Intimidad y erotismo en la lectura

En agosto celebramos el Día del lector y la lectora en Argentina con motivo del nacimiento de Borges. Una práctica sensual, sinestésica y con efectos especiales

Por Pancho Marchiaro

No lea esta nota. No se esfuerce. Váyase a Instagram. Quédese en el reglón de abajo salvo que se excite cuando escribimos sobre leer. Hablamos de una autopista sin límite de velocidad rumbo a la satisfacción, con el pavimento mental demarcado con palabras, y cuyo destino es la felicidad. Iremos más rápido, seguros y llegaremos más lejos mientras más espacio tenga el tanque de ilusiones. Las metáforas se irán pegando, como bichitos, en nuestro parabrisas sensorial.

“Si un libro les aburre, déjenlo… les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores. Que leyeran buscando una felicidad personal. Un goce personal. Es el único modo de leer” dice Borges en una entrevista. Ya es un hombre grande y sabio. Celebrado por sus escritos, él se enorgullece más de lo leído. Nació un 24 de Agosto -razón del día en cuestión- y desde muy pequeño fue un prematuro amigo de las letras de molde. A los 4 años ya interpretaba los ejemplares de la biblioteca paterna y décadas más tarde, contaría que de alguna manera jamás había salido de allí.

Debido a su profesión de bibliotecario municipal conoció en profundidad el arte de la palabra y su placer. Leer ese lector es lujurioso y, aunque llevemos adelante esta práctica en solitario, danzaremos acompañados con la fidelidad fervorosa y misteriosa de los amantes. Nos imaginamos practicando el erotismo de la lectura al recorrer la entrepierna de un libro, el canto de una persona, y susurrar las palabras de su interior con un ritmo penetrante.

Borges, su día y nuestro día, son el clímax de una práctica deseada pero poco consumada: la lectura en un mundo audiovisual y vertiginoso que gratifica con experiencias de baja demanda intelectual. Disfrutamos menos, nos distraemos más en pérdidas de tiempo poco sustantivas. Apostamos por satisfacciones fugaces e insípidas agitaciones que nada tienen que ver con la fogosidad bradburiana de la lectura, esas ganas de viajar dentro de un texto en llamas.

Volviendo a nuestro autor de cabecera, su opacidad visual y política nos deja cristalinas ficciones como metáforas de que podemos ver claramente, aunque ya no miremos. De esas visiones subrayamos -como los viejos hacían con una bic- dos sensaciones cargadas de deseo: la sinestesia y el efecto de teoría.

Entre la construcción de sensaciones y la sensación de construcciones

La sinestesia es una condición biológica que consiste en experimentar sensaciones resultado de estímulos sensoriales diferentes. La medicina considera variaciones perceptivas a que veamos rojo el número cinco, o que ciertos sabores sean audibles. Aparentemente es una condición neurológica excepcional. Escuchar colores o ver la música, lejos de ser un rasgo dominante del cromosoma X como propone la ciencia, es el objetivo y razón de la lectura.

Cualquiera sabe que el marrón es dulce como la baklava, que el viento de agosto es camorrero como Carlos Busqued, que tus besos brillan en la oscuridad y que el mar es bohemio. Quienes elegimos la sinestesia olemos el “Estambul” de Orham Pamuk, nos sacamos la tierra de los ojos cuando abrimos “En el camino” de Kerouac y saboreamos la adrenalina que nos regala Emma Cline en “Las chicas”, sin esfuerzo y con orgullo.

El efecto teoría, por su parte, alarma a teóricos y alegra a feligreses en la medida que denuncia a ciertos autores cuya trayectoria convalida sus hipótesis más allá del método científico. Según han estudiado los lingüistas, el prestigio de un escritor vuelve realidad lo leído de forma concluyente y riesgosa. Que un autor diga cómo somos los cordobeses, aunque es una opinión eventualmente incluida en una ficción, corre esa suerte y muchos le tomarán por definitivo. En “Todo cuanto amé”, Hustevedt lo desliza al considerar que ciertas obras adquieren valor por transferencia del nombre de su realizador. Pero es una novela y podría tratarse un meta-efecto de teoría.

Se dice que el tango es un pensamiento triste que se baila, pero no porque hicimos un análisis socio-antropológico, sino gracias a lecturas de Enrique Santos Discépolo.

Julio Cortázar -también nacido en Agosto (atentas autoridades para celebrar el día del otro lector y lectora los días 26)- propuso “cuando llovía me entraba el agua hasta el alma” lo que nos invita a pensar algo acertadísimo: el alma existe y es absorbente. Muy solidario -o somnoliento- le adjudicamos que “Si caes te levanto y si no, me acuesto contigo”.

Este asunto construye, en cierta medida, las bases de la posverdad ya que mucho de lo escrito tiene valor performativo. No estar solo en la caída es una promesa agradable, pero si un juez -por poco que le estimemos- escribe “culpable”, alguien irá a la cárcel, así como si un legislador escribe “impuesto”, muchos pagaremos.

Con las redes sociales y la web como un nuevo paraíso para leer sin libros ni culpa, asunto que solo podemos celebrar, la capacidad crítica de usted -que está sentado frente a estas palabras- es una parte de su musculatura mental que debe ejercer como derecho fundamental.

Flagrante como una copa de champagne, dulce como el zarpazo de un oso polar, burbujeante como la mordida de una calavera mexicana, y nocturna como la caricia: la lectura es el combustible de todos nuestros viajes. Es el razón y la inflexión del deseo intelectual y la única explicación para que usted y yo hayamos llegando, juntos, a esta intimidad final sin conocernos.

 
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