Novela negra con argentinos

Panoramas | Por Silvia Barei

Este es el título de una novela que Luisa Valenzuela publicara en 1991, cuya historia transcurre en Nueva York, lejos de un país al sur, que se mira desde las antípodas del mundo. Los personajes son, obviamente, dos argentinos: uno mata “porque sí, en un gesto impensado”, y otra lo encubre después de escuchar su historia como algo lejano, que no tiene lugar en la vida diaria. Lo justifica, lo ayuda a no hacerse cargo de por qué ha matado a una joven actriz a la que apenas conoce y le sugiere poner todas las culpas afuera. Desaprensivos y cínicos, estos personajes componen un sombrío telón de fondo en el que resuenan ecos de la dictadura y las diferentes versiones de los acontecimientos que no se quieren reconocer. Para ellos, son otros lo que están detrás de la mano asesina de Agustín Palant, y, por lo tanto, el mandato de su amiga Roberta es el de olvidar: “Yo, argentino. No revolver más, no acordarse ni indagar. Borrón y cuenta nueva”.

Este mandato circuló -y aún circula- en el discurso social argentino como expresión de deseo, y tiene como núcleo la mugre que prolijamente se barre debajo de la alfombra, sea esta mugre una opinión política o un asesinato femicida. El sentido de la novela, sin embargo, trata de invertir esta lógica, desacomodando el mandato del “Yo argentino”, y cuestionando un lenguaje desde el cual se reclama silencio: la literatura dice justamente allí donde no se quiere escuchar. Insiste, muestra y pone sobre el tapete nuestros conflictos, nuestra sensibilidad, nuestro lado humano, a veces heroico, otras, abyecto.

La contemporaneidad del tema y el desfile de episodios que tienen una actualidad inusitada, se integran al paisaje de un estado presente de cosas que podrían escribirse como una novela negra, si no fuera porque la urgencia de ciertos temas merecen en este momento un acercamiento desde nuevas inflexiones políticas.

En días en que todo parece volverse urgente, elijo dos “casos” que componen fragmentariamente la imagen del país: la necesaria reestructuración de la Agencia Federal de Inteligencia – AFI, y la extradición del torturador Mario Sandoval. Parecen distantes, pero son mundos superpuestos que se tocan en las imprecisas fronteras en las que se enarbola el miedo, con su lógica constitutiva como consigna. Y también en la frontera política del “Nunca Más”. Dos casos que revuelven heridas en una sociedad que pretende sobrevivir al naufragio.

El primero de ellos lo constituye la necesaria transformación de la AFI, creada en marzo de 2015 para disolver la antigua Secretaría de Inteligencia del Estado – SIDE. Fue pensada para asesorar al presidente de la Nación y a los funcionarios del más alto nivel para la toma de decisiones en relación con inteligencia criminal, referida específicamente a delitos federales complejos y sus estatutos la enmarcan en el respeto a los derechos y garantías de los ciudadanos, derechos consagrados en la Constitución Nacional y tratados internacionales. Queda más que claro que no fue creada para oportunas escuchas ilegales, espionaje de periodistas, jueces y políticos de la oposición, ni para apretar testigos o inventar causas y escuchas comprometedoras con intereses determinados.

Como es de “dominio público”, en los últimos años la AFI realizó operaciones políticas, persecuciones y filtraciones a la prensa, llevadas a cabo por ex miembros de la policía y las fuerzas armadas, ocupados en negocios ilegales y extorsiones.

Cuando el presidente Alberto Fernández dio su primer discurso ante la Asamblea Legislativa y trazó los principales lineamientos de su futura gestión, anunció, entre otras cosas, una reforma de la justicia federal y la reestructuración de la AFI para que se dedique específicamente a la lucha anti terrorista, la defensa del país ante amenazas externas y la ciberseguridad. Y la expresión que utilizó fue “Nunca Más”. Puede parecer que las urgencias del momento hagan que estos temas estén lejos de los intereses de la gente común, preocupada por la economía o la materialidad de lo cotidiano y su escasez lastimosa. Pero el trabajo de los espías, la complicidad de algunos jueces y periodistas, el aprovechamiento político puesto al servicio de la persecución de opositores y, por lo tanto, su giro hacia lo siniestro, viene a recordar la “novela negra con argentinos”, es decir, lo que pone en evidencia aquello oscuro, casi siempre cerrado a piedra y lodo.

La actual interventora, Cristina Caamaño, enfrenta el trabajo de cambiar el perfil de la AFI en medio de una pelea interna entre espías de carrera y espías de las fuerzas de seguridad entrometidos en la justicia y la política. Y tiene el gran desafío de que estos “buenos muchachos” se ajusten de derecho.

El segundo caso, que se desarrolló casi simultáneamente, lo constituye la inminente extradición a la Argentina del ex policía Mario Sandoval, alias “Churrasco”, implicado en la muerte, tortura y secuestro de más de 500 personas. Sin embargo, Sandoval será juzgado solo por un caso: la desaparición forzada de Hernán Abriata, en 1976. En octubre de ese año, un policía se presentó en la casa familiar de Abriata, se identificó como “Sandoval, de Coordinación Federal”, y manifestó que debía llevarse al estudiante de arquitectura para realizar “un procedimiento de rutina”. Carlos Loza, un compañero de cautiverio de Abriata en la ESMA, contó que el muchacho fue torturado y que la última vez que lo vio “fue entre el 4 y el 5 de enero de 1977, cuando lo trasladaron”.

Sandoval dijo “Yo no soy el que buscan” cuando, el 11 de diciembre de 2019, la policía francesa lo fue a detener con una orden de arresto dictada por el juez Sergio Torres. “Soy víctima de una campaña de difamaciones e incluido sin contemplaciones en una lista negra”. Pues este hombre parece creerse el protagonista de la “Novela negra con argentinos”, mató pero se cree la víctima, vive de la expulsión de toda culpa sin hacerse cargo, amparado en que no hay huellas, no hay cuerpos y hay unos pocos testigos a los que se les otorga una veracidad dudosa. Le faltó decir: “Yo, argentino”.

Sandoval vivió en Francia escondido y no tanto; no exiliado, sino escapado de la justicia, de la historia, de la memoria activa, y a pesar de los juicios ya realizados, la magnitud del exterminio parece no tener un término visible. “A donde vayan los iremos a buscar” reza la consigna de los organismos y la militancia por los Derechos Humanos, cuyo afán no consiste ni en la venganza, ni el olvido, ni en el punto final, ni el perdón, sino en la justicia.

El colectivo “Historias desobedientes”, conformado por hijos/as de torturadores, apropiadores y asesinos de las dictaduras argentina y chilena, conscientes de las deudas de sus progenitores, portadores de una aflicción y un trauma que tienen en común con los hijos/as de los asesinados, pero en una especie de duelo invertido, dirigieron una carta abierta al presidente de Francia, Emmanuel Macron, con fecha 16 de diciembre. En ella expresan su indignación por la protección (incluida la nacionalidad francesa) que su país otorgara a Sandoval, permitiendo “su integración a la sociedad ocultando su pasado” y haciendo hincapié en que los crímenes contra la humanidad “no fueron ni serán cometidos en nuestro nombre”. Algo más que un gesto, que una conciencia dolorosa, algo tan fuerte como una posición ética ante una situación de encubrimiento por parte de sus familias.

¿Cómo se vive -me pregunto- si nuestro padre ha creado para nosotros, nuestras familias, nuestra infancia, un espacio protector y amoroso, y afuera, (lo descubrimos ya de grandes), ha transitado un camino desabrigado e inhabitable? Estos asesinos son ahora viejos a los que no se puede aplicar efectos especiales para rejuvenecerlos. Son viejos a los que la sociedad debiera preguntarles “¿Cómo pudiste?”, ¿cómo pudiste vivir en la noche y la niebla? Es una pregunta íntima que no hará la justicia y que queda pendiente para los hijos/as. O como dijo la madre de Hernán Abriata, “A mí me gustaría ir a verlo a la cárcel y decirle: ¿cómo te sentís ahora?”.

La pregunta que formularíamos a Sandoval, también es trasladable a la AFI: ¿podrán salir de la noche y la niebla? En ambos casos, somos testigos asombrados de que pretenden seguir ocultando entre sombras aquello que debe ser nombrado, visibilizado en toda su responsabilidad, aquello que forzó a la política a un arrasamiento de todo estado de derecho, agregándole una torsión, una fuerza que la instaló en el centro de la fractura.

La resolución de todos los casos de delitos de lesa humanidad y la transformación de la AFI, tienen en común el “Nunca Más”. Deberían sentar nuevas bases para pensar un horizonte de custodia jurídica de los derechos y garantías de los ciudadanos, una arquitectura de ideas que permita reinventar la política como un lugar que entienda la cuestión de la justicia como custodia del derecho, como modo de pensar el mundo desde otro lado. Dice el personaje de la novela que citamos: “Si uno cruza las fronteras, ¿puede acaso volver a este lado?”.

 
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