San Cayetano hace horas extra

Por Migue Magnasco

San Cayetano hace horas extra. Llega a casa fundido. Come y se quiere acostar. Maldice aquella promesa que le hicieron en los 80: “la recuperación de la tasa de ganancia del capital generará más puestos de trabajo”. Se imaginó descansando un poco, yendo menos tiempo a la oficina. Qué bueno sería. San Cayetano aún no comprendía bien el tema de la reinversión de excedentes en el circuito financiero. No se lo recrimina, su trabajo no es entender los vericuetos de maximización de beneficios privados, él se encarga de velar por los laburantes. A ellos sí los entiende bien. Pero hoy, esta noche, luego de otra jornada de horas extra, puede afirmar sin miedo a equivocarse que la noción y la materialidad del trabajo están en un pésimo momento. Los expedientes con pedidos se amontonan en su oficina. Le llegan por mail, por Facebook, por Twitter, por carta, en pequeños papelitos redactados con apuro, a través de oraciones, de pensamientos indecibles. Que aparezca una luz, unos mangos más, San Cayetano, por favor. Le agradecen de antemano. Él siente un compromiso, padece no llegar a dar respuesta. Es que lo ayudan poco a San Cayetano.

Le rondan por la cabeza las burlas de San Antonio, que apenas recibe unos pocos expedientes diarios. Se cruza de oficina muy campante, tomando café, algunas veces atragantándose con una medialuna de manteca. “¿Te ayudo?”, y larga la carcajada el ñoqui ese. Desde que se canceló el amor, queda feo pedir un novio o una novia. Externalidades del empoderamiento. Se extraña sin confesiones. Se martilla el deseo. Se paga mucha terapia. San Antonio está muy al pedo.

Pero San Cayetano no tiene esa suerte. Tuvo que pedir un depósito extra para guardar las cajas con el papeleo. Pensó varias veces en digitalizar los archivos, pero tendría que contratar varios redactores que pasen los mensajes mentales y los escritos en papelitos, y está corto de presupuesto. Lo hace a la vieja usanza, sin algoritmos ni inteligencia artificial. Lee todo lo que entra. Una luz, unos mangos más, San Cayetano, por favor. Gracias.

Mientras almuerza, en la oficina, lee en internet que unos chicos facheros, vestidos de blanco, en la portada de una revista top, hablan del ocio, de que el trabajo no es tan importante. “¿En qué planeta viven estos?”, piensa, mientras se manda un bocado de suprema de pollo con puré arriba. “En el de la billetera de los papis”, se responde, y se auto festeja la ocurrencia. Tiene ganas de mandarles esas entrevistas que leyó en unos trabajos de investigación que le hicieron llegar hace algunos años y que lo marcaron para siempre: ahí, cientos de personas de barrios populares explican que lo más importante para ellos es, efectivamente, el trabajo. Aparecen las expresiones: dignidad, sustento, autoestima, organización diaria, utilidad social y familiar, razón de vivir, medio para regalarle cosas a los afectos. Y dicen algo más: con o sin empleo, siempre están trabajando. Solo que algunas veces eso es reconocido con plata y muchas otras veces no.

San Cayetano no está en contra del ocio, él desearía un poco más para él, de hecho. Solo lo exasperan las pavadas: “el trabajo es el centro simbólico más importante para cualquier sociedad. Lo que hay que ver es en qué condiciones y si permite algún goce masivo”. Habla solo, en voz alta, mientras limpia las migas de pan del escritorio: “en una sociedad no capitalista también habría que trabajar. Con otra noción sobre la creación de valor, seguramente, pero trabajar, habría que trabajar igual”. San Cayetano no es capitalista, pero, ya saben, le exasperan las pavadas. “Las sociedades pre capitalistas también instituían formas de trabajo”, arranca de nuevo con la perorata y se da cuenta que San Antonio lo observa desde hace algunos minutos apoyado contra el marco de la puerta. “Qué pesado te ponés con ese tema, Cayetano, SOLTÁ”. Está aggiornado San Antonio. Lee muchas frases en páginas de Instagram.

“Rajá de acá, Antonio”. Las formalidades desaparecen en la intimidad. “No te calentés. A ver, contame cómo es eso”. Se sienta San Antonio y pone los pies con sus sandalias arriba del escritorio. San Cayetano rebolea los ojos para arriba. Intenta explicarle que hubo un desacople en las expectativas de movilidad ascendente a partir de aquellos años 80. Que la revolución neoliberal rompió el núcleo de esperanzas de prosperidad del trabajo y, por tanto, viene rompiendo las sociedades. Y que, a su vez, tampoco los avances tecnológicos demarcaron el fin del trabajo. “Entonces, lo único que ocurrió fue una constante pauperización de las condiciones laborales”, razona San Cayetano. “Más informalidad, más horas, menos ingresos, menos cobertura de salud, menos poder adquisitivo. Se trabaja para subsistir, no para vivir. Ahí está el problema principal, que redunda en frustraciones colectivas e individuales. Eso hay que transformar”.

“Tiene razón el chico éste, Antonio; el que canta ese tema del tipo que sale del trabajo”, dice tratando de recordar la canción. “¡El Pity!”, exclama San Antonio y canta su verso preferido mientras simula el rasguido de la guitarra con un plumero. “Se hace difícil siendo obrero hacerse cargo del pan / de tu esposa(so), tus hijos, del alquiler y algo más / poco disfruta sus días pensando en cómo hará / si en ese empleo no pagan y cada vez le piden más”.

San Cayetano hace horas extra. Come y se quiere acostar.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar