La necesidad de un orden moral en la revolución tecnológica

Por Mario José Pino

Prometeo, cuya génesis contiene un hecho violatorio, hizo de su amistad con los hombres la complicidad en el desafío a los dioses sobre el que habría de levantarse la civilización. El fenómeno mitológico se repite en las culturas más dispersas. Más cerca nuestro, en 1818, Mary Shelly imagina la creación monstruosa, al principio bonachona y hasta vegetariana (¡en aquellos años!) del Dr. Victor Frankestein, que llega a decirle a Dios, “debí ser tu Adán pero me convertí en tu Ángel caído”. Según los relatos míticos los dioses siempre se han vengado.

La Cuarta Revolución Industrial, que no detiene su paso vertiginoso y apabullante, va comiéndose horizontes de manera impensable; coloca al ser humano frente al dilema de preguntarse qué es hoy, y que será mañana, ser hombre o mujer, o inclusive algo distinto. El cuerpo y la mente se modifican, se alteran y se sustituyen. Las generaciones aceleran y profundizan sus diferencias identitarias. El pasado y el futuro en el mundo analógico tienden a desaparecer como referencia vivencial y el presente pareciera que carece de parámetros indagatorios. Éxito y destino pareciera que caducan como conceptos frente al advenimiento de los clones, los superhombres, los organismos cibernéticos, la robótica y la inteligencia artificial y, lo más reciente, la creación de los robots vivientes: los xenobots.

La apropiación de la vida y la alteración mecánica, digital y psicológica, de la persona humana presenta desafíos que la ponen frente al dilema de la asimilación –activa o pasiva- o la resistencia. El homo sapiens, única especie humana aún sobreviviente, eventualmente se pregunta o enfrenta el temor y la duda sobre la incógnita de saber por qué se está luchando y cuál es su lugar en el universo hoy en día y en el futuro. En esa pregunta, la distancia de Dios o de los dioses, ayer, hoy y mañana, no puede ser un detalle menor. Pero el “homo digitalis vulgaris”, construido por la sociedad cibernética, quizás ya ni se lo pregunta.

El hombre, ser social por naturaleza, ve alterada esta condición no solamente en lo que pudiera ser su pertenencia colectiva, sino también en el encuentro consigo mismo por la presencia de la virtualidad. Desde la sexualidad hasta el más allá, eventualmente Dios, se ve atravesado por este fenómeno representado en las pantallas digitales. El encuentro, parece ser un fenómeno en vías de transformación. Surge entonces, la pregunta de si el hombre es, será o querrá ser capaz de ser artífice de su propio destino. Algunos juegan a ser dioses creadores de vida y manipulador de la conducta de la especie.

La reciente creación de los xenobots mediante la utilización de “algoritmos evolutivos” llama la atención y agrega desafíos impensados a la ponderación ética y a las formulaciones jurídicas. Son seres biológicos programados que poseen capacidades tales como la autoreparación de sus tejidos orgánicos dañados y, obviamente, inteligencia artificial. La ciencia que los ha creado expone los usos positivos de estos diminutos engendros, pero nadie ha advertido sobre sus potencialidades destructivas y su uso en las nuevas dimensiones bélicas que enfrenta la humanidad o los riesgos de sus mutaciones.

La imposición de los límites a la extensión y la interrupción de la vida, al nacer y al morir, se impone como un debate natural que se presenta como virtuoso. La sensibilidad del hombre actual por los seres animados, de la mano del mascotismo, ha logrado que legalmente se otorgue a algunos primates la condición de persona y sujetos de derecho, como el caso de nuestra orangutana Sandra; cabe preguntarse también cuál es el límite entre lo animado –en el sentido etimológico de lo que tiene alma- y lo inanimado, entre lo mecánico y lo biológico. Cuál es el estatus de estas nuevas formas de vida, algunas construidas de tejidos orgánicos como los xenobots que, conforme la ingeniería evolutiva, podrían ser capaces de reproducirse.

Dotados de inteligencia artificial, inteligencia al fin, pueden expresar y responder, si no a sentimientos, al menos a emociones que, en detrimento del sentimiento, es la característica expresiva por excelencia del “homo digitalis” de la cultura neoliberal.

La tensión ideológica de este cambio de época se plantea en torno al derecho de propiedad y al de libertad. En ese marco, la propiedad de los códigos genéticos y la libertad en la creatividad sin fronteras confunde y borra todos los límites que aparecían como de reconocimiento universal. Poseedores de inteligencia, de acumulación de memoria y emotividad expresiva, los nuevos engendros plantean desafíos que solamente un orden ético y moral pueden abordar.

El mito se ha hecho realidad y el robo, o apropiación, del fuego sagrado de los dioses está dando nuevos y formidables resultados en la evolución de la civilización. El mundo contemporáneo, en el contexto de un desorden generalizado, y de fragilidad ética y moral es renuente al respeto y al establecimiento de un orden moral sustentado en virtudes universales, pero ese esfuerzo puede asegurar un futuro de armonía entre el hombre y su destino, evitando que Pandora no abra su caja de sorpresas con la venganza de Zeus.

Abogado y diplomático

 
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