Los logros y la audacia

Vida urbana | Por Migue Magnasco

Hace dos semanas hubo un recetéo de la política nacional. El Presidente tomó nota de señalamientos (de propios y ajenos) que marcaban cierto ensimismamiento e interlocución exclusiva con su núcleo más duro de votantes, y dio un viraje táctico. El hecho que marcó ese reinicio fue la firma de la solicitada conjunta entre Nación, los gobernadores de todas las provincias y el jefe de Gobierno porteño, para este tramo de la pelea contra el Covid-19. Una re-institucionalización de la política, poniendo en el centro a los poderes ejecutivos con un criterio incuestionable: son quienes tienen la imposible tarea que gestionar esta crisis inédita.

Ese movimiento dejó algo desacomodadas a las expresiones más radicalizadas, entre las que se incluyen la del ex presidente Macri, que la semana pasada volvió a subirse al ring público. Quienes están teniendo que administrar los escollos que genera el coronavirus, sin importar su color partidario, confiesan, más o menos explícitamente, que no es soplar y hacer botellas: la dificultad es descomunal. Eso dejó fuera de juego al plateísmo político que formula recetas mágicas desde el living de su casa. El pasado tampoco los ayuda, en particular a Macri, atrapado en sus propios antecedentes de Gobierno, sintetizados con precisión en la laberíntica narrativa del "no logramos lograr ese logro”. Magistral. 

La subestimación del virus que hace cierta parte de la dirigencia política opera sobre un error de comprensión del contexto: pensar que a la población no le preocupa. Proyectan su propia desidia equivocándose en un detalle fundamental: el hecho de que la sociedad haya ido formulando sus propias lógicas y estrategias de convivencia con la circulación de la enfermedad, no implica que ceda la angustia que genera. Una cosa es ser crítico, otra es desentenderse de ese sentimiento predominante. El cinismo no acumula fuera de la pecera de la minoría intensa.

El Gobierno se fortaleció con ese anudamiento institucional y marginación de los extremos, y luego tomó mayor impulso con la potente demostración de fuerzas y unidad que significó el festejo del día de la lealtad peronista. El gobernador Schiaretti, de buen olfato para identificar las reconfiguraciones del escenario político, decidió –sin ser parte de la coalición de Gobierno- estar también presente en el acto. El álbum de figuritas completo. El peronismo muestra robustez política e interactúa correctamente con mandatarios provinciales y municipales de otras fuerzas. Los de afuera son de palo y siguen enredándose en lograr logros no logrados.    

Pero las relaciones de fuerza son dinámicas, nada es para siempre. En Argentina, lo que principalmente reviste o vacía de legitimidad política es la marcha de la economía. Y es allí donde el oficialismo tiene algunas vacilaciones poco felices.

En ciencia política se le llama “Path Dependence” a las trayectorias previas de los Estados que determinan los campos de acción posible, sobre los cuales la coalición que ingresa al gobierno puede moverse. El Estado nunca es una caja vacía a la que uno llega y hace lo que quiere, tiene siempre esas trayectorias previas, esa memoria material, que limita, que condiciona, que acota los márgenes de actuación. En esos términos, el mega endeudamiento externo dejado por la administración de Cambiemos es el nudo conflictivo central que enfrenta la conducción estatal actual. Esto es insoslayable. Pero la audacia en política es un activo que define si un Gobierno está para hacer historia o solo para transcurrir.   

En contexto de la reducción del déficit fiscal que exige el FMI por la renegociación de la deuda, el Gobierno cortó el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Volverá, prometen, pero en una versión acotada para jóvenes de 18 a 24 años. El problema severo de precariedad laboral supera por mucho a esa población, y no será resuelto de la noche a la mañana por un mercado formal que, ni aún en épocas de mayor expansión económica, logró ser integrador de la Argentina de los bordes. Millones de laburantes quedarán sin ese ingreso que funcionaba como apoyo a una serie de trabajos existentes pero negados históricamente. Era una bocanada de estabilidad para equilibristas de la realidad social. El peronismo no retira políticas sociales cuando arrecian vientos de crisis; me extraña.

Misma apreciación podría hacerse sobre los aumentos habilitados en los combustibles (tres, entre agosto y octubre) y el gas envasado. Iniciativas que vuelven en incremento de la inflación (por el impacto del valor de los combustibles en la economía en general) y mayor esfuerzo de los bolsillos vapuleados de los trabajadores.

El Gobierno revela, a través de esas prácticas, cierta subestimación del deterioro social que tiene el país por estas horas. La negociación con el FMI no es nada sencilla, desde ya, pero en esa cruzada juega primordialmente la decisión política para establecer pisos en los que no se debe claudicar. Elogio de la economía política: primero se decide a quienes defender, y luego, con esa certeza programática, se intenta acordar. No al revés. Selectividad estratégica, diría Bob Jessop.

De nada sirve un acuerdo a cuentas del padecimiento de quienes están peor. Poco puede hacer la unidad de actores del sistema político en materia de legitimación del gobierno si se descuida el principal contrato electoral que firmó el Frente de Todos con la sociedad: reconstruir las condiciones materiales de las mayorías. Una nota debe resplandecer en el transparente del escritorio del Presidente: el FMI nunca ganó una elección en Argentina.

 
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