Volver a la doctrina Monroe

Venezuela, por Gonzalo Fiore (Especial para HDC)

En los últimos días fuentes del gobierno de los Estados Unidos admitieron reuniones con militares para preparar un golpe de Estado en Venezuela, lo que se suma a lo que sucedió en julio, cuando el presidente Donald Trump declaró ante sus incrédulos asesores: “¿Por qué no se puede invadir Venezuela?”. Entre los presentes se encontraban el entonces secretario de Estado Rex Tillerson y el ex asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster, ambos ya parte de las tantas “casualties” de la administración Trump, el gobierno con más recambio de personal en toda su historia. Cabe recordar que la última vez que los Estados Unidos invadieron abiertamente un país latinoamericano fue el 20 de diciembre de 1989, cuando las Fuerzas Armadas ingresaron a Panamá con el objetivo de detener al presidente Manuel Noriega, acusado de narcotráfico y actualmente cumpliendo condena en los EE.UU., el operativo tuvo el título de “Operation Just Cause” (Operación Justa Causa), algo que, tratándose de un operativo del ejército norteamericano, no puede ser más que un oxímoron.

A pesar de que muchos analistas –entre los que me incluyo- pensamos al momento de su elección que Trump representaba un nuevo “aislacionismo” y no iba a entrometerse en asuntos internos de otros Estados de la misma manera que lo hubieran hecho los demócratas –algo, en parte cierto, ya que mas allá de lo discursivo, aún no inició realmente ningún conflicto armado-, pareciera que existe una clara intención del establishment estadounidense de volver a recuperar de manera mucho más agresiva terreno perdido por sobre América latina, tras la “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush y la cara “amable” que representaba Barack Obama para el continente. Con un contexto mucho más propicio para ello desde la caída de la muerte de Hugo Chávez, la victoria de Mauricio Macri, la caída de Dilma Rousseff y la salida del poder de Rafael Correa.

La doctrina Monroe fue una doctrina elaborada por el presidente estadounidense John Quincy Adams y erróneamente atribuida al también presidente James Monroe, en 1823. Famosa por su sentencia “América para los americanos”, y con fines supuestamente nobles de evitar la intromisión europea en el continente americano y el colonialismo monárquico tras la restauración de la Santa Alianza luego de las guerras napoleónicas, fue un punto de inflexión en la política exterior norteamericana y empezó a moldear el imperialismo que caracterizaría a la potencia en todo el siglo XX, ya que -en teoría- ningún Estado podría ser potencia imperialista si primero no logra ejercer su dominio por sobre los territorios de su zona de influencia más cercana. Esta idea del “destino manifiesto” de los Estados Unidos sirvió para que en la segunda mitad del siglo XIX y durante todo el siglo XX se realizaran, según el documento RL30172 del Servicio de Investigación del Congreso de EE.UU. sobre Relaciones Internacionales, 27 intervenciones militares por distintos motivos en América latina.

Jorge Arreaza, ministro de Relaciones Exteriores venezolano, el sábado pasado se refirió a una columna publicada en el New York Times sobre las reuniones secretas que existieron entre funcionarios estadounidenses y oficiales venezolanos con el objetivo de derrocar a Maduro entre el otoño pasado y este año. Mientras que la Casa Blanca no dio ninguna información oficial y el vocero del Consejo de Seguridad Nacional, Garrett Marquis, declaró que era preferible “una transición pacífica y ordenada hacia la democracia en Venezuela”, hubo ex funcionarios que expresaron su “preocupación” por la situación en el país caribeño mientras que defendieron las reuniones argumentando que “es necesario hacer algo” para terminar con las migraciones masivas, la crisis económica, y el liderazgo de Maduro. Hasta ahora, el único presidente latinoamericano que ha salido en su defensa en los días posteriores a la publicación del reportaje del Times fue el boliviano Evo Morales, aliado de larga data del bolivariano.
Si bien es cierto que la situación en Venezuela bordea lo catastrófico desde hace por lo menos cuatro años: en parte por el bloqueo estadounidense; en parte por la imposibilidad de Maduro de aplicar soluciones reales frente a los graves problemas de la economía y carecer de un liderazgo que evite profundizar la también existente crisis política; en parte por la caída de los precios del crudo. También es real que la migración forzosa que atraviesa el país desde 2016 es la situación de estas características más grave en décadas que le ha tocado padecer a América latina, y ha sido calificada por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) como “el éxodo más grande que ha existido en la historia del hemisferio occidental en los últimos 50 años”. No menos cierto es que en todos los casos donde Estados Unidos intervino militarmente, tanto en América latina como en Medio Oriente o África, las crisis humanitarias no hicieron más que profundizarse.

Tampoco es un dato menor que, a pesar de la crisis expuesta, en las elecciones presidenciales de mayo pasado Maduro fue electo con casi seis millones de votos, por lo que la mayoría de los venezolanos que se desplazó a los puestos de votación depositó en él la confianza para resolver la crisis que lastima al país. Es por esto que se hace imprescindible el rechazo a cualquier tipo de intervención por parte de los EE.UU. o de cualquier país en territorio tanto venezolano como de otro Estado en estas circunstancias. Con Washington en lenta retirada de su rol como potencia imperial, en detrimento de países como China, parece que necesitan recuperar dominio por sobre su zona geográfica más cercana, por lo que quizás no sea Trump quien intente recuperar en los hechos el rol que su país viene perdiendo desde hace décadas. Está claro que los imperios muestran su peor cara cuando están en sus horas más bajas, y no se retiran porque sí, ya que, parafraseando a Nieztsche, cuando se pierde la voluntad de poder, se pierde también el poder que ya se tiene.

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