su ración de alimento. “El tiempo es veloz”, cantado por David Lebon; “As Time Goes Bye”, de Casablanca. Entonces, mentalmente, tarareo la canción mientras limpio lo que quedó de la cena anterior: “You must remember this/ A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh./ The fundamental things apply/ As time goes by…”
Eso, las cosas suceden mientras pasa el tiempo. De algún modo, pienso, mientras me atasco en la mancha de grasa en el borde de un plato, el tiempo es como este bicho invisible. Para los que ya estamos –justamente- jugando el segundo tiempo de este partido que es la vida, se nos vuelve fuerte aquello de Pablo Milanés: “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”. Y después, justo en el momento que la mancha se disgrega, acontece feliz esa definición juguetona y porteña de Cortázar en Rayuela: “Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda”.

Y en ese andar andamos. Preguntándonos por qué hacer algo cuando podemos no hacer nada, porque tener un tiempo para no hacer nada nos inquieta, nos molesta. Un viejo profesor de filosofía, recapitulando a Heidegger decía que “el ser” acontece en los momentos (¿tiempos?) del júbilo, el tedio y la angustia. ¿Qué aparece cuando aparece el ser? esa especie de monstruo metafísico que rige los destinos y que inexorablemente se encierra en nuestra contingencia.

Un poeta francés, Guillevic, dice en un verso algo así como: “lo único que tenemos es un poco de tiempo”. Sobre la mesa del comedor un papelito revela mis obsesiones. Yo, que trato siempre de salirme de la rutina, he anotado “cosas para hacer” en el tiempo de la cuarentena. Inventarse una rutina para no pensar. Asusta que la porción de tiempo quede en nuestras manos. Sí, el tiempo es como el dinero. No podemos andar por la calle con todo el salario en el bolsillo. Necesitamos dosificarlo, controlarlo, incluso preferimos que otros lo controlen. ¿Qué haremos con todo el tiempo en el bolsillo? ¿Qué vamos a hacer con este bicho que anda y anda? Recuerdo el mal chiste del tiempo es un maní, voy hasta la alacena, busco un puñado de cacahuetes, elijo dos o tres maníes, los arrojo hacia arriba y me los trago. Sí, el tiempo es un maní me digo. Del acto prometeico, quedan tres maníes en mi estómago, una bolsa llena de cacahuetes y la reverberación del verso de Guillevic: “lo único que tenemos es un poco de tiempo”.

 
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