Biden y el ocaso

Mondo Cane | Por Gonzalo Fiore

¿Cómo será el gobierno de Joe Biden? Si bien aún es muy temprano para animarse a aventurar la forma en la que gobernará el nuevo inquilino de la Casa Blanca, en un contexto, además, tan impredecible como cambiante, hay algunos indicadores. A los pocos días de declararse ganador de las elecciones presidenciales, en aquella lejana primera semana de noviembre de 2020, el demócrata había afirmado que EEUU debía “recuperar su rol de liderazgo en el hemisferio occidental”. Se terminó el aislacionismo pre Wilson de los años de Donald Trump.

Durante los ocho años del último gobierno demócrata, donde Biden fue vicepresidente, el mundo era completamente diferente al actual. No solo la pandemia del Covid ha dejado una huella que no se borrará en los próximos años, sino que la crisis “en” la globalización (no tanto “de”) está más patente que nunca. Un escenario global que ya no puede ignorar de ninguna manera sus nuevas “características chinas”, además de la emergencia de nuevos actores de peso como India, o países del sudeste asiático como Vietnam o Singapur.

En principio, la conformación del ejecutivo del nuevo gobierno dejó muy satisfechos a un importante sector del Partido Demócrata, especialmente a quienes hacen de la pelea por los derechos de las -mal llamadas- minorías su principal bandera. Su ala más “socialista”, representada por Bernie Sanders, quien seguirá en el Senado, quedó afuera del gabinete. Sin embargo, Biden ha demostrado una amplia diversidad racial a la hora de la selección de sus funcionarios que se condice bastante más con la verdadera demografía de los EEUU que el gabinete de su antecesor, formado casi íntegramente por hombres blancos de mediana edad: será el primer gobierno con paridad de género, representación equitativa de hombres, mujeres, afroamericanos, latinos, e incluso funcionarios pertenecientes a la comunidad LGBTIQ+. Un ejemplo de ello es la nominación de Rachel Levine como la próxima secretaria asistente de Salud. Deberá ser confirmada por el Senado, pero se trataría de la primera ministra en la historia del país en ser transgénero.

En materia de política exterior, probablemente no haya grandes cambios más allá de cuestiones puntuales. El enfrentamiento comercial con China continuará, aunque con otro tono discursivo, debido a las características personales del nuevo Presidente, diametralmente opuestas a las de Trump. Por otro lado, las relaciones con Rusia e Irán tampoco mejorarán demasiado. Actualmente todos los instrumentos posibles de presión que tiene el gobierno estadounidense contra Rusia están siendo utilizados, y no hay motivos concretos para creer que esto cambiará en el corto o mediano plazo. De la misma manera, la relación con Irán, que tuvo un período de distensión durante Obama y volvió a tensionarse los últimos años, no verá grandes avances. EEUU no puede permitirse descuidar a Israel, su principal aliado en Medio Oriente.

En lo que respecta a América Latina, todas las miradas estarán, especialmente, sobre que hace con la cuestión Cuba y Venezuela. En el caso del primero, fue durante Obama que se restablecieron las relaciones diplomáticas entre ambos países; y uno de los últimos actos del gobierno de Trump fue poner al país caribeño en la lista de “promotores del terrorismo”. Respecto del caso Venezuela, funcionarios altos del gobierno entrante aseguraron que seguirán reconociendo a Juan Guaidó como presidente del país bolivariano, al mismo tiempo que calificaron a Nicolás Maduro de “dictador brutal”. Seguramente buscará otros aliados en la región diferentes a Jair Bolsonaro, quien fue el último presidente latinoamericano en reconocer a Biden, y se mantuvo fiel a Trump hasta el final. El discurso pro derechos humanos, liberal, aperturista y por sobre todas las cosas globalista de los demócratas, encontrará consonancias con gobiernos disimiles, como los de Alberto Fernández en Argentina, Lacalle Pou en Uruguay o Duque en Colombia.

Joe Biden asumió en medio de una ciudad militarizada, con amenazas de terrorismo interno por parte de grupos extremistas y un contexto completamente inédito. Donald Trump se despidió un día antes, con un mensaje que dejó en claro que su movimiento no terminará con su salida del poder, más allá de las fracturas visibles del Partido Republicano. A pesar de las intenciones declaradas del flamante Presidente, su gobierno deberá, en primera instancia, solucionar una serie de profundas y complejas problemáticas internas -crisis económica, sanitaria, política, social, racial, cultural, de representatividad- antes de aventurarse nuevamente a intentar “liderar” el hemisferio occidental. Probablemente, esto demore su tiempo. O quizás, ¿por qué no?, nunca vuelva a suceder nuevamente. Todos los imperios, inclusive aquellos donde nunca se ponía el sol, eventualmente tuvieron su ocaso. No habría que descartar que los EEUU estén teniendo el suyo.

 
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