El círculo vicioso de Gaza

Por José Ortega y Santiago Espósito

Desde que la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1947) decidió la partición de Palestina -hasta entonces sometida al mandato de la administración británica- en dos territorios, uno árabe y otro judío, subyace un constante enfrentamiento entre ambas naciones.

La Franja de Gaza, uno de los enclaves territoriales palestinos reconocidos internacionalmente (junto a Cisjordania, la zona este de Jerusalén y los Altos del Golán), vuelve a estar en el centro de la escena después de que el conflicto entre israelíes y palestinos escaló dramáticamente, con cientos de muertos civiles.

Limita al oeste con el mar Mediterráneo, con Egipto al sur y con Israel al norte y al este, tomando su nombre de la ciudad principal del recortado espacio, cuya superficie no alcanza los 400 km2. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) define a Gaza como un lugar “inhabitable”. Sin embargo, en un espacio que apenas representa la mitad del radio urbano de Córdoba, residen dos millones de personas -es una de las zonas más densamente pobladas del mundo-. Esto se debe en parte a la alta natalidad, de las mayores del planeta; casi la mitad de la población tiene menos de 14 años.

La situación económica no solo es desfavorable en los campos de refugiados, sino que la pobreza se expande por toda la Franja, alcanzando el 64% de los hogares.

Crisis social y política

La población de Gaza se encuentra atrapada en una pulseada entre el partido oficialista -de corte nacionalista- Al Fatah, liderado por el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, y Hamas (organización fundamentalista, considerada como terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea), que tomó de hecho el control del territorio en junio de 2007, tras no aceptar Al Fatah su victoria electoral de 2006.

Tras dos semanas, el conflicto se convirtió rápidamente en una de las peores olas de violencia entre las dos partes en los últimos años. El posible desalojo de familias palestinas cerca de la Ciudad Vieja de Jerusalén provocó una escalada en uno de los lugares más sagrados de la ciudad, conocido por los musulmanes como el Noble Santuario, y por los judíos como el Monte del Templo. La policía israelí entró en la mezquita de Al Aqsa y se enfrentó a los palestinos. A ello, hubo que agregarle que, durante la celebración del Ramadán, las autoridades israelíes tomaron la decisión de ubicar puestos de control temporales a la entrada de la Puerta de Damasco en la Ciudad Vieja de Jerusalén, lo que generó una serie de protestas.

Hamas aprovechó la oportunidad para posicionarse como protectora de los palestinos y así avanzar en su disputa interna contra Al Fatah. Para ello lanzó ataques contra Israel, demostrando autonomía bélica. Hamas sabe que cualquier conflicto potencia su discurso nacional religioso a expensas de un acuerdo con los israelíes.

Se trata de una pulseada interna dentro del movimiento palestino, tras la decisión de la ANP de aplazar nuevamente (hace 15 años que lo hace) las elecciones en ambos territorios, Cisjordania -Abbas y su partido aún la controlan- y Gaza. Hamas se posiciona reivindicando las aspiraciones palestinas frente a una ANP vacilante y hasta claudicante. El desgastado presidente palestino Abbas posterga las elecciones porque, en principio, las pierde. Hamas ataca Israel, porque, en principio, las gana y, por ende, pretende que se lleven a cabo.

Errores múltiples

Israel no tiene una estrategia clara. El eterno retorno a estos enfrentamientos asimétricos, así como la ocupación de tierras palestinas y el crecimiento de asentamientos, debilitan y deslegitiman a su gobierno. No se trata de una cuestión estrictamente militar, sino de política regional, de legitimidad y de derecho internacional, donde Israel no encuentra un lugar ni un discurso convincente. ¿No hubo ceguera en cuestionar permanentemente la idea de un territorio palestino? Finalmente, Hamas se está convirtiendo en el referente de la lucha por la liberación de Palestina, lejos de la utopía de pensar en un posible desarme y desmilitarización.

Hay un esfuerzo de la comunidad internacional por contribuir a la transitoria calma, que esta vez sobrepasó a los actores regionales habituales, en particular a Egipto. El esfuerzo debe ir más allá. El mundo dejó pasar una oportunidad de ayudar a la concordia décadas atrás, cuando debió apostar a la consolidación de ambas naciones mientras se afirmaban los Estados. Como bien lo señaló la premier israelí Golda Meir, “no podrá haber tranquilidad de un lado de la frontera, y bombardeos del otro lado. Si no tendremos paz en ambos lados, también habrá problemas en ambos”. Israel y Palestina expresan los mismos argumentos y acciones que en enfrentamientos anteriores; sin cambios de percepción, seguramente serán los mismos que se repetirán en el futuro.

 
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