No van a perdonarte, Spreaf

El centinela ciego | Por Leandro Calle

Si Spreaf tiene el desenfado y el desparpajo de escupirte en la cara con sus poemas, de abofetearte delante de todo el mundo hasta que te quedé el cachete colorado y la vergüenza pública como una protuberancia flácida en una noche de amor, es porque antes, mucho antes, en la fuente originaria de sus poemas, se miró al espejo, y se dijo a sí mismo mucho más de lo que podemos llegar a escuchar sobre nosotros. Quiero decir, es auténtico. No, no él. O sea, no me interesa si él es o no es auténtico. Digo, su poesía es auténtica. Su desfachatez poética, su insolencia.

“Treinta canciones de amor”, es el nuevo libro de Maximiliano Spreaf, editado por La cimarrona, en 2019. Son treinta, más un bonus track de ocho poemas. Prólogo de Andi Nachón, y una mayoría de títulos en inglés que dan cuenta tanto de las lecturas como de la música y, por qué no, de ser un poco incorrectamente político. ¿Acaso no se volvió un poco correcta la poesía? Lo que se debe escribir, lo que NO se debe escribir, lo que está de moda, etc. Insisto: Spreaf, se pinta las uñas de negro y parece hurgar el lado oscuro de la poesía. ¿Es así o es una pose? ¿Hurga el lado oscuro de la poesía o saca de la oscuridad toda la luz allí guardada?

“La libertad es el hilo que te quema las manos”, así termina el primer poema. Cuando ya te quemaste importa un cuerno lo políticamente correcto. Por ahí, tal vez va por ahí, el libro de Spreaf. Y a lo desfachatado, desenfadado o como quiera llamársele, hay que agregarle el amor. Últimamente se habla poco de amor, tal vez porque no es muy correcto, porque suena cursi, porque bla bla bla. Acá empieza una carrera con 38 poemas de amor. Papa caliente entre las manos, hilo que quema y arde como la libertad.

“Mi memoria comienza a sonar/ como los ladridos de un perro viejo”. Y el perro viejo ladra lo que tiene que ladrar, lo que quiere ladrar. A ver, vamos a escuchar los ladridos de este perro: ¿qué tenés para decirnos?

“sólo las serpientes/ que manifiestan su ira/ me son agradables/ ojalá el amor/ les pase por encima” (Rattlesnake).
Parece que el perro viejo se enrosca en sus ideas como una cascabel al acecho, y ladra hasta hacer caer las máscaras. Claro, cuando caen las máscaras, cualquier lucecita del amor nos pasa por arriba. Me da la sensación que, entre tanto panfleto y tanta corrección, Spreaf opta por decir poéticamente lo que piensa. Ya es perro viejo y los perros viejos ladran como quieren.

Eso sí, de algo estoy seguro, Spreaf, no van a perdonártelo. Pero sigo leyendo y el perro sigue ladrando. No van a perdonártelo, Spreaf, me repito. Pero el perro ladra y ladra: “… qué esperamos?/ qué seguimos esperando?/ un cariñito?/ tostadas con miel?/ un buen sueldo?/ sexo a la siesta?/ besitos de compasión en las mañanas?/ estamos inflados/ como el hongo de Nagasaki” (Nagasaki).

Ese globo letal, esa “inflación”, un poco el jet set barato de la literatura, otro poco la sociedad que nos toca, es un pulmón que alimentamos todos y que de algún modo respira bastante bien como para inflar cada vez más el hongo de la desolación. Como un globo de hule en una fiesta de cumpleaños. Como un globo que aspira a ser terráqueo, a conquistar el mundo. Pero Spreaf es el “arruina fiestas”, viene con su chica de la mano y un alfiler formado por palabras. Le saca puntas a sus uñas y nos arruina todo: “… y saldremos abrazados/ yo tuerto/ ella ciega/ a arruinar alguna fiesta” (Scary Monsters and Super Creeps).

Por eso te lo digo, perro viejo, no van a perdonártelo. Pero hacia el final pasa del ladrido al aullido. Perro viejo, sabe. Casi como que se ladra a sí mismo. Y uno como lector entra de repente a la ternura: “… no naciste para poeta Spreaf”. Pobre perro, pensamos, entonces la palmadita, el premio consuelo, compungidos miramos a ese perro que antes ladraba y ahora aúlla. Craso error. Entre la primera sonrisa complaciente y la primera palmada, salimos mordidos.

El perro muerde, y muerde fuerte. Salimos asustados. Perro de mierda. (Te lo dije, Spreaf, no van a perdonártelo). Y mientras corremos hacia un lugar seguro del lenguaje, deja de ladrar y canta:

“Poetry”

cuelguen del frío en las rodillas de la noche
sientan los clavos del hambre en la garganta
el deseo de volver al útero
la patada de la desesperación
el eructo de dios en la nuca
después
me dicen qué es poesía
y qué no lo es

 
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