De Ferrari, vergüenza para Córdoba

Política cordobesa | Por Pedro D. Allende

El Ford Falcon: un concepto novedoso, desarrollado en los EEUU en 1957, y exitoso en todo el mundo (en países como Australia llegó hasta nuestros días), que caló profundamente en aquella Argentina que todavía animaba un proyecto industrialista. Tras una adaptación, en 1963 se producía en el país el primer Falcon. Acompañó por más de tres décadas el devenir nacional, con casi medio millón de unidades producidas. Sus rediseños lo actualizaron y la confianza popular en el producto mantuvo su nivel. En un país donde la movilidad social era posible a partir del esfuerzo, “comprar el Falcon” señalaba un escalón de prosperidad. Sus publicidades hoy producen nostalgia; también recuperar episodios de “La familia Falcon”, tira televisiva auspiciada por la Ford. Los Falcon llegaron al Turismo Carretera con hinchada seguidora; y ha despertado permanente interés el Club del Falcon, nodo de apasionados coleccionistas.

Pero no todo es feliz recuerdo. Desde 1977, por expedientes secretos, la Dictadura cívico-militar argentina comenzó a comprar estos vehículos. Como se ha acreditado, los requerimientos indicaban que los coches no debían ser identificables. A través del ministerio del Interior se adquirirían por tandas cientos de autos, destinados a reforzar logísticamente los operativos de terror en distintas provincias (también para el uso de funcionarios). Los primeros Falcon costaron al Estado cerca de 8.000 dólares (se pagaría, posteriormente, hasta 20.000 dólares por unidad). Es cosa juzgada que muchas víctimas o testigos señalaron el uso de estos vehículos en operativos de secuestro o asesinato. En tanto el dictador Videla negaba el empobrecimiento del país, aduciendo que la insatisfacción popular se enancaba en sus exageradas pretensiones, sosteniendo, paradójicamente: “no todos podemos tener un Ford Falcon en casa”.

El trauma Falcon

Instalado en el sentir nacional como emblema de una Argentina que fue, aunque también presente en la peor de nuestras pesadillas por decisión de la Dictadura, fueron denunciados periodísticamente. Tempranamente la revista “Humor Registrado” daba cuenta, aún en años de plomo, del uso de estos autos sin identificación en innumerables operativos, que a su tiempo esclareció el activismo de organizaciones nacionales e internacionales, la actuación de la CONADEP, y el trabajo del Poder Judicial. El imaginario quiso asociarlos a un color: el verde musgo o militar. Aunque, en rigor de verdad, los hemos visto en acción en colores varios.

Es un hecho público y notorio que el “Falcon verde sin patente” existió en la Argentina, y fue usado con finalidades oprobiosas. Alguna vez Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, señaló cómo la misma máquina que generaba tanta fidelidad y entusiasmo en el público pudo ser utilizada como “un instrumento más del horror”. Además de los expedientes, innumerables documentales lo filman en acción; vastas producciones artísticas, literarias, cinematográficas nacionales o extranjeras lo utilizan como recurso: cuando el vehículo aparece, queda claro que llega la muerte.

En semejante cuadro, resulta incomprensible que la legisladora provincial Patricia De Ferrari Rueda, radical en la bancada de Juntos por el Cambio, haya publicado en sus redes: “Falta mucho para que aparezcan los falcon verdes para ‘impartir’ la justicia a la medida ideológica de Grabois y compañía?” (sic). Diecinueve palabras tremendas para una representante del pueblo de Córdoba, que además ejerció funciones como vicepresidenta en la Unión Cívica Radical y que, a sus 62 años, ha transitado importante actividad en el ejercicio de esa representación: Convencional en la sanción de la Carta Orgánica Municipal, diputada nacional, directora del Instituto de Capacitación Parlamentaria. ¿Una funcionaria que ha estado a cargo de la formación de cuadros en el Congreso de la Nación, puede soslayar el peso de una reflexión tan categórica como la efectuada?

De Ferrari publicó posteriormente que borró su tweet “al ver que era mal interpretado”. ¿Qué debía hacerse con él, acaso? ¿tomarlo a broma? ¿Alguien puede advertir ironía en su pedido de Falcon verdes para ajusticiar a un dirigente político nacional? La inteligencia de la frase no es tan complicada y, por su grave denotación, no debe ser pasada por alto.

El fin de semana fue de intensos cabildeos en la helada (por poco habitada) Legislatura cordobesa. Frente al caso, el heterogéneo perfil de los 51 miembros del bloque oficialista anticipa miradas diferentes a la hora de plantear la sesión del próximo miércoles, en la que se descuenta que se abrirá la “cuestión de privilegio” (expresión claramente demodé que viene a exhibir la necesidad de cambios en la dinámica legislativa) y se irá al fondo del asunto.

Será la muñeca de sus principales referentes, Francisco Fortuna y Oscar González, la que conduzca al bloque oficialista a su rumbo definitivo. No ayuda a la clemencia la propia legisladora De Ferrari, de producción irrelevante, con habituales malos modos hacia las autoridades de la cámara y principales funcionarios legislativos, según los comentarios más extendidos en el recinto.

Hay expectativa por la actitud del bloque de JxC, que debiera realizar un profundo “mea culpa” y ofrecerlo a sus pares con humildad. En el resto de los bloques, la UCR, sumida en un tifón de internas, encuentra en esta cuestión otro motivo para profundizar irresueltos conflictos. En tanto Encuentro Vecinal y los bloques de izquierda, aprovecharán para llevar agua para su molino. Les otorga esa chance Graciela De Ferrari Rueda, a quien muchos ciudadanos acaban de conocer, pero lleva años de participación en esas listas de tipografía pequeña que leemos poco. Y que acaba de escribir, con letras de molde, una frase que cubre de vergüenza a la provincia.

 
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