Francisco de Asís, impulsor de la primera reforma eclesial

Por Juan José Tamayo

En septiembre pasado participé de la Semana de Estudios Franciscanos en Lima, sobre los “800 años del Encuentro de san Francisco de Asís y el sultán de Egipto Al-Kamil”, que tuvo lugar el año l209, durante la Quinta Cruzada. Tuvo la apertura del Congreso el arzobispo de Lima, Carlos Castillo; hizo un recorrido por los caminos del diálogo interreligioso desde el Concilio Vaticano II hasta los Encuentros de Asís. La primera conferencia corrió a cargo del historiador franciscano fray Jorge Cajo, que ofreció un análisis muy documentado sobre el encuentro de Francisco de Asís y el Sultán al-Kamil, cuya historicidad demostró recurriendo a las fuentes.

Fray Tomás Martín habló de la misión de evangelización franciscana, caracterizada por el mensaje de Paz y Bien, la llamada a la penitencia, la pobreza y la predicación en países cristianos y musulmanes. El rabino Guillermo Bronstein y fray Alejandro Wiesse expusieron las bases de la hermenéutica judía y cristiana en diálogo.

El último día intervinimos la teóloga musulmana Carmen del Río y yo. Ella es la autora del libro “La soberanía de la mujer en el Corán”, y ofreció su propia traducción del texto árabe del Corán desde una perspectiva feminista, desmontando así no pocos de los estereotipos patriarcales. Yo hablé del cambio de paradigma en las relaciones entre cristianismo e islam, y propuse la elaboración de una teología islamo-cristiana de la liberación, conforme a lo expuesto en mi libro “Islam: Cultura, religión y política”.

Aquí voy a referirme a los impulsores de la primera reforma eclesial, al contexto en que vive Francisco y a las transformaciones que lleva a cabo en la iglesia y en la sociedad de su tiempo con la fundación de los Orden de los Hermanos Menores. Francisco, Joaquín de Fiore y Pedro Valdo de Lyon fueron los impulsores de la primera reforma eclesial, que pone en cuestión el paradigma católico medieval. Los tres buscan una reforma profunda de la iglesia, basada en el Evangelio. Joaquín de Fiore anunció la inminente llegada de la utopía de la Era del Espíritu, que inspiró a los movimientos revolucionarios modernos. En ella tendría lugar la liberación de los oprimidos.

Pedro Valdo tuvo el mismo lema que Francisco: “seguir desnudo a Cristo desnudo”. A partir de él inició una experiencia de predicador itinerante y puso en práctica el ideal de desprendimiento, conforme a la invitación evangélica de no procurarse oro, ni plata, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10,9-10). Tal opción adquiere relevancia especial si se tiene en cuenta que Pedro Valdo era un acaudalado comerciante, que distribuyó su fortuna entre los pobres. Formó una comunidad de predicadores laicos itinerantes, era un paso revolucionario, teológica y eclesialmente: los laicos dejaban de ser subalternos y se tornaron sujetos; dejaron de ser meros oyentes de la Palabra de Dios y se convirtieron en sus transmisores.

En respuesta a una iglesia aliada con el poder feudal, Francisco de Asís fundó una orden menor, una comunidad, una fraternidad “ajena a los modelos clericales y al espíritu jurídico, basada en el seguimiento incondicional del Cristo ‘menor’, humillado, siervo y, por tanto, presidida por el gran principio evangélico de la inversión de la jerarquía en el sentido de Mateo 20,25-27”. En sintonía con la aparición de los movimientos cristianos laicos, no creó una organización clerical, sino una orden laical itinerante y mendicante. Su forma de vida no estaba regida por las reglas monásticas de san Agustín, san Benito o san Bernardo de Claraval, que llevaban las personas a consagrarse ritualmente a Dios en el claustro y a seguir una vida religiosa ordenada sacralmente. La guía de la orden menor era el Evangelio sin glosa, desnudo. La regla era puro Evangelio.

No se trataba de un programa destinado a un grupo de frailes deseosos de vivir alejados del mundanal ruido, al margen de los núcleos urbanos entonces en crecimiento. Era un programa de reforma profunda de la iglesia, empezando por sus más altos dignatarios: el papa y los obispos, y llegando hasta las capas populares, donde se encarnaban los hermanos menores, desarraigándose de sus ambientes familiares con frecuencia acomodados.

En una iglesia marcada por la oposición entre clérigos y laicos, Francisco quiso superar la división entre profano y sagrado, y afirmó la igualdad radical de todos los seres humanos, sacerdotes y laicos, santos y pecadores, fieles e infieles. Su vida pobre poco tuvo que ver con la de los antiguos monjes que despreciaban las cosas materiales en favor de otros fines supuestamente superiores. Asumió la pobreza, no el ascetismo, para así identificarse con Cristo pobre y con las personas pobres y vivir entre ellas.

El “poverello de Assisi” no tenía hilo directo con Dios: su camino de acceso a él fueron las personas más vulnerables, enfermas, leprosas, empobrecidas. Frente a un cristianismo ascético-sacrificial, optó por la espiritualidad del seguimiento de Jesús. Frente a la “guerra justa”, que legitimaba la violencia, incluso en nombre de Dios, optó por la “paz justa”.

Al empeño de conquistar violentamente los Santos Lugares respondió con la no violencia activa. El papa Inocencio III asociaba la renovación moral y espiritual de la iglesia con la acción militar de las Cruzadas. Consideraba a los musulmanes pérfidos y enemigos de la cruz de Cristo, y atribuía al islam carácter diabólico. En los cristianos cruzados que empuñaban las armas contra el poder musulmán usurpador de Jerusalén, veía la encarnación de soldado de Cristo, dispuesto a matar en nombre de Dios y a morir en nombre de Cristo.

Francisco quebró la asociación tan poco evangélica entre reforma religiosa y violencia. La respuesta a la violencia no es más violencia, como tampoco la injusticia se combate con otra injusticia mayor. Esas respuestas no hacen más que generar una imparable espiral de intolerancia y fanatismo, de violencia e injusticia. La respuesta a la violencia es, para Francisco, la paz y el amor al enemigo. Los musulmanes no son enemigos, son hermanos.

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