El debate de fondo

El debate de fondo

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LA CIUDAD HORA CERO

por J. Emilio Graglia

Especial para HDC

Casi sin darnos cuenta, los argentinos entramos al mes de las elecciones presidenciales. Un mes clave para el futuro de la Argentina, sin dudas. De pronto, todo parece limitarse a ir o no a un debate televisado para criticarse unos a otros. Pero esa no es la primera ni la principal cuestión en esta campaña electoral. 
 
Por primera vez en la democracia argentina, se van a concluir tres mandatos presidenciales consecutivos. Es una novedad para nuestra democracia representativa. Una auspiciosa novedad que debería servirnos para pensar en la debilidad de las instituciones democráticas y la necesidad de fortalecerlas con más y mejor representación política. 
 
Veamos. El primero de estos tres mandatos consecutivos a concluir el venidero 10 de diciembre, fue el de Néstor Kirchner, entre 2003 y 2007, después de la feroz crisis institucional, política, económica y social que sufrimos los argentinos cuando el presidente Fernando de la Rúa se fue del gobierno antes de llegar al poder. 
 
Aquel mandato de Néstor Kirchner dio inicio a “kirchnerismo”, una variante del peronismo, o del justicialismo. Mejor dicho, otra variante, como lo fuera en su hora el menemismo, ideológicamente en sus antípodas, pero, al fin y al cabo, otra de las muchas caras de aquel movimiento político nacido a mediados del siglo pasado.  
 
A continuación, vino la elección de Cristina Fernández. Por aquellos días de 2007, se hablaba del “pingüino” o la “pingüina” como el candidato a la reelección, o la candidata a sucederlo. Cualquiera de los dos hubiera ganado aquellas elecciones. La candidata fue ella y, por lo tanto, ella fue la presidente electa de los argentinos. 
 
La muerte de Néstor Kirchner redujo las opciones a una. De esa manera, Cristina fue candidata a la reelección en 2011 y fue reelegida, por primera y única vez después de Carlos Menem en 1995. La primera mujer elegida Presidenta de la Nación y reelegida, un hecho que difícilmente vuelva a repetirse en el corto o mediano plazo.
 
De esa manera, a fin de este año se completarán tres mandatos presidenciales consecutivos: el de Néstor Kirchner y los dos de Cristina Fernández. Desde la Ley Sáenz Peña, de 1912, nunca antes había sucedido este hecho que destacamos por su trascendencia institucional. Ni antes ni después del 10 de diciembre de 1983. 
 
Entre 1930 y 1983, esto fue imposible por la sucesión de cinco golpes militares a sendos gobiernos surgidos de la voluntad popular. Después de la recuperación de la democracia, las renuncias anticipadas de los presidentes Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, en 1989 y en 2001 respectivamente, también lo hicieron imposible.
 
Las coincidencias sobre las diferencias
A esta auspiciosa novedad que demuestra la institucionalidad de la democracia argentina, se contrapone una notoria incapacidad de sus dirigentes para dialogar, buscando y encontrando consensos a mediano y largo plazo. Ir o no a un debate televisado no es lo más importante. Cómo gobernar después de doce años de kirchnerismo: eso es lo más importante.
 
Durante las campañas electorales, todos los candidatos compiten por los votos, tratando de marcar sus diferencias en comparación con los otros. Es la llave de cualquier elección. Para eso sirven los debates, para criticarse todos contra todos y tratar de diferenciarse de cara a un electorado que, por lo general, termina pensando que son todos iguales.
 
Sin embargo, llama la atención que los principales candidatos argumenten a favor de la “unión nacional” y, al mismo tiempo, excluyan a los otros de esa unidad que supuestamente buscan. Los que pelean por llegar a la segunda vuelta en noviembre hablan de unirse pero para derrotar al ganador de la primera vuelta y no para gobernar juntos. 
 
Una cosa es la estrategia de diferenciarse en las propuestas que cada partido o alianza hace al electorado y otra cosa es la incapacidad de mostrar  coincidencias a mediano y largo plazo para el país que tratan de gobernar. Evidentemente, hay diferencias entre ellos. Pero alarma que no haya coincidencias o que no se atrevan a expresarlas. Ese es, insistimos, el debate de fondo. Más allá de las poses para una teleaudiencia escasa y con la decisión ya tomada sobre su voto. Porque después del 10 de diciembre, será necesario el consenso entre varias y diversas voluntades políticas para decidir las estrategias que el país requiere en el actual contexto internacional. 
 
Más allá de los resultados del 25 de octubre, nadie podrá gobernar a solas. Los 12 años del kirchnerismo han mostrado grandes avances que no deberían menospreciarse. Sobre todo, si se considera el punto de partida: un país destruido, un gentío en la calle reclamando “que se vayan todos”, un 50 por ciento de pobres y un 25 por ciento de desocupados. Sin embargo, el diálogo político e intersectorial no ha sido una de las virtudes de la gestión kirchnerista. Al revés, el trato prepotente ha sido un defecto que ha empeñado los resultados de sus decisiones y acciones en materia inclusión social y de derechos humanos, junto con las denuncias y sospechas de corrupción en curso y las que vendrán. 
 
Se cierra un proceso político de 12 años ininterrumpidos, con virtudes y defectos. En la Argentina que viene, el diálogo debe desterrar a la prepotencia. Sería muy bueno que los principales candidatos empiecen a dar muestras de esa vocación desde ahora, sin chicanas para la TV, mostrando las diferencias pero, sobre todo, expresando las coincidencias.
 
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