La beatificación de Angelelli y sus compañeros, “mártires del concilio”

AMÉRICA LATINA – BALANCE 2019 | Por Alver Metalli

Desde el 27 de abril de este año, séptimo del pontificado de Francisco, el obispo Angelelli y sus compañeros se encuentran formalmente inscritos en la lista de los beatos. En el parque de La Rioja, al sol fresco de finales de abril, en una explanada rodeada por palmas y con las primeras montañas de la precordillera, el enviado del papa, el cardenal Giovanni Angelo Becciu se refirió al “testimonio cristiano ofrecido hasta el martirio”, habló de la “dictadura militar, caracterizada por un régimen que consideraba indecente toda acción por la justicia social, tendida a la promoción de los estratos más débiles de la población en el marco de la doctrina social de la iglesia”; recordó “una fe –que promovían los cuatro hoy beatos– que tuviera una incidencia en la vida para que el Evangelio se convirtiera en fermento de la sociedad y generara una nueva humanidad”. Becciu también habló sobre hombres “enamorados de Cristo y del prójimo, que vivieron y murieron por amor”, retomando al final de la homilía la famosa frase pronunciada por Angelelli como síntesis de su visión pastoral: “Con un oído al pueblo y otro al Evangelio”.

Lo primero que es evidente en las cuatro beatificaciones celebradas en la tierra de Bergoglio es la línea que conduce desde Angelelli hasta Francisco, pasando por el concilio Vaticano II, en cuyas sesiones, además, el obispo asesinado participó desde el principio. Angelelli fue elegido obispo auxiliar de Córdoba a finales de 1960, casi contemporáneamente a la convocatoria extendida a la iglesia por Juan XXIII para participar en la cumbre. Estuvo en ella como padre conciliar en tres de sus cuatro sesiones, en 1962, 1964 y 1965.

Después Angelelli se unió al trabajo de la iglesia argentina en el esfuerzo de aplicar rápidamente el Vaticano II. La Comisión Episcopal de Pastoral fue el ente mediante el cual Angelelli tendría un papel decisivo en la elaboración de esa reflexión, que acabará englobada bajo el nombre de “Teología del pueblo”, de la que también Bergoglio formó parte. “Esta comisión –asegura monseñor Marcelo Colombo– sacó adelante la intención aplicativa del concilio, y Angelelli trabajó principalmente en el área de la religiosidad popular, fue presidente de la comisión misma y participó en la redacción del texto que se proponía traducir el Vaticano II a la sociedad argentina, conocido como “Documento de San Miguel”, divulgado en 1969, o sea hace 50 años”.

El cardenal Becciu se refirió explícitamente al camino que vincula Angelelli con el concilio; definió a Angelelli y a sus compañeros como verdaderos “mártires de los decretos conciliares”. Por “la obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, en favor de los más pobres y explotados y aplicado a la luz del cambio del concilio ecuménico Vaticano II, en el vivo deseo de aplicar los dictámenes conciliares».

También es significativo el pasaje en el que el enviado papal comentó que las autoridades civiles de la época obstaculizaban con todas sus fuerzas el compromiso por una justicia social y para la promoción de la dignidad de la persona humana. “Oficialmente, el poder político se profesaba respetuoso, es más defensor de la religión cristiana, y pretendía instrumentalizarla, exigiendo una actitud supina por parte del clero y pasiva por parte de los fieles, invitados con la fuerza a exteriorizar su fe solamente en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos beatos se esforzaron por obrar una fe que incluyera también la vida; para que el Evangelio se convirtiera en fermento en la sociedad de una humanidad nueva, fundada en la justicia, en la solidaridad, en la igualdad”.

Beatos del Concilio, pues, y beatos contemporáneos, muy presentes en la sociedad argentina. Han pasado 43 años desde que murieron violentamente Angelelli, Murias, Longueville y Pedernera; han pasado cuatro años desde que comenzó el proceso de beatificación, solo seis desde la condena a la cadena perpetua para los altos oficiales que perpetraron el crimen, y uno solo desde la declaración del martirio “in odium fidei” que ha abierto las puertas a su beatificación. Muchos de los que en estos días han participado en las celebraciones en los diferentes puntos de la provincia que fueron el escenario de la vida y de la muerte de los cuatro beatos, y en Punta de los Llanos (en donde fue asesinado Angelelli), en Chamical (en donde fueron secuestrados y asesinados los sacerdotes Murias y Longueville) y en Soñagasta (donde fue asesinado el “padre de familia” Pedernera) conocieron a Angelelli personalmente y formaban parte de sus comunidades. Muchos vivieron con Murias y Longueville, presenciaron en vivo su secuestro, vieron sus cadáveres; la esposa de Wenceslado Pedernera, Martha Ramona Cornejo, está viva, y con una de sus tres hijas, María Rosa, escuchó en el parque de La Rioja la proclamación de la beatificación de su esposo acribillado ante sus ojos el 26 de julio de 1976.

Al final de la ceremonia, Arturo Pinto, el chofer de monseñor Enrique Angelelli en el momento del accidente provocado en el camino que conecta La Rioja con Chamical, recordó ese último viaje y dijo que el obispo era un “tipo duro”, que no abandonaba ni el camino ni a su grey: “Lo tuvieron que sacar así del camino, con las malas” para poder detenerlo.

Con esta beatificación, además, el papa Bergoglio ha “viajado”, en cierto sentido, a su país natal, a la Argentina, mandando algo de sí: un mensaje fuerte sobre la iglesia que desea y promueve: “sinodal, comprometida con los pobres, bien arraigada en el pueblo, atenta a la valoración del laicado, presente y activa en la vida pública”.

 
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