Que nada vuelva a esa normalidad

Por Juan Carlos Stauber

Hace poco escuchaba a una vecina reclamando volver pronto a la “normalidad”. Volver a trabajar, vender, comprar, producir, consumir… todo como si nada hubiera pasado. Y el covid-19 debería quedar, muy pronto, como un simple paréntesis en la historia de la Humanidad. Un paréntesis algo “costoso”, pues ya lleva más de 150.000 muertos, y muchos miles de millones “perdidos” para las economías del mundo.

Minutos más tarde recibí un texto del amigo Mariano Saravia, donde cuestionaba, precisamente, esa falsa “normalidad”. Mariano planteaba que la normalidad del desarrollo liberal-capitalista de Occidente ha sido edificada sobre la muerte y explotación de muchos sectores del mundo que, por esa misma explotación pasaron a ser dependientes y subyugados por las hegemonías del mundo civilizado. Por ejemplo, citaba los 30 millones de víctimas que le costó al África el desarrollo de las economías “libres” del mundo moderno. Ni qué hablar si sumamos los millones de indígenas muertos en América por el colonialismo en los últimos 500 años.

Pero también podemos sumarle los datos actuales de la expoliación de recursos, la deforestación de bosques, la contaminación de fuentes de agua, o la extinción de especies y la implantación de monocultivos, solo para abastecer a las economías centrales.

No podemos ignorar que el mundo moderno ha generado grandes beneficios para la humanidad. Pero también las desigualdades de tales repartos son evidentes. Mientras el 0,0001% tiene más del 50% de las riquezas del mundo, 700 millones de personas apenas viven con menos de US$ 2 al día. Hay miles de ejemplos para materializar local y globalmente estas desigualdades. Por eso, si aquella realidad causaba injusticias y miserias, explotación y muerte, ¿cómo desear que volvamos a las mismas actividades e iguales métodos? Nadie obtiene resultados distintos si hace siempre lo mismo.

Juan Chipan, un amigo de Claypole, escribía hace poco: “En los barrios invisibles de casas de chapa y cartón, donde el frío es FRÍO y el calor abraza y marea, casas llenas de familias donde lo que ganaste ayer es comida de hoy. Donde, si no ganaste ayer, no hay comida hoy. Donde se conocen las medidas sanitarias, pero es imposible cumplirlas. ¡Tienen miedo, pero sin medios! Solo se intenta sobrevivir día a día. El virus no nos hace iguales. El virus pone en evidencia, aún más, la intolerancia, la apatía con que el sector privilegiado de esta sociedad mira a los que menos tienen. Afuera el virus, adentro el hambre. Las caras de sus hijos, la decepción, la incertidumbre, la desesperanza.

¿Realmente nos cuidamos entre todos? No, no estamos en el mismo barco. Estamos en el mismo mar.” La cuarentena ha hecho que algunos se den cuenta de la vulnerabilidad de la vida, y ha sentado las bases para un salto de conciencia: hay grandes mayorías en vulnerabilidad extrema. Que algo irrumpa en nuestras vidas y genere un parate tan repentino, global y con impactos imprevisibles, es algo que nos llena de ansiedad e inseguridades.

En 2010 discutí con Dirk Matten, director en ese momento de Responsabilidad Social Corporativa de Hewlett Packard; él planteaba que en el futuro, el sentido de identidad social no iba a ser sostenido por la pertenencia nacional de un ciudadano, sino por su pertenencia a comunidades empresariales. Mi posición, por el contrario, era que, aunque los Estados tienen mucho que mejorar y cambiar, las corporaciones privadas nunca se verán impelidas a defender y proteger los intereses públicos. Era difícil que me entendiese, viendo el mundo desde Toronto. Pero ante la actual situación, ¿quién podría dudar que son los Estados los únicos garantes de los intereses de sus pueblos? Más allá de los gobiernos de turno, la ciudadanía siempre tiene más control sobre sus políticos que sobre los gerentes de las multinacionales.

Hoy, crisis de covid-19 mediante, las mismas corporaciones van a pedirle a los gobiernos que salven sus ganancias y que tomen dinero público para estabilizar sus traspiés privados. Ya nadie discute si el Estado debe o no subsidiar la producción nacional, y reconocen que los consumos suntuarios tienen menor importancia que la salud y seguridad pública.

En la antigua Grecia, cuando aparecían crisis profundas, se buscaba un culpable y se lo sacrificaba: el chivo expiatorio. En griego se llamaba “fármacon” (de donde viene “farmacia”). Y aún persiste el deseo de buscar culpables para sacrificar, en lugar de pensar cuál es nuestra responsabilidad y si podemos hacer algo creativamente distinto, es preferible culpar y seguir soñando con restaurar la normalidad, aun cuando sea dañina. Sean murciélagos, chinos, inmigrantes o negros vagos, un culpable que muera para que las cosas vuelvan a la normalidad es una buena forma de tranquilizar a los que se benefician de tales injusticias.

Pero ahí está la naturaleza para decirnos que el planeta, como organismo vivo, es más sabio y sensato que nuestras mentes hipócritas o necias. Los delfines han vuelto a Venecia, los pájaros a nuestras plazas, las mariposas a nuestros jardines y hasta la contaminación ha mermado. La oportunidad de repensar un sistema más justo, sano y feliz para todas y todos se nos presenta para que reflexionemos qué, cómo y con quiénes queremos vivir nuestra existencia en el planeta. Por favor, no regresemos a la “normalidad” anterior: podemos ser mejores para nuestro bien, y debemos serlo para el bien de nuestros descendientes.

 
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