Pobrismo y meritocracia

Debates | Por Eduardo Ingaramo

Platón decía que el éxito era fruto del “plus y la oportunidad”; 2.400 años después aún no trascendimos ese debate. El “pobrismo” es una idea convertida en ideología, es una simplificación de la realidad que entiende que solo los sistemas producen pobres y exitosos. La “meritocracia” es otra simplificación que sostiene que el éxito es solo consecuencia de las actitudes personales. Pero ninguna de ellas es sostenible por sí misma. Unos y otros se desacreditan mutuamente, ignorando las evidencias que muestran que ambos argumentos son válidos conjuntamente, no excluyéndose. Hagas lo que hagas, tu éxito depende tanto de las condiciones objetivas desde donde partes, como del esfuerzo que pones en ello.

Esas condiciones objetivas se refieren al capital económico, social, humano, de conocimiento y del ambiente en que te desarrollas, pero también de la pasión, la profesión, la vocación y la misión que te impones. Esas condiciones objetivas son las distintas formas que asumen el capital puesto a tu disposición por el lugar en que naces y te desarrollas, lo que dispone tu familia, vecindad, grupo social, ciudad, país o región. Y la actitud depende de hacer lo que te gusta, lo que mejor sabes hacer, que te paguen por ello y eso te sirva también para hacer lo que el mundo necesita.

Además, siempre existe algo de azar –la oportunidad de Platón- en nuestros logros y fracasos, que son hechos imprevisibles y no atribuibles a mérito o demérito propio o causas sistémicas, que en casos individuales permiten el éxito o provocan el fracaso.

Es evidente que, si naces y te desarrollas en un lugar donde la salud, la educación, tu estabilidad familiar, de sistema económico, etc., son mejores, las probabilidades de tener éxito competitivo frente a otro que lo hizo donde todo eso es peor, son mucho mayores. También lo es que, aún con todas esas ventajas, algunas personas fracasan frente a otras que tienen muchas desventajas.

El problema es la radicalización de las simplificaciones de la realidad, que se vuelven prescripciones únicas de las políticas públicas. En el cuatrienio pasado la “meritocracia” reinó de la mano de un Gobierno donde predominaban personas que habían gozado de muchas ventajas en las condiciones objetivas de su existencia. Atribuían su éxito a su esfuerzo y talento sin reconocer las posibilidades sistémicas que habían disfrutado para ser exitosos. Los meritocráticos, sin embargo, no pudieron continuar su éxito: creyeron tanto en su predestinación, que dejaron de ser percibidos por los demás como líderes, y solo fueron jefes con poder basado en sus cargos. Y como sabemos, no hay emprendimiento humano exitoso, si no existe compromiso, motivación y vocación de servicio de la mayoría de sus miembros, en especial de los que han logrado ser más exitosos.

Por su parte los “pobristas”, que se centraron antes solo en las causas objetivas, dieron a su público un mensaje tan desesperanzador que posiblemente muchos de ellos desistieron de aprovechar su talento y esfuerzo, lo que los condena inexorablemente a no buscar el éxito.

Así, unos y otros no solo fracasan a corto plazo, sino que, a largo plazo, lo que dicen defender –capilaridad ascendente y emprendedurismo empresario- se destruye y convierte en profecía autocumplida.

Los meritocráticos, al desconocer las causas objetivas de la pobreza, generan un país de pobres sin expectativas, que destruirá no solo las posibilidades del conjunto, sino las suyas propias, que no podrán sostenerse ni aún para ellos. Mientras los pobristas generan un sistema en donde el “no se puede”, o las actitudes violentas predominen, lo cual empeora aún más las causas objetivas de su exclusión. Así, la solución personal y social pasa por creer que estamos en control de la situación aún contra toda evidencia, aunque “no se pueda” hasta que se alcance el éxito. Pero cuando se alcanza el éxito es imprescindible reconocer todas las causas objetivas que nos beneficiaron y de las que carecen los demás, para estar dispuestos a construirlas de modo que el éxito nos sobreviva y recree las condiciones de las que disfrutamos. Toda una paradoja.

La reducción de fondos a la Ciudad de Buenos Aires ha desatado un debate, en el que parece que toda su riqueza fuese fruto de su mérito, y, por el contrario, la pobreza del conurbano bonaerense sería consecuencia de su demérito. Pero las diferencias entre ambas circunscripciones, y entre ambas y el resto del país, es tan grande que no puede ignorarse ni minimizarse, por lo que solo puede ser justificada por un mérito incomprobable y contradictorio con la realidad. Así, solo una polarización ideológica, manipulada mediáticamente permitirá a “pobristas y meritocráticos” sostener una discusión sin fin, que los sostenga en el centro del debate, mientras nos destruimos.

Es de desear que los gobiernos impulsen emprendimientos personales y sociales, mientras remueven las condiciones objetivas sistémicas que discriminan, y el compromiso de los más exitosos con el destino de la sociedad en su conjunto.

Algo de eso está ocurriendo, aunque, en medio de la pandemia, los resultados son aún muy pobres.

 
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