El cambio del contrato social

Por Eduardo Ingaramo

Michel Foucault, como nadie, analizó la historia del “control social”, desde la exhibición de la tortura hasta la muerte, en la época medieval y monárquica, hasta el control social por medio del poder institucional de leyes, medios y policía, pasando por los métodos de las prisiones –extendidos luego a las escuelas, los hospitales psiquiátricos y el trabajo- con la proporcionalidad de la pena. Pero con la pandemia del coronavirus, el “contrato social” está cambiando.

Foucault fue, desde principios de los 60, un disruptor de la teoría del “contrato social” propuesto por Rousseau. Al contrario de lo que decía este último, respecto a que el sujeto es previo al contrato, Foucault señala que es el poder el que define el contrato social y, por tanto, al sujeto. Esto es importante en un momento en que las verdades aceptadas cambian, la evaluación de los comportamientos considerados anormales (locos) también, y algunas palabras que estaban prohibidas ya no lo están, mientras que otras se convierten en prohibidas. Así, el poder está cambiando su definición de contrato y, por tanto, aquello que define al sujeto.

Un debate en estos días compara las sociedades orientales y occidentales en el control del coronavirus y su enfermedad. En las primeras, los mecanismos fueron el control total de la población, su identificación, el de sus contactos o una cuarentena total y universal en algunas zonas (Wuhan, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, etc.) con una dura acción policial y/o un control virtual a través teléfonos celulares y App, propios de sociedades menos democráticas y más propensas a aceptar el control de un Estado inmanente.

En las segundas, la mayor defensa de la libertad, a veces de los individuos –según el “contrato social” de Rousseau- pero más frecuentemente de la libertad de empresa, hizo que no se impusieran controles tan rigurosos, pero los catastróficos resultados las han ido llevando gradualmente a endurecer las restricciones.

Mientras tanto, se construyen dos discursos desde el poder –como dice Foucault- que disputan la definición del nuevo “contrato social”. Uno, que ante la evidencia del cambio confía en la ciencia y la tecnología –creando vacunas y nuevos tratamientos para la enfermedad-, en la protección del entorno inmediato, en acciones filantrópicas y en la protección de las empresas más poderosas, a la espera de la solución del problema, para que todo siga igual cuando termine la pandemia. Otro, que plantea un giro copernicano, dejando de lado el individualismo, el consumismo, el deseo, la financierización de la riqueza y la globalización descontrolada, generando inclusión, solidaridad, cooperación, sostenibilidad social y ambiental, en la convicción que “nadie se salva solo”.

Así, unos y otros tratan de imponer hacia dentro de sus sociedades la verdad aceptada como válida, lo que es “una locura” o no lo es, y lo que es “la palabra prohibida” o no lo es, utilizando todo el poder que tienen las instituciones (gobiernos, sistemas educativos, de medios de difusión y comunicación, normas legales, etc.)

El primer discurso tiene los más poderosos instrumentos, pero una gran debilidad intrínseca cuando, a diestra y siniestra, se observan las catastróficas consecuencias de la competencia –por ejemplo en la producción de vacunas y medicamentos, en la fuga de capitales de los mercados de valores, en la piratería de insumos médicos. Por lo que su “verdad” (la felicidad del deseo y el consumo), lo que se define como “locura” (la intervención del Estado o la emisión monetaria), y la “palabra prohibida” (nacionalismo o barreras comerciales y financieras), están en plena crisis y son abandonadas por los más conspicuos representantes de este discurso. Así, algunos de sus representantes de más prestigio (The Economist, gobiernos liberales) se vuelcan sin tapujos hacia el segundo discurso.

Por el contrario, el discurso inclusivo, solidario, de cooperación, sostenibilidad social y ambiental, tiene menos recursos comunicacionales, pero está basado en sólidas evidencias.

Quien logre imponer: la “verdad” nadie se salva solo; afirmar “la locura del otro” los que no cumplen la cuarentena y el aislamiento social; y la “palabra prohibida” el neoliberalismo o Estado social, serán los triunfadores de este cambio de época. En ese campo de debate discursivo, cada uno de nosotros tiene la posibilidad de elegir uno u otro, y ejercerlo enviando o reenviando mensajes en uno u otro sentido, interviniendo así en la construcción de un nuevo “contrato social”, o sosteniendo el existente. Podemos establecer relaciones competitivas, confrontativas y excluyentes o, por el contrario, establecer con nuestros allegados (familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, proveedores y usuarios) relaciones de información, colaboración o cooperación.

En definitiva, hoy no solo somos receptores de los mensajes, sino que también somos emisores o reproductores de ellos, por lo que por primera vez podemos ser protagonistas de un cambio de época, o sostener aquello que nos ha llevado hasta acá. Así podremos establecer un nuevo paradigma panóptico –o sea, el sistema de control social definido por Foucault- que hasta ahora estuvo en manos del individualismo y la competencia. 



Docente investigador de FACEA - UCC.   

 

 
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