Libia en su laberinto

Por Sebastián Lanza Castelli

La dislocación sufrida por los estados magrebíes y de cercano oriente luego de la llamada “primavera árabe” de 2011 ha afectado a muchas de esas naciones, tres han sufrido consecuencias devastadoras: Libia, Siria y Yemen (Irak fue destruido anteriormente por EE.UU. y sus aliados europeos). En Livia, tras la caída de Gadafi a manos de la OTAN el 20 de agosto de 2011, que culmino con el asesinato de dicho líder durante la batalla de Sirte, el 20 de octubre de ese año, se produjo (previo caos de luchas de diversos grupos armados apoyados por Al Qaeda y el Isis) la partición del territorio en dos Estados, uno con sede en Trípoli bajo el mando del GNA (Gobierno de Acuerdo Nacional, conformado en el 2015 con el auspicio de la ONU); y por otra parte la zona bajo control del Ejército Nacional Libio, con sede en Tobruk, presidido por el general Jalifa Haftar, ex aliado de Gadafi. Si bien el GNA es el gobierno “legitimo” de Libia, pues tiene el reconocimiento de la ONU, cerca estuvo de ser derrotado por el ejército del “señor de la Guerra” Jalifa Haftar, hasta que recibió apoyo militar de Turquía. Desde ya el tema central de la guerra civil libia, que enfrenta a Trípoli con Tobruk, es sin dudas el petróleo: las mayores reservas de África y novenas reservas del mundo, con una estimación de 48.000 millones de barriles entre territorio continental y marítimo. 

En este contexto, el GNA recibe el apoyo no solo de Turquía sino también de Qatar; mientras que, por el lado europeo, cuenta con el aval de Italia, que ha posicionado a su empresa estatal ENI para la explotación de hidrocarburos en la zona. A su vez, Turquía busca ubicar a su empresa, también nacional, dedicada a la explotación de hidrocarburos la corporación Turkish Petroleum. Por el lado del Ejercito Nacional Libio con sede en Tobruk se encolumnan Los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Francia (esta ubico a su empresa estatal ELF, y fue fundamental a la hora de derrocar a Gadafi), y también Rusia, que participa a través de la empresa proveedora de mercenarios Grupo Wagner (Rusia ha negado las acusaciones y manifiesta que no tiene implicancias en la guerra). 

El conflicto parece que comienza a adquirir dimensiones aún mayores, puesto que Turquía ha logrado la concesión, a través del GNA, para explorar el territorio marítimo libio en busca de petróleo, incluyendo zonas del mar Mediterráneo también reclamadas por otros Estados, como Grecia, Chipre y Egipto. Las intenciones turcas han provocado la protesta griega, que ha afirmado estar preparada para enfrentar militarmente a Turquía en el caso que insista con incursionar en su zona marítima exclusiva. También Egipto, a través del presidente Al Sisi se ha expresado en la misma dirección.

Turquía ha demostrado con estas acciones un retorno a la otomanización de su política exterior, no solo por haber incursionado en Libia y en Siria, sino inclusive en Somalia, donde ha intentado tomar el control de los puertos que dan al Océano Índico. En Libia, junto a Qatar respalda a la agrupación político-religiosa “Hermandad Musulmana”. 

En el caos en el que se encuentra sumergido el territorio libio, son las potencias extranjeras las que sacan máximo provecho del mismo al explotar sus recursos naturales y trasladar las riquezas a sus respectivos Estados por medio de las empresas transnacionales, pero, en el caso libio, si se produce la intervención de Grecia o Egipto en contra de Turquía (y, por ende, del GNA) no solo estaremos en presencia de una guerra regional en la que intervendrían países de tres continentes, sino que su reconstrucción será muy dificultosa y estará, por ende cada vez más lejana.

También es posible que se llegue a la partición definitiva de Libia en dos fracciones: la Tripolitania, ubicada al oeste del territorio, y la Cirenaica, emplazada al este, nombres heredados del antiguo Imperio Romano y que hoy parecen querer cobrar vida nuevamente.





 
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