La pandemia global y el otro

Por Pancho Marchiaro

Hoy pasó algo terrible: la ciudad no se desperezó. No desayunamos su aliento macerado en buches de caños de escape durante la noche. Las mañanas se pueden respirar con liviandad. Aunque lleguen los delfines a la Cañada y una mariposa se detenga en el dedo de San Martín, nadie podrá verla desde el Sorocabana. Ojalá se recupere toda la fauna del Abrojal, pero regresaremos cuando los artesanos vuelvan a Güemes.

Las hojas otoñales de cada plaza caerán en picada sin que, luego, un barrendero les haga los oficios fúnebres en una de sus bolsas. Asistimos -tal vez, puesto que no lo sabemos porque no lo vemos- a un cambio de era monumental con mil, dos mil, o vayaunoasabercuantos miles de millones de personas encerradas en sus casas. 

El planeta se detuvo y su músculo urbano y social se entumece. Los museos, la gastronomía, y los espectáculos sufren una parálisis difícil de revertir. Esos ámbitos que son la vida misma, la creación del hombre, suponen todos los encuentros que no se van a dar en el marco de medidas gubernamentales (por cierto: acertadas).

La circunvalación, con sus barreras de peaje levantadas, es recorrida por leones, jirafas y canguros, mientras que nosotros, los humanos, bebemos veneno de la matrix a través de nuestros celulares. Ese mantra, tantas veces repetido de la pandemia global, llegó para silenciar los latidos contemporáneos de aviones, transeúntes y motitos con gorra y chicos recorriendo las arterias. El agujero de ozono cicatriza las heridas que le infringimos, porque lo estamos suturando con el hilo de oro de nuestra sociedad imperfecta. Confinamiento o aislamiento social -por muchas redes “sociales” y educación virtual que le metamos- son imprescindibles; como así también resultan impagables para los sectores más delicados de la comunidad. 

Aquellos que sacan la billetera del saco alzan la vista preocupados. Los que usan los bolsillos bajos, los del pantalón que están cerca del traste, saben que el miedo, como el dinero, tienen algo en común: no son nada pero mueven todo.

Esta nueva era que produce sarpullido en las zonas de los trabajadores también nos impacta por la entronización de las megaempresas de telecomunicaciones, casualmente líderes en las bolsas. Facebook, Alibaba, o Google se están ocupado de trazar una línea indeleble entre el afuera y el adentro. Lo traducen y le decimos gracias con un “like”.

El nuevo otro, los protagonistas de la otredad, serán mediados por la tecnología, y para ratificarlo pequeñas ciudades y grandes países levantan barreras, cierran fronteras, o hacen montículos en las rutas.

La necesidad de quedarse en casa, inmunizados, tiene un costo para los otros que se diluyen como entidad y pasan a ser chistes, mensajes más o menos humanos que llegan por wassap. 

Mis amigos son noticias y recomendaciones que recibimos, compartimos, celebramos y desacreditamos en una digestión social cada vez más acelerada. 

La mentira se viraliza mientras el virus se vuelve real. El dinero, por su parte, redacta un futuro incierto, lleno de excluidos y opera como un traductor universal que reduce todo a un número, a un destino.

El riesgo de perder la sensibilidad, de globalizar -más- la pobreza, crece con un índice de contagio y necrosidad social, muy por encima de lo que podemos proyectar.

Un cardumen de merluzas en las costas de la Isla de los Patos promete un futuro con mejores ceviches ahí, en Alberdi o Providencia, si seguimos siendo células de este organismo vital que son las ciudades y su gente. Si, con los otros, continuamos integrando el nosotros.

 
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