La derrota verde

Aborto | Por Mario Pino

La aprobación de Ley del Aborto encierra la certeza de la derrota verde, solo es cuestión de tiempo. Lejos de ser la aurora que señala una ministra del Gobierno, es un dato más de la noche del iluminismo devenido neoliberalismo. Viví en Houston, Texas, en los 90, apenas dos décadas después del famoso fallo en Roe vs. Wade (1973) que legalizó el aborto en los EEUU y cuando Norma McCorvey -nombre real de jane Roe- dejó su militancia “verde” (Pro Choice). McCorvey denunció que fue usada, y, en 1995, pasó a ser una incansable luchadora “celeste” (Pro Life) dedicada a la atención de mujeres que enfrentaban el drama del aborto. En su lucha llegó a pedir la revisión de su caso. En esos años, los 90 del siglo pasado, el negocio y la cultura del aborto en los EEUU estaba en auge, y Roe vs. Wade se enseñaba obligatoria y devotamente en los colegios secundarios.

Conocí por entonces a una destacada activista que había declarado públicamente que la batalla por el derecho al aborto, de la que ella era vanguardista, estaba condenada al fracaso. Esas afirmaciones me parecían contradictorias. Sus argumentos se basaban en que advertía el progresivo fortalecimiento de los argumentos pro vida, que iban calando en la sociedad norteamericana, incrementando la opinión en contra del “derecho obtenido” en el famoso fallo judicial. En efecto, hoy muchos estados han ido incrementando sus restricciones a las prácticas abortivas, y hasta eliminado su asistencia económica, provocando tensión financiera a las organizaciones que lucran con el negocio, como la tan mentada Planned Parenthood Federation. Hoy se recorre el camino inverso al iniciado con Roe vs. Wade.

Roberto Arlt, descriptor profundo de la burguesía argentina y sus hipocresías, en “El amor brujo” (1932) describe con detalle la vida de las familias que llevaban a un sistema generalizado de abortos periódicos y para nada infrecuentes, a las mujeres porteñas de las clases media y alta en aquellos años. No se discutía, en esa moral hipócrita, conceptos de cuándo comienza la vida, y ni siquiera cómo afectaba a la mujer gestante un hecho así, impuesto por una sociedad de exacerbado machismo. La común neurastenia y frustración de las mujeres era simplemente atribuida a su condición de tales y la carencia fálica, como sostendría Freud.  

No se ponía en tela de juicio la moralidad de quienes oficiaban la práctica. En todas las ciudades y pueblos el cirujano y la partera idónea desarrollaban su actividad con conocimiento público; no había denuncias, salvo que sirvieran de pretexto a algún otro entuerto o litigio personal, normalmente con el comisario, o ante el infortunio de la muerte. La mentira estadística era innecesaria. 

Tampoco se debatía el tema a la luz de los condicionamientos políticos y financieros internacionales exponiendo públicamente la opción por la dependencia externa de un gobierno, y la funcionalidad de los colectivos progresistas a los objetivos de los intereses globales. No estaba en agenda la inconstitucionalidad de normas legales sobre protección del niño por nacer y la obligación del Estado de brindar protección efectiva a las mujeres gestantes. No era del caso discutir si la crisis de representación del sistema parlamentario se profundizaría al haberse aprobado una ley contra la evidente voluntad mayoritaria.

Las urgencias de la codicia capitalista llevaron a la construcción y adopción de las políticas pro aborto; rol especial en su implementación inicial le cupo a Robert McNamara, para quién las masacres del napalm en Viet Nam no fueron suficientes. Las usinas del Grupo Bilderberg y de la Sociedad Mont Pelerin -entre otros- son muy precisas sobre la necesidad de reducción de la población desde la perspectiva económica neoliberal y la necesidad del descarte de los más débiles: los no nacidos, los viejos y los pobres.

El argumento del romanticismo del goce (confusión lacaniana entre el mundo del goce, ámbito del espíritu, con el del placer que se limita a los sentidos) y un derecho superficial a la libertad de fornicación, sirvió como pantalla y eslogan de reclutamiento popular para la conformación de un colectivo, reduciendo el tema del aborto a un tema de libertad sexual, dando aire a una cultura hedonista cirenaica radical.

Adicionalmente, que, por la vocalía de un ministro, un gobierno proclame que la entidad de persona es definida por “la sociedad”, retrotrae la argumentación a la peor pesadilla de la humanidad vivida en el siglo XX, cuando bajo ese mismo concepto millones de seres humanos fueron descartados.

La aprobación de la Ley del Aborto abre a la discusión un abanico de temas profundos que afectan a nuestro tiempo. Mientras que quienes perseguían la ley, los verdes, ya obtuvieron su objetivo, a los celestes les queda una lucha por delante, con metas como la desprotección de la mujer, de la ancianidad y del rescate del niño por nacer. En definitiva, un orden moral para la Nación.

Diplomático, ex cónsul argentino en Houston, EE.UU.

 
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