¿Solamente un signo de este tiempo?

Por Roberto Fermín Bertossi

Bergoglio, el papa Francisco explicó que “para entender los signos de los tiempos, antes que nada es necesario el silencio: hacer silencio y observar. Y después reflexionar dentro de nosotros”. En su opinión, todos pueden entender los signos de los tiempos. Parte de la sencillez y humildad de los campesinos, que “en su simplicidad” saben “distinguir el grano de la cizaña”. El pontífice reconoció que no es una tarea fácil, porque existen muchos condicionamientos externos que no ayudan. “Este es un trabajo que normalmente no hacemos: nos conformamos, nos tranquilizamos con ‘me han dicho, he escuchado, la gente comenta, he leído…’. Así nos quedamos tranquilos… Pero, ¿cuál es la verdad? ¿Cuál es el mensaje que trae consigo este signo en este tiempo?”.

Lo cierto es que, por estos días, todo el mundo está “apanicado”. En Argentina tampoco habíamos vivido una situación similar, la cual explica y predice todo asombro por la magnitud de semejante tragedia y estrago epidemiológico imprevisto. Este signo de los tiempos, o pandemia Covid-19, está siendo la confirmación de una realidad, y por ese motivo no debiera sorprendernos en lo más mínimo: a la gente lo único que “más” le preocupa es la salud, y, por supuesto, a lo único que le teme, es a la muerte. Nada de las cosas post mortales y más profundas, que milenariamente plantean en general todas las religiones, en vida tienen verdadera fuerza ni alcance.

Acaso les preocupa tal vez en un segundo plano muy lejano, y casi como una curiosidad o divertimento. Poco le importa a nuestro vecino el coronavirus de su corazón infectado por los excesivos miasmas del ego y del yo. Poco le importa al pueblo el coronavirus ecológico, ni el de la corrupción, ni el de la desigualdad, ni el de los privilegios, que matan. Como magistralmente señala el filósofo Carlos Díaz Hernández, vemos a los más prepotentes y a los más impostores lloriquear agazapados en su rincón implorando más mascarillas y más vacunas, más médicos y más ventiladores y más respiraciones asistidas, temiendo por el desabastecimiento de los alimentos que los más avispados piratas ya se han llevado de los almacenes hasta dejarlos completamente vacíos.

Remarca Díaz que, ante tanto sacar pecho sobre el futuro del postántropo y el advenimiento del metántropo, de repente, un pequeñito virus podría diezmar al homo sapiens. Por su parte y a su turno, los “encuarentenados” forzosos hablan como poseídos por el teléfono móvil y cuchichean sobre el miedo de los vecinos. ¡La cantidad de separaciones de parejas que va a ver después de llevar días aislados y sin salir de casa! ¿Qué van a decirse ahora, cuando nunca supieron decirse antes de estos tiempos del cólera?.

No me imagino a Dios lanzando plagas de coronavirus infecto contagiosos sobre la humanidad, pero desde luego nos lo mereceríamos sobradamente. La pregunta sería cómo podríamos cruzar ahora el Mar Rojo del “empoderamiento” para liberarnos del “debilitamiento”, cuando el único que se apodera de esta frágil barquilla es el virus “extranjero” (Reagan dixit).

En la cama y en el juego se conoce al caballero, eso decían al menos. En la realidad de hoy es en el coronavirus donde se prueba la medida del hombre: el coronavirus es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y de las que no son en tanto que no son. Por lo demás, a ver cómo afrontan ahora la realidad los defensores de la post verdad: contra la verdad vivíamos mejor, pero con el coronavirus, sin esa la verdad negada, morimos más; la muerte existe y el fugitivo será por ella alcanzado antes de que le dé tiempo a escapar. Y si esto parece duro, más duro es el coronavirus, que desplomó otra Babel y desnudó al hombre de hoy, extraviado en vanos razonamientos, concluye Díaz Hernández.

Finalmente, las dos semanas venideras serán cruciales para controlar, o desatar más aún, este coronavirus en nuestro país. Todo depende de nosotros, de nuestra serenidad, de nuestra confianza, de nuestro cuidado recíproco y corresponsabilidad; y del magnánimo y ejemplar personal sanitario, entregado a destajo para asumir una misión tan desafiante como inesperada.

 
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