Para endurecer la piel

Por José María Las Heras

Su nombre es difícil de pronunciar: Friedensreich Hundertwasser (1928-2000; le llamemos FH); fue un artista que cambió, desde la pintura y la arquitectura, muchas formas de ver la naturaleza. No escribió una ficción, como Camus, patentizando en “La peste” las miserias humanas. No describió un mundo distópico –aunque hoy se aproxima a lo real- como Jack London en “La peste escarlata”. Vio cómo el hombre posmoderno, en lo más íntimo del ser y su entorno inmediato, es agredido por su contexto. FH señala las cinco capas del hombre, o como él las llamó, “pieles de significación existencial”, que lo relacionan con el universo.

En primer lugar, nuestra epidermis, que nos delimita corporalmente; luego, la ropa, que el mercado de consumo la ha uniformado bajo la tiranía de la moda. Tercera piel, el hogar (la casa), con una arquitectura alejada de la naturaleza y el hacinamiento como regla general. Una cuarta piel es la identidad, que para FH es la interrelación de nuestros pensamientos y acciones con el entorno: el barrio, la ciudad, el país, el mundo. Y como quinta y última piel, la Tierra, que estamos obligado a cuidar. Leonardo Boff sostiene que el mundo –el síndrome Gaia- es una naturaleza viva suficiente para regular los desmadres del hombre. El Covid-19 ha atravesado aceleradamente las cinco pieles del hombre, desde afuera hacia adentro, sin pedir permiso. La pandemia ha llegado desde la última piel que nos circunda: el mundo, y precipitadamente ha invadido nuestra intimidad.

El universo, construido por los poderosos, ha ido corroyendo de ropaje en ropaje al hombre, afectándolo en su intimidad. La peste ha devenido de la codicia de poderes que no respetan la naturaleza. Pero ésta no es Dios y nunca perdona, sostiene el papa Francisco: avanza sobre nuestra identidad, aprisionándonos en nuestras viviendas atemorizados para que el virus no toque nuestra epidermis. Hoy aleja a adultos y niños de la sociedad, y salvo para una minoría (los Tinelli, los Vicentin, que gozan de un estatus privilegiado), al resto lo ha aislado en viviendas intolerables para afrontar un confinamiento. Hoy iguala al vecino del country como al de la villa, ambos deben recluirse en sus viviendas; claro que los segundos la pasan peor –y mucho peor- que los primeros.

Víctor Toledo, funcionario del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, responsabilizó a empresarios y magnates de la crisis sumida por la pandemia. Toledo dice que se desató porque “la civilización moderna está erigida sobre el individualismo, la competencia, la rentabilidad económica, el consumismo, el patriarcado y las estructuras piramidales”. Para el mundo post-covid que se avecina necesitamos “endurecer la piel”, tal cual frasea la canción del Dúo Dinámico. No sólo la epidérmica, sino otras más que nos rodean, singularmente la del hogar. La lucha es consolidar la convivencia, abortando que el consumismo, la televisión e internet la sigan tercerizando.

Y es la convivencia la que hay que rescatar del aljibe donde la escondió un sistema atroz y desmedido de lucro. Pero proteger esos ropajes no es suficiente. ¿Es irreversible que el futuro trastoque para bien los dos ropajes del contexto, la identidad y el mundo? Es que si los paradigmas se mantienen, la opresión será mayor que la vivida. El film “Children of Man” (2006) describe la represión sistematizada de poderosos asustados por el avance de millones de marginados que pululan en un mundo catastrófico. Se necesita un cambio profundo. El mercado puede -y debe- subsistir como proveedor de bienes y servicios; pero el Estado, que ha mostrado su necesidad en la crisis, tiene un rol destacable. La tecnología ha de ingresar a una fase aceleracinista, democratizada, en favor de la humanidad (como bien dice Darío Sandrone en este diario).

Es la hora de una comunidad organizada, no desde el Estado o desde los deseos provocados por el consumismo del mercado, sino como una conexión de hombres libres comprometidos en una red activa de solidaridad. Hace muchas décadas que se marca la importancia de la sociedad civil; hasta ahora no había mostrado toda su potencia. Numerosos trabajos hablan de la importancia de la sociedad civil, aunque suenan a romanticismo posmoderno; en mi caso, en 2003 publiqué el libro “La sociedad civil no es un cuento”. Y ahora ya no es un cuento: construir en armonía las cinco pieles de FH requiere de un nuevo modelo social; con arte, FH propuso concebir nuestro paso por la Tierra desde el amor y la conciencia. Tejamos todas las pieles.

 
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