Mérito no es virtud

Crítica | Por Diego Fonti

La noción de mérito arrecia, como una tormenta. Aunque es un contexto paradojal. Por un lado, tenemos la omnipresente prevalencia (prevaricato, diría yo) de las neurociencias. Al César lo que es del César, nadie niega su rol, pero es peligroso, incluso inmoral, extender sus resultados a otras áreas. Y por otro lado tenemos la suposición voluntarista que las personas pueden, contra viento y marea, contra biología y economía social y política, vencer sus propios condicionantes y superarse con éxito. A eso le llaman mérito, y se atribuye al esfuerzo propio el poder de alcanzarlo.

El problema, como acaba de decir Stiglitz –a quien nadie sospecharía de “rojo”– es que 90% de los que nacen pobres morirán pobres, sin importar mérito o esfuerzo, mientras que 90% de los ricos morirán ricos, sin importar mérito o esfuerzo. Más aún, dice que la perversión de la idea de mérito es que son las personas que conocen el sistema, y cuentan con recursos, los que entrenan eficazmente a sus hijos para ser exitosos en él. Por eso es un ejercicio divertido (un poco mordaz, lo admito) ver quiénes predican la noción de mérito. Y cuánto “propio” y cuánto de otros hubo en sus supuestos méritos.

Ya escucho las objeciones: ¿entonces qué, da todo lo mismo?, ¿no vale nada esforzarse?, ¿quieren todo regalado?

Tengo la gran tentación de responder a estas preguntas apelando a la teología y al psicoanálisis. En el primer caso, la respuesta está dada en el viejo tema de la gracia, de lo que efectivamente nos fue simplemente regalado. Que, de hecho, es la mayoría de las cosas más importantes que tenemos. Si alguien “se ganó” el amor o la amistad, o si considera haber hecho mérito para ser dueño de la luz, del aire y del agua, o para haber sido correspondido en el deseo, seguro que le dieron mercadería fallada. Precisamente porque el vínculo de mérito, esfuerzo y mercado obtiene mercancías, no las cosas no mercantilizables. En términos teológicos, existencia y salvación no fueron ameritadas por nadie (excepto Dios mismo, pero bueno, es de otra liga).

Sin embargo, desde el punto de vista del psicoanálisis, creo entrever algo más interesante y más perverso todavía: ¿qué goce les genera la idea de meritocracia a quienes la predican? ¿Qué eliminación del otro y qué vuelta narcisista buscan? ¿Qué viejo resentimiento esconden frente al goce de otros? ¿Qué pulsión de muerte dejan entrever? Como lamentablemente no soy teólogo ni analista, dejaré esa reflexión a gente más seria, y me quedaré con las herramientas de la vieja filosofía.

“Areté”, qué palabra apropiada: “palabra vieja y olvidada, que se puede desempolvar para defender una verdad”. Excelencia, virtud, fueron algunas de las traicioneras traducciones posteriores. Sabemos que ya entre los griegos la palabra cambió su sentido, por ejemplo con el paso a la democracia y el ingreso de la filosofía con los sofistas y Sócrates. Hoy ya estamos después de la virtud, cuando se nos imponen otros tipos de finalidades naturalizadas, entre ellas el mérito como patrón de comportamiento. Pero quienes fuimos formados en la posmodernidad aprendimos a desconfiar de esas palabras clásicas; pero al mismo tiempo nos preguntamos si no fuimos parte de la creación de la posverdad, las fake news y la meritocracia, precisamente por abandonar el sentido que todavía las posiciones fuertes podían tener en nuestra época.

Entonces no está mal volver a pensar la virtud, ciertamente con varias ilusiones menos, pero con su potencia intacta. Como esa disposición continua y crítica a no dejarse llevar por cantos de sirenas, a indagar las propias posibilidades en una situación, pero también a exigir de sí un poco más. Sabiendo, también, que el resultado está en gran medida acompañado por otros que nos han sido significativos. Y agregando que cuando los resultados no se dan, hubo algo de valor en el ejercicio mismo. De otro modo, las sirenas del mérito nos dirán que algo hicimos para no tener el éxito, olvidando qwue nos atraviesa de la sociedad y sus injusticias.

Pensemos en influyentes personajes conocidos, que alcanzaron gran prestigio sin mayores méritos propios, sino por condiciones familiares. También pensemos en personas que efectivamente hicieron una gran contribución y sí fueron reconocidos: se debió menos al imperio del mérito que a otra serie de factores. Finalmente, todos conocemos personas con esfuerzo y talento, a quienes el imperio del mérito jamás les retribuyó. Entonces, es mentira que negar la meritocracia implique decir que da todo lo mismo; justamente es al revés, es la meritocracia la que afirma el statu quo, porque es ciega a las condiciones determinantes y al hecho político que la virtud es también algo marcado por condiciones sociales y económicas.

¿De dónde nos vino ese elogio calvinista y marxista del trabajo? ¿Por qué se impuso? ¿Quién nos hizo creer en el combo de esfuerzo, trabajo, ahorro y consumo? ¿Acaso no hay otros modos de llenar de deseo la vida, por fuera del vínculo mercantil y los logros meritocráticos? En todo caso, ese es otro capítulo de la discusión pero apunta a su verdadera causa final.

 
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