Racismo, una larga historia detrás de Floyd

Lecturas de viernes| Por Leandro Calle

Mi hijo de ocho años vuelve horrorizado al ver en el noticiero el asesinato de Floyd. “Papá, eso es racismo, eso es violencia”. La tiene clara, me digo para mis adentros, mientras pienso que ya casi no queda un espacio de inocencia en ningún rango horario. Que la muerte se ha banalizado y que cada vez necesitamos estímulos más fuertes para darnos cuenta del horror de la violencia humana, es evidente. La muerte, la tortura, las bombas se televisan, y uno puede verlas como si se sentara a mirar una película de la segunda Guerra Mundial. Lo que tenemos ahí, en la pantalla, es un asesinato. Homicidio, al que podemos asistir para corroborar los hechos. ¿Nos damos cuenta? Es decir, es casi como sacar una entrada para ver cómo se asesina a un ser humano. Los medios de comunicación se han vuelto cada vez más morbosos y sanguinolentos. Hay una pornografía de la violencia, y terminamos acostumbrándonos. 

Lo que se crea es un hábito, entonces el horror ya no nos horroriza, o necesitamos estímulos cada vez más fuertes para darnos cuenta que somos bastante miserables como seres humanos. Recuerdo dos ejemplos: uno, el cadáver de Santiago Maldonado, cuya foto viajó por redes sociales y hasta por memes de espantosa factura; otro, un presidente de los Estados Unidos, que fue tapa de diversos matutinos, el momento exacto que observaba por su notebook el ataque y muerte a un terrorista como Osama Bin Laden. Esta naturalización de la violencia y el homicidio es también la que horada la memoria y la oxida. 

Lo de George Floyd es terrible, pero es una realidad cotidiana del país del Norte. No es ni el primer caso ni, lamentablemente, será el último: el racismo es parte de nuestra constitución genética como ciudadanos. Hay mucho que de-construir y des-colonizar. A los argentinos, en general, se nos sale de la boca el “negros de mierda” con bastante frecuencia; y más allá de las cuestiones lexicológicas, los hechos y acciones racistas están en Argentina a la orden del día. Hace unos días el ataque por parte de la policía a la comunidad Qom en las barriadas de la capital del Chaco, y un poco más atrás, el asesinato del senegalés Massar Ba, en las barriadas de Buenos Aires, en 2016, que aún no ha sido esclarecido. (Este último dato lo tomo de Omer Freixa, historiador africanista. Massar Ba, además de ser inmigrante senegalés era el representante de dicha comunidad en Argentina). 

Estados Unidos, como muchos otros países, está construido social y económicamente desde y sobre la violencia racial. Billy Holiday cantaba “Southern trees bear strange fruit,/ Blood on the leaves and blood at the root,/ Black bodies swinging in the southern breeze,/ Strange fruit hanging from the poplar trees” (Los árboles del sur dan frutos extraños/ Sangre en las hojas y sangre en la raíz/ Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur/ Extraña fruta colgando de los álamos). Incluso un poco antes que el movimiento de la negritud -iniciado en Francia por Aimée Césaire, Léopold Sedar Senghor y Jacques Roumain- existió el Grupo de Harlem, que, a través de la pintura, la música y la literatura expresó desde la comunidad afroamericana sus deseos, sus angustias y sus denuncias al sistema que los oprimía. Langston Hughes y Countee Cullen, entre los poetas renombrados que han quedado en la historia. Luego, ya todos conocemos, los grandes nombres de Martin Luther King; de los Panteras Negras, del blues y del jazz, pero lo que inconsciente o conscientemente nos cuesta aceptar es que la realidad no ha cambiado tanto, y que siguen matando personas por su color de piel. 

Europa tampoco queda fuera de la masacre. A partir de la histórica Conferencia de Berlín, en 1884, Europa trazó su mapa de colonización sobre el África. El rey belga Leopoldo II, habiendo adquirido el territorio de la actual República Democrática del Congo, comete uno de los mayores genocidios olvidados por la historia: se estiman unos diez millones de muertos bajo el régimen del rey belga. Pero, claro, es África, ese genocidio queda en los archivos olvidados de la civilización y no hay ningún tipo de justicia para ese pueblo. Las razones del odio están histórica y estrechamente vinculadas con la ambición económica. Lo dice tan claramente, y entre tantos otros, el filósofo camerunés Achille Mbembe, en su libro “Crítica de la razón negra” (2013): “Por otra parte, el negro ha sido siempre el nombre por excelencia del esclavo, el hombre-metal, el hombre-mercancía, el hombre-moneda. El complejo esclavista atlántico, en el corazón del cual se halla el sistema de plantación de las islas del Caribe, de Brasil o de Estados Unidos, fue un eslabón manifiesto en la constitución del capitalismo moderno”

Desde lo políticamente correcto asistiremos al horror frente a los hechos flagrantes, tanto en los medios como en el cotilleo social, pero es necesario tener en cuenta que existe, a su vez, una suerte de gatopardismo: todo cambia, pero finalmente nada cambia, o. al menos, no hay cambios para las víctimas de siempre. En momentos donde el mundo asiste a una aceleración histórica, en que los períodos temporales han dejado de ser dilatados, persisten situaciones añejas que no parece que fueran a cambiar, entre ellas, la violencia racial. En regiones enteras de Estados Unidos ser negro/negra es verdaderamente peligroso; el “no puedo respirar” (“I can’t breathe”) de George Floyd es la realidad de gran parte de la comunidad afroamericana desde los tiempos de los barcos negreros. Una realidad que responde a un problema que, lejos de ser coyuntural, pertenece a las estructuras profundas de la construcción de aquello que llamamos “civilización”. 

 
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