El voto femenino, entre Eva y Clotilde

Por José María Las Heras

Ambas nacieron con diferencias de meses: Eva Duarte un 7 de mayo de 1919; Clotilde Sabattini un 29 de octubre de 1918. Si hubieran vivido en un mismo lugar, tal vez habrían compartido la escuela. Además de la edad, otra coincidencia común: la política. Aunque el destino las llevó por senderos bifurcados: Clotilde a un radicalismo imbuido de los deseos progresistas de la clase media; Evita a un justicialismo que se erigía como fuerza atractora de la surgente clase trabajadora.

Aunque fueron enemigas sin conocerse, adversarias sin debatir, ambas luchaban por un rol protagónico de la mujer. Jorge Barón Biza (hijo de Clotilde y del alocado Raúl Barón Biza), en su exquisito libro “El desierto y la semilla”, las compara: “Clotilde, en el fondo de su alma ingenua y tecnócrata, se había visto -durante sus tiempos de funcionaria del Presidente Frondizi- como la continuadora de la famosa política (es decir, Evita) casada con el General. Todo lo opuesto a Clotilde en métodos y estilos. Clotilde se apasionaba con demostrar que, gracias a una educación racional, las mujeres de su país estaban a la altura de todos los desafíos del mundo moderno. Aunque a veces había terminado presa, bajo la influencia de su enemiga, Clotilde sentía cierta admiración por ella, pero nunca hubiera tenido la audacia de competir con el estilo enérgico de la esposa del General. Creía que bastaba con estudiar y ser eficiente”.

¿Por qué no coincidieron ambas en el debate de la ley de voto femenino? Clotilde, hija de quien fuera gobernador de Córdoba, Amadeo Sabattini, hereda sus genes políticos luchando contra la cultura patriarcal del radicalismo. Educadora e historiadora, casada con Raúl Barón Biza, viudo de Myriam Stefford, preside en 1949 el Primer Congreso Nacional de Mujeres Radicales. Desafía a Eva Perón, quien ya contaba entre sus blasones lograr el voto femenino (al cual el radicalismo se había opuesto).

El historiador Pablo Vázquez afirma que darlo “implicaba beneficiar al peronismo, sabido que las mujeres lo iban a apoyar masivamente”, como en verdad ocurrió: el nuevo movimiento popular arrasó en las mesas de mujeres desde la aprobación del voto femenino, en 1947.

Ana María Valobra pregunta, de Clotilde (“faro del pensamiento feminista”), por qué “en el radicalismo no se dio la implicación femenina que caracterizó a otros partidos”. Afirma Valobra que la UCR “mostraba ampulosos gestos en las Cámaras Legislativas para que se arbitraran los cambios legales que incluyeran a la mujer en la ciudadanía, pero de puertas adentro las consideraban «inmaduras» para roles políticos”.

En “La Semana Radical”, Clotilde sorprende por su posicionamiento feminista. Pero su anti peronismo navegaba por otras aguas, en comparación con la postura ideológica de la Unión Democrática, integrada por la UCR, imputando a Perón su “filiación nazi fascista”. Por lo contrario, Clotilde –conocedora que la mujer era una subalterna sola para parir hijos arios para el Führer– sostenía que solo tendencias extremas, como el comunismo y el peronismo, atendían la problemática femenina.

Olvidaba Clotilde la lucha de las sufragistas inglesas y norteamericanas; olvidaba que el “bloquismo” (desprendimiento del radicalismo) había impuesto el voto femenino, en San Juan, en 1927. Para Clotilde –y para el radicalismo- aún no estaba madura la mujer, se necesitaba educarla para formar su conciencia política. Como señala Valobra, poseía una “visión henchida de un sutil, pero no oculto, elitismo intelectual. Reconocía a las feministas como iluminadas de la hora: enseñaban, legislaban y apoyaban la superación de las menos adelantadas”. Y que “Eva no deja de funcionar como un alter ego implícito en sus escritos. En tanto que la primera dama no había tenido acceso a la educación elevada que Clotilde proclamaba para ocupar puestos de dirección política”.

La literatura nos debe un dialogo imaginario entre Evita y Clotilde. Ésta hinchada de intelectualismo, conocedora de la historia, heredera de un apellido político ilustre, y de familia constituida según los cánones burgueses de la época; Evita con un primario pueblerino, de saberes históricos emotivos producto de interpretar figuras femeninas relevantes del pasado siendo actriz de radioteatro, hija natural sin derechos, y factótum del surgente justicialismo.

Todo un entorno diferente que marcaría los tiempos de una y otra. Pero hay otro que impregnaría paradojalmente sus elecciones: Clotilde, casada con Barón Biza, para quien la mujer era una subalterna en su mundo patriarcal. El intento de Clotilde de liberarse de su yugo le costó el agravio de su cuerpo escaldado de ácido. Evita, casada con Perón, un coronel alejado de los prejuicios machistas del mundo militar, comprendía el relevante protagonismo de la mujer al lado del hombre. Ni debajo ni adelante, iguales en derechos, disimiles solo en algunos roles.

Jorge Raúl Biza no se equivoca: ambas, en el fondo, pensaban similar. Aunque sus tiempos políticos fueron distintos. “Luego” para Clotilde, en la medida que la mujer fuera deshojando sus cargas atávicas; “ya” para Evita, aceptando a una mujer encarnada en su tiempo con sus virtudes y limitaciones.

 

Profesor consulto de la UNC

 
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