Haití: Entre el fuego y el olvido

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

En medio de la ola de protestas sociales que se vienen sucediendo en las últimas semanas en distintos países de América latina como Chile, Ecuador, Perú o Colombia, un país ha quedado fuera de la cobertura de los medios tradicionales. Una de las revueltas más violentas es la que se está produciendo en Haití desde el 16 de septiembre pasado. El país más empobrecido del continente viene asistiendo a una serie de manifestaciones que tienen como objetivo, al igual que en Chile o Ecuador, la renuncia del presidente, Jovenel Moïse. Comenzaron por la escasez de combustibles debido al desabastecimiento. El mandatario ya enfrentó duras marchas en febrero de este año, tras una fuerte devaluación y aumento de precios. A su vez, se encuentra al frente de un reclamo del Estado haitiano contra una empresa eléctrica por el “extravío” de 123 millones de dólares. Impulsó el juicio coincidiendo con la salida de los manifestantes nuevamente a las calles. La empresa, una de las más importantes del país, Sogener, anunció que no podrá continuar con la producción de energía debido a falta de combustible, por lo que el conflicto social puede agravarse.

El 7 de febrero, cuando Moïse cumplía dos años en el cargo, las protestas se habían producido debido al estallido de un escándalo que involucraban a 2000 millones de dólares de presupuesto destinado para obras de infraestructura cuyo destino se desconoce. Los fondos provenían de Petrocaribe, el programa que Hugo Chávez había fundado para ayudar a las economías más pobres del continente a través de precios subsidiados de petróleo. Un informe de la Corte Superior de Cuentas calificó entonces de “grave”, a la forma en que los gobiernos gastaron el dinero proveniente del fondo. El actual mandatario era representante de una empresa en 2016, la misma tenía un contrato con el Estado haitiano para realizar obras con ese dinero que nunca se concretaron. Algunos proyectos sí comenzaron pero están en estado de obra desde hace seis años. La degradación social en la que Haití se encuentra inmerso desde hace años comenzó a profundizarse a comienzos de 2019, y si bien, hubo un período de cierta calma, volvió a explotar a la más mínima mecha.

El país centroamericano vive la peor crisis sociopolítica desde la caída de la dictadura de Jean-Claude “Baby Doc” Duvallier, en 1986. Los manifestantes piden, además de la renuncia de Moïse, directamente una transformación en el sistema que permita, de una vez, un reparto con más equidad de los recursos del país. Han implementado una forma aún más radicalizada de protestar que en otros países. Creando barricadas en las calles, los miembros de la organización Alternativa Consensual para la Refundación de Haití, anunciaron ellos mismos un toque de queda. Bloqueando las calles con barricadas, impiden la libre circulación de los miembros del gobierno o empresarios. También solicitaron a los manifestantes a no salir durante el toque de queda para evitar más enfrentamientos y muertos. Según Naciones Unidas, en las ocho semanas de lo que va de incidentes, la cifra de muertos asciende a 42. De acuerdo a la oposición, son aún más los caídos a causa de la represión de las fuerzas de seguridad gubernamentales. Por ahora, el gobierno no parece encontrar otra salida más que la represión, a pesar de que casi cincuenta alcaldes firmaron un documento para establecer una salida pacífica a la crisis.

El vecino República Dominicana, desplegó a unas 10.000 tropas militares en cuatro puntos clave de la frontera. El gobierno dominicano teme hechos de violencia en los puntos limítrofes así como también una nueva oleada de migración masiva debido a la catastrófica situación social que vive Haití. Si bien Moïse asegura que su país “no está al borde de una guerra civil”, los dichos de la oposición y las imágenes que llegan desde allí podrían indicar otra cosa. Los “puntos de control” propios establecidos por los manifestantes, hablan, además, de una especie de justicia paralela donde el Estado ha perdido el monopolio del ejercicio de la ley y del uso de la fuerza. En 2010, uno de los países con mayor índice de pobreza del mundo, sufrió un terremoto que dejó más de 300.000 muertos y las estructuras básicas del país colapsadas. Si bien el proceso ha sido largo, Haití aún está lejos de recuperarse y normalizar el funcionamiento de los servicios básicos. El hartazgo ante esto, sumado a la corrupción generalizada y la falta de confianza en la clase política, ha sido el detonante principal de los nuevos disturbios.

El escenario podría agravarse aún más si efectivamente, la empresa Sogener, en pie de guerra con el gobierno, cesa de proveer energía al país. En las jornadas de febrero también habían muerto más de cuarenta personas. El presidente, entonces, resistió en el poder. Moïse se ha mostrado decidido a permanecer en el cargo hasta las últimas consecuencias, pese a que todo indica que, ahora sí, sus días en el poder están contados. Todos los sectores de la sociedad están involucrados en las marchas, recientemente, por ejemplo, también se sumaron los médicos y los profesionales de la salud. En un contexto regional atribulado, las revueltas en Haití han pasado a un segundo plano para la comunidad internacional o directamente ni se mencionan. Mientras tanto, la crisis en el primer país independiente de América Latina, pero también el más empobrecido y olvidado, no presenta atisbos de solucionarse pronto. Haití no aparece en la agenda internacional excepto cuando sucede alguna catástrofe natural. Los haitianos, como siempre, tendrán que arreglárselas solos, entre el fuego y el olvido.

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