¿Es China una amenaza para las democracias occidentales?

Por Andrés Ortega

EEUU está lanzado en una estrategia de definición contra China, basada en un amplio consenso interno que precede a Biden, pero que ahora tiene mucho de política interna. Aunque es el único país en el horizonte capaz de competir en todo tipo de poder con EEUU y cuestionar su hegemonía. Biden, en su reciente periplo de “normalización occidental” tras los desequilibrios de Trump, ha logrado un mayor apoyo europeo a su visión anti-China, vista ésta como “competidor” y “rival sistémico”, pero también “socio”. De hecho, pese a la retórica, el capital estadounidense ha seguido invirtiendo en China en cantidades importantes. Pero, superadas las cumbres occidentales, y ante la próxima de democracias liberales, una cuestión es si realmente China plantea un reto a estas últimas. Las opiniones públicas no lo consideran así.

El economista y analista Dani Rodrik, expresaba el dilema con acierto: “¿Es posible para las democracias ser fieles a sus valores mientras comercian con China y mantienen relaciones de inversión con ella?” Para responder a esta pregunta, planteaba, “hemos de reconocer dos cuestiones: en primer lugar, es imposible visualizar una desconexión significativa de las economías occidentales y la china que no genere una catástrofe económica; en segundo lugar, poco pueden hacer los países occidentales, en forma individual o colectiva, para modificar el modelo económico estatal chino o su régimen represivo en cuanto a los DDHH y laborales”.

Hay toda una corriente en Occidente que se podría denominar la de “la ingenuidad de Bill Clinton”. Cuando China ingresó en la Organización Mundial de Comercio (OMC), a principios de este siglo, el entonces presidente de EEUU declaró: “Al adherirse a la OMC, China no está simplemente aceptando importar más productos nuestros, sino que está aceptando importar uno de los valores más preciados de la democracia: la libertad económica. Cuando los individuos tengan el poder de realizar sus sueños, exigirán una mayor participación”. Este automatismo, idea muy extendida, respondía en buena parte a un profundo desconocimiento de China, que no es Corea del Sur, Japón ni Taiwán.

No obstante, se pueden citar múltiples fuentes estadounidenses con una visión más ajustada a la realidad. Rana Mitter y Elsbethe Jonhson, desde la nada sospechosa Harvard Business Review, apuntan acertadamente tres mitos en los que Occidente se equivoca con China: (1) la economía y la democracia son dos caras de la misma moneda; (2) los sistemas políticos autoritarios no pueden ser legítimos; y (3) los chinos viven, trabajan e invierten como los occidentales.

El 95% de los ciudadanos chinos tenía bastante o mucha confianza en el gobierno nacional (dato de 2018), una de las tasas más altas del mundo. No así (69%) en sus gobiernos locales. Esto no significa un apoyo al sistema chino fuera de China. Pero tampoco al de EEUU. Los occidentales están encantados de ver en lugar de Trump a Biden en la Casa Blanca, pero por debajo ven la democracia estadounidense fracturada y ya no como un modelo. Por ello la próxima Cumbre de las Democracias, que está planteando Biden para fin de este año, debería empezar por casa, antes de por un discurso anti-chino.

A diferencia de la ex Unión Soviética, China no fomenta la exportación de su modelo, ni dispone de una Komintern. Tiene nuevos instrumentos para defender su régimen, su bienestar, sus intereses y su imagen. China con Xi Jinping se ha vuelto más autoritaria, es verdad que no condiciona sus tratos económicos con otros países a los valores políticos, tiene una visión muy geopolítica, y puede exportar la tecnología que en la nueva era de la digitalización y la inteligencia artificial favorece los regímenes tecno-autoritarios. Pero la junta golpista de Myanmar ha contado con tecnología de este tipo, proveniente no solo de China, sino también de países europeos muy liberales, como Suecia o Noruega, además de Israel. Londres tiene en sus calles una proporción por habitante de cámaras de reconocimiento facial similar a la de Pekín, un fenómeno que se está convirtiendo en global. La inocencia es escasa en este mundo.

Aunque la Otan ha advertido que las ambiciones militares de China suponen una amenaza al orden global, el propio secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg, afirmó que China no es un adversario, ni se busca una nueva Guerra Fría. Quizá una de las opiniones más significativas, porque puede llegar a canciller de Alemania, tras Angela Merkel, sea la del sucesor de ésta como candidato democristiano Armin Laschet, para el cual “la pregunta es: si hablamos de frenar a China, ¿nos llevará eso a un nuevo conflicto? ¿Necesitamos un nuevo adversario? Y ahí la respuesta es cautelosa”.

Todo ello no quita que haya que defender, en lo posible, los DDHH y la democracia. Pero Occidente ha perdido capacidad de exportarlos: más personas en todo el mundo ven a EEUU como una amenaza para la democracia en sus países, que a China o a Rusia.

La cuestión ineludible es cómo incluir a China –una China responsable– en el liderazgo mundial; es necesario hacerlo dada la transformación de poder geopolítico y económico en el mundo, y, a la vez, mantener un sistema internacional no polarizado.

 
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