Araca la cana

Lectura de viernes | Por Leandro Calle

No se trata de la policía, se trata de la formación de la policía. Todo país cuenta con una fuerza policial, eso se da por descontado; pero, más allá de la investigación acerca de los excesos, los deberes, obligaciones y derechos de la fuerza policial, es necesario que, como sociedad, comencemos a plantearnos la formación del cuerpo policial. No solo cómo actúa la policía, sino cómo llega un muchacho o una muchacha de veintipico de años a convertirse en agente.

Y paso aquí a la crónica, a un dato personal que me aconteció hace ya mucho tiempo, en otro país. Yo no tenía idea de lo que era el “levantamiento del cuerpo”, pero estoy seguro que lo que me aconteció estaba muy por fuera de la ley. Yo me encontraba desayunando en el momento que me llegó la noticia: Ignacio está muy mal, está llorando y temblando como un chico, me dijeron. Mataron a alguien en la Fundación. Bajé la taza de café con leche e interrogué con la mirada. La Fundación estaba a dos cuadras, aproximadamente, así que bajamos con otro compañero de trabajo para ver qué había pasado. La policía estaba allí. Ignacio también. Al parecer, don Ignacio había llegado muy temprano, había abierto la puerta de la Fundación, y buscaba al guardia nocturno. Al abrir la puerta de una de las oficinas encontró lo que creyó ser un “año viejo”, esos monigotes de gran tamaño que en algunos lugares construyen a escala humana y los queman en la noche del 31 de diciembre. Ignacio se sonrió, pero cuando vio más de cerca, notó que su zapato resbalaba con la sangre que había por el piso. Dio un grito de horror y salió corriendo. Luego llamó a la policía. Lo que se encontró era digno de una novela policial: el cadáver no pertenecía al guardia nocturno, sino a otro guardia de otro local de la Fundación, y el guardia que había quedado la noche anterior había desaparecido. El muchacho asesinado, se llamaba Walter (o Samuel, no recuerdo ahora). Lo cierto es que Walter o Samuel tenía un tiro en el pómulo derecho. La zona del asesinato no estaba separada, y yo pasé por el pasillo de las oficinas con mi compañero para dirigirme al patio en el que se encontraban don Ignacio y la policía. Al pasar, por el rabillo del ojo vi una imagen dantesca. El cuerpo de Walter/Samuel, estaba como formando un triángulo, inclinado hacia el propio abdomen. Al parecer, la muerte no había sido inmediata y el hombre se había trasladado agonizante de aquí para allá. El piso era una versión horrorosa de las cuevas de Altamira, pero en vez de una pigmentación ferruginosa, había un chapotear de las manos en la propia sangre. Un frío me corrió por la espalda. Crucé una mirada aterrorizada con mi compañero de trabajo, y aceleré el paso. Acodado en una camioneta blanca, el policía a cargo hablaba del traslado del cuerpo, del “levantamiento del cuerpo”. Supuse que habría que labrar algún acta o algo por el estilo. Parece que el levantamiento del cual estaban hablando era del físico, y nadie quería levantarlo. “Hay que ponerlo en la caja de la camioneta” dijo uno de los policías. Nos miramos ante la insistencia de la afirmación, y nos dimos cuenta que ellos bajo ningún concepto iban a moverlo. No sé bien qué pasó. Recuerdo que Ignacio intervino. Yo tenía poco más de 20 años y con un voluntarismo estúpido y una inocencia atronadora, ahí estábamos mi compañero y yo, moviendo el cuerpo hasta la camioneta: el policía ni siquiera supervisó el traslado.

Recuerdo que me tocó a mí agarrarlo por los pies. Era un hombre flaco, pero alto. Lleno de sangre. Agarré dos papeles de diario y le envolví los tobillos. Cuando los agarré sentí el cuerpo frío, muy frío. No pensaba en nada. Esa misma noche, pasaría sin dormir, desvelado, con el recuerdo del frío entre las manos y una sensación de terror en el pecho. El cadáver de Walter/Samuel era pesado, muy pesado. Lo subimos a la camioneta. Pasar con ese cuerpo por el pasillo estrecho fue una proeza. Luego, lo querían llevar así nomás hasta la comisaría. Recuerdo que intervine para decirle que no podían andar con un cuerpo en una caja de camioneta por la ciudad como si nada pasara. El policía alzó los hombros como diciendo “y qué hacemos”. Alguien trajo unas sábanas y allí estuvimos varios, cubriendo el cuerpo y abrochando con alfileres de gancho los pliegues. Creo que se labró un acta, quizás.

La camioneta salió y nosotros volvimos a nuestra casa. Ignacio siguió de cerca todo el derrotero y luego nos contó cómo terminaron los trámites. Era la primera vez que veía un cadáver de un asesinado, con el plus de una intervención activa en la escena del crimen.

Fin de la crónica, de la que se puede extraer con facilidad una cantidad de irregularidades legales y desaciertos procedimentales de todo tipo, jurídicos, políticos, humanos, forenses, etc. Estimo que si hiciéramos una búsqueda de irregularidades de este tipo contaríamos sin dudar con un buen libro de crónicas policiales.

Literariamente hablando puede ser interesante, pero lo cierto es que acá han matado un pibe de 17 años. No es el primero y probablemente no sea el último. Mientras algunos leemos una novela de género negro, hay familias que transitan en una realidad que sigue superando a la ficción. ¿Cómo se preparan nuestros policías? ¿Qué formación tienen? ¿Están capacitados en derechos humanos? ¿Realizan un psicodiagnóstico continuo? ¿Qué control pueden ejercer los gobiernos sobre la fuerza policial?

No puede ser la policía una salida laboral rápida. Es necesario oxigenar la posible endogamia del sistema policial y generar una transparencia institucional con una formación permanente de sus miembros.

Como sociedad necesitamos una policía responsable, formada en derechos humanos, con atención psicológica, y, sobre todo, con un largo camino de estudio y evaluaciones antes de la portación de un arma.

 
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