Tina Elorriaga: la casa, el deseo, el lenguaje

El centinela ciego | Por Leandro Calle

El primer poema de “El miedo de una casa inexistente” de Ernestina Elorriaga (Alción, 2019) comienza con los versos siguientes: “Y era angustia la ausencia/ y era el dolor/ enterrado en la garganta/ un río embravecido en el territorio del silencio”.
Apenas traspasamos el umbral del libro, sabemos que entramos a un territorio de intimidad y de dolor; de lucha y agonía; y de algún modo también de liberación a través de la palabra.
El dolor, está enterrado en la garganta y no es un dolor vano. Va a ser necesario desenterrar ese dolor, hacerlo germinar en la tierra de la poesía. Tina Elorriaga, amasa este dolor con las palabras y construye con hondura cuarenta y nueve poemas que, alejados de la catarsis superficial, se erigen a partir de la experiencia con valor universal y un manejo comprometido de la palabra poética.
Si el dolor, tan personal y propio se ahonda, hay conciencia de que “el mundo sigue andando” como sutilmente lo deja entrever la poeta en el poema III: “sin embargo lluvia y árboles no cesan de brillar”.
Sin orden aparente, aparece la madre y el hijo. La poeta, como parte del ciclo vital, está fatalmente vinculada a su madre y fatalmente vinculado a su hijo. Hija y madre, en plena madurez responsable. Lejos aún de la vejez o de la dependencia infantil. Estirada hacia atrás, hacia el pasado y estirada también hacia el porvenir, hacia delante. Por eso Tina Elorriaga menciona tantas veces la palabra cuerpo, porque es el cuerpo el que soporta esas dos jaladuras aparentemente contrarias. El cuerpo, claro, es también lugar, territorio, casa. Casa del lenguaje y casa del dolor. La poesía, entonces, es un ejercicio para abrir las puertas del deseo: “Donde guardamos los silencios lo no dicho/ lo prohibido el deseo lo negado/ lo borrado el misterio lo maravilloso la lluvia/ el invierno las caricias la piel/ el deseo la infancia los pecados el olor las rosas/ la memoria las risas las voces/ los susurros el deseo…”.
Tres veces aparece el deseo en el poema. Está allí, en el territorio del silencio. Y hay que desenterrarlo, porque en ese lugar (como dice al final de ese poema) “en ese lugar/ vive un niño sin tiempo”.
Creo que de algún modo, a medida que avanzamos en la lectura, asistimos a la liberación de esa inocencia, de ese deseo, de ese “niño sin tiempo”. Si en el poema XXV, “el otro es en nuestro cuerpo/ no lo elegimos” y “cuando arrecian los demonios/ ser otro/ madre/ es una ardua tarea”, comprendemos que ser otro se convierte en una de las claves de lectura de este libro. Necesaria singularización que pretende escapar de toda alienación y de la dependencia sin más de los mandatos. Ser otro y con el otro: “ser con el hijo que nos navega”. Ese “ser con” ya es suficiente para darnos cuenta que la carnadura experiencial del libro se encuentra asida a las preguntas hondas acerca del sentido de la vida.
“El miedo de una casa inexistente” es de algún modo el miedo al desamparo, a la orfandad en cuanto hija y al desamor en cuanto madre. El miedo es una cáscara molesta. Pero Tina Elorriaga puede enfrentar al miedo porque en el fondo sabe que la única casa es el lenguaje, y es en ese lenguaje donde late – allá en lo hondo- un decir en donde “vive un niño sin tiempo” y ese niño crece, se transforma. Ese niño, ahora, es palabra que rompe, que nace: “quiero romper las preguntas que trae la noche/ que se sepa/ soy de carne// soy una mujer/ y escondo a una mujer salvaje entre mis huesos”.
Libro valiente de una mujer valiente. Cuerpo, casa, palabra. Morada fuerte para resistir los embates de la muerte:

XXX

El viento produce miedo
resopla
y
es un toro cargado de roja cólera
los caballos espantan insectos con su cola
los gorriones se refugian en los eucaliptos
la casa mira consternada sus postigos entreabiertos
siente miedo
pero aprendió a resistir
aún cuando la sal haya carcomido sus huesos
resiste
siente en el tejado la furia del vendaval

ojalá mi cuerpo se irguiera cual la casa.

 
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