Demasiado lejos de dios

Por Roy Rodríguez

“Pobre México, tan lejos de dios, tan cerca de los Estados Unidos”. Porfirio Díaz, gobernó el país de los aztecas por casi 35 años. Su frase vuelve de vez en cuando en las noticias, como un viejo estigma, capaz de perpetuar sufrimientos. Tanto que hasta se la encuentra en las primeras páginas de “Gringo Viejo”, la novela de Carlos Fuentes, donde se cuenta la historia del periodista y escritor Ambrose Bierce, que, como un Cristo septuagenario, se interna en el desierto, acaso para redimirse de antiguos titulares, quizás para encontrar la muerte. O, simplemente, desaparecer.

Escribe Fuentes: “Un anciano alerta, el deleite de los periodistas, un viejo tirano con genio para las frases publicables: “Pobre México, tan lejos de dios, tan cerca de los Estados Unidos”. Noticias pequeñas, irritantes, como moscas gordas y verdes en una tarde de verano entrando a la sala de redacción del San Francisco Chronicle.” En el San Francisco Chronicle trabajó Ambrose Bierce hasta que se internó en México para unirse a las tropas de Pancho Villa. Era un “Gringo Viejo”, entonces. Dejaba un legado de cuentos que fascinarían incluso a Jorge Luis Borges.

Amanecía el siglo XX. Fuentes, el narrador, recuerda: “Había noticias águila que entraban rompiendo las ventanas de la redacción. Hiram Johnson era el nuevo gobernador de California, Upton Sinclair publicó La Selva”. Hay algo extraño en la afirmación. Upton Sinclair publicó “La Jungla” y no “La Selva”. Fue en 1905, cuando Bierce aún vivía en San Francisco.

La muerte es una presencia constante en “La Jungla”. Cuenta la historia de una pareja de inmigrantes lituanos obligados a malvivir en Chicago, la ciudad a dónde diariamente llegaban a morir miles de cerdos y vacunos. Mataderos. Mataderos, 20 años después del juicio infame contra otros obreros por protestar por jornadas laborales interminables. Nadie logró detener la maquinaria.

Ni el 1 de mayo. Los cerdos avanzan colgados del cable. Hombres y bestias, condenados.

“Los mataderos en 1905 estaban controlados por cuatro grandes empresas “The big four”: la Armour, la Swift, la Morris, y la National Packing, el nombre más oscuro era el de Phillip Armour, que controlaba por sí solo más del 40% de toda la carne que se comía en Estados Unidos”, escribe José Ramón Calvo, traductor de una edición de “La Jungla” que en 2015 publicó la ONG Brigada para Leer en Libertad. “Todas las noches había tiroteos y duelos a cuchillo, violaciones y asesinatos, y se llegó a decir que los patrones gozaban de licencias especiales que les permitían sacar cadáveres de la ciudad sin importunar a las autoridades”.

Gruñidos aterradores, multiplicados por 500.000 ejemplares. 36 entregas en el diario: Appeal to Reason (Llamado a la razón). Para escribir, Upton Sinclair pasó dos meses entre sangre y chillidos. Por entonces, Ambrose Bierce, el gringo viejo, lo criticaba: “su naturaleza es la del caprichoso (y de todos los caprichosos, el ultra socialista es el más indomable). Sin embargo, cuando olvida transitoriamente su evangelio de lo imposible, puede ver bastante bien”.

Mientras Sinclair denuncia que muchos norteamericanos comen carne podrida, Bierce escribe bajo el influjo de las moscas verdes en un diario de William Randolph Hearst, el magnate que iba a inspirar al impiadoso y solitario “Ciudadano Kane” de Orson Welles.

Sostenía a Porfirio Díaz y mandaba a escribir contra Pancho Villa y Emiliano Zapata, Hearst. Ellos luchaban por repartir tierras. Él era también uno de los mayores terratenientes en el país de Porfirio. “Pobre México, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

Un día, Bierce, cansado de las moscas verdes, se pelea con el viejo magnate. Lo que sigue es el viaje final: a caballo recorre antiguos campos de batalla. Después se interna en México.

Al otro lado de la frontera los vagones permanecen inmóviles. Niños fuman sobre sus techos. ¿Acaso los hombres de Pancho Villa hubiesen podido con los vagones frigoríficos de la Swift? Bierce, solitario, misántropo, es ahora uno de los revolucionarios. Ya no escribe en su contra. Lleva un Colt 44.

“¿Es posible creer que, en alguna parte de la tierra, o más allá, no haya un paraíso para los puercos, donde vean recompensados todos sus sufrimientos? Confiados y tranquilos seguían su camino, e iban cumpliendo su misión, en tanto que una sombra negra los amenazaba y un destino horrible los aguardaba al paso”, sostiene Sinclair.

“Querida Lola: Me marcho. Si oyes que me colocaron contra un muro de piedra mexicano y me fusilaron hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que es una manera muy buena de dejar esta vida. Mejor que la ancianidad, que la enfermedad, o que caer por las escaleras. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!", escribió Bierce.

Pobre México. “La Bestia” llaman al tren: cuelgan de él piernas y brazos. Carne joven. Por miles. Desandan el camino de Bierce. (“Desgracia es el tipo de fortuna que nunca se pierde”, escribió el Gringo Viejo). Cuelgan de La Bestia. (“El diccionario del diablo”, es el libro.)

Sueñan. Colgados. Como cerdos. No serán noticia. Nacieron demasiado lejos de dios.

 
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