Hasta que choque China con África

Política internacional | Por José Emilio Ortega y Santiago Espósito

El último tercio del siglo pasado y el inicio del actual, significaron el despertar de Asia y especialmente de China. Deng Xiaoping fue el hombre que puso punto final al retraimiento de aquella civilización milenaria, abriéndola a la inversión extranjera y permitiendo la concesión de licencias para constituir empresas privadas, entre otras profundas reformas.

En 1978, comienza un proceso que pese a sus rasgos socialistas, se impregnará de un fuerte impulso capitalista. Como nos señalara alguna vez un experimentado y avezado político cordobés, la grandeza de Xiaoping -llamado “el Gran Timonel”- consistió en decidirse a salir de un modelo rígido cuando lo más sencillo y lógico hubiese sido mantener el statu quo. De allí su merecida consideración como una las personalidades más importantes del siglo XX.

El despertar chino constituye hoy un capítulo central e irresuelto de la globalización. Durante las últimas cuatro décadas su economía creció a una tasa media anual del 10%, convirtiéndose en el primer exportador mundial, y acumulando reservas que equivalen al tamaño de la economía alemana. Su P.B.I. equivale a un poco más de un quince por ciento del total mundial. “Queremos un país rico, fuerte y que nunca más pueda volver a ser humillado”, afirmaba Xiaoping. Tras perder el tren de la Revolución Industrial y transitar por el “atraso oriental” de siglo XIX, el desarrollo económico chino se convirtió en prioridad a partir de los 80. En paralelo, su astuta diplomacia sostiene esa fenomenal expansión.

En África
La presencia de China en África responde a una política compleja: garantizar el acceso a recursos energéticos (petróleo) y materias primas; abrir el mercado a sus productos y empresas; respaldo político para la protección de sus intereses (estrategia central para el aislamiento diplomático de Taiwán); y en menor medida, constituir una zona de influencia cultural.

El principal interés chino es la política energética. Mientras que a principios de los 90 China era exportador neto de petróleo, en 2013 se convirtió en el mayor importador neto del mundo y el segundo mayor consumidor mundial detrás de los Estados Unidos. El “oro negro” juega un rol clave: representan el 62% de las exportaciones africanas a China y el 30% del total que ésta utiliza. En términos geográficos, el gigante oriental lo adquiere sólo de Nigeria y Angola -80% del total- y el resto de la República Democrática del Congo, Sudán y Guinea Ecuatorial. No obstante, exporta sus productos a todo el continente.

El tráfico comercial ha crecido a valores exponenciales: un 16% el último año. A su vez, China ha invertido en el continente unos 72 mil millones de dólares en los últimos 4 años, en particular en el sector minero (66% de esas inversiones). Las regulaciones ambientales y laborales, son generalmente laxas o de escaso control en los distintos países de la zona, por lo que la inversión china encuentra pocos obstáculos. A su vez, Pekín ha concedido créditos preferenciales a los diferentes Estados a través del Banco de Desarrollo de China -cuyos activos superan a los del Banco Mundial- como también del Exim Bank. Con tasas bajas y buena financiación, se destinan a obras de infraestructura: rutas, ferrocarriles, puertos, aeropuertos, que en parte ayudan a exportar las materias primas; y otro parte, se destina a fines humanitarios: hospitales, escuelas, universidades, etc. Así es como nació el llamado “modelo angoleño”, que alguna vez llamó la atención del gobierno argentino, entonces a cargo de Cristina Fernández. Bajo esta modalidad, Luanda y Pekín firmaron distintos créditos para destinarlos a proyectos de infraestructura priorizados por el gobierno angoleño (70% de la mano de obra china), que se financiaron a través de las ventas de petróleo.

La política china en materia energética comprende créditos blandos, sociedades mixtas y ayuda directa (45% por ciento del total del presupuesto chino se dirige al continente africano), como una compleja y amplia red de mecanismos para adquirir materias primas.

En lo comercial, China abrió su mercado a los países africanos con exención de tarifas aduaneras y con la creación de zonas de cooperación económica y comercial; pero bajo un desequilibrio marcado de la balanza comercial, ya que inundó los mercados locales con sus productos, desplazando en muchos rubros a exportadores de todo el mundo, entre ellos a la Argentina en renglones como los alimentos.

África constituye el paradigma de la expansión china del último tiempo y de su apuesta por la profundización transitoria del multilateralismo, bajo el principio de no injerencia en los asuntos internos como marca su constitución, que le permite no condicionar su presencia a aspectos políticos internos. África -las diferentes “Áfricas”- en definitiva, son y serán un nuevo teatro para analizar hasta dónde será compatible el ascenso de Pekín como potencia, con las expectativas y necesidades de liderazgo de los más tradicionales referentes occidentales.

“Hasta que choque China con África” cantó, misterioso, el genial Luca Prodan en su último disco en estudio con Sumo (After Chabón, 1987). Eran tiempos de cambio: por entonces Xiaoping señalaba que no importaba tanto el color del gato, como que cace ratones. Las cartas están echadas. Es bueno vivir para contarlo.

 
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