Las viejas y las nuevas ideas sobre el trabajo

Por Eduardo Ingaramo

En el feudalismo, los campesinos y trabajadores eran simples inquilinos de los señores feudales; en el capitalismo del siglo XIX, mano de obra asalariada; en el marxismo, los dueños de los medios de producción; en el socialismo democrático, asalariados -pero sindicalizados con participación en las decisiones-; y, en nuestros días, “colaboradores y emprendedores auto esclavizados”. Nuevas tendencias florecen, incipientes, en América Latina.

Hasta la pandemia, el emprendedurismo había calado hondo, aupado por gobiernos y grandes empresas que lo promovían en todas aquellas actividades que no eran esenciales, a condición de que no se agruparan en entidades gremiales –de oficios, profesiones o microempresarias- que pudieran condicionarlos.

Desde los monotributistas de plataformas de delivery; pasando por pequeños comercios sometidos a los arbitrios de los dueños de sus locales (su principal costo); hasta las pymes organizadas por cámaras empresarias controladas por sus principales demandantes; o entidades profesionales conducidas por sus colegas más vinculados a sus contratantes, fueron convencidos que era el Estado –por la excesiva carga tributaria a Mipymes que no pueden eludir como hacen las más grandes- el que se interponía en el éxito de su actividad.

Para ello, se ignora e invisibilizan que la falta de crédito a tasas razonables; el uso abusivo de posiciones dominantes de plataformas de pago; y los propietarios de inmuebles que especulan sin control, son también problemas graves.

Es que el socialismo del siglo pasado, basado en sindicatos fuertes y gasto público, está en crisis, no tanto por este último, sino por la concentración empresarial de finales de siglo y, fundamentalmente, por las tecnologías de producción que prescinden de la mano de obra no calificada.

Así, son cada vez menos trabajadores sindicalizados, tanto por su disminución absoluta como por su decepción hacia los sindicatos y sus dirigentes, a los que les convino más negociar con “la patronal” en beneficio propio, que hacerlo defendiendo los intereses de sus dirigidos.

Las excepciones son aquellos con mayor capacidad de acción directa, que todavía resisten mientras las tecnologías no los reemplacen (bancarios, servicios públicos, camioneros, portuarios, educadores). Por eso, en nuestro país, no parece extraño que la oposición de Juntos por el Cambio no tenga sindicalistas, y el oficialismo del Frente de Todos no tenga candidatos sindicales de los gremios tradicionales (CGT) y sume a representantes de los sindicatos resistentes.

Mientras tanto, los movimientos sociales agrupan a desocupados, subocupados y emprendedores sociales (generalmente cooperativizados) y procuran sostener su representatividad en el oficialismo gobernante, frente a las estructuras locales, que pretenden recuperar con punteros el terreno perdido en favor de “los piqueteros”.

No parece fácil que ello se sostenga si los beneficios son universales, aunque sí pueden serlo en el corto plazo, si los planes son focalizados, típicos de épocas de vacas flacas y campañas electorales.

En lo estructural, las alternativas están planteadas. Una es que se sostenga el cuentapropismo o emprendedurismo auto esclavizante; otra es que los movimientos sociales logren hacerlos tomar conciencia que en la economía popular es imprescindible la necesidad de cooperación mutua para avanzar en proyectos más complejos, y cadenas de valor más largas, que incluyan producción, financiación, distribución, y comercialización.

También que en todos los ámbitos –incluidas las pymes- los Estados y las cámaras empresarias asuman que la generación de riqueza no es ajena a su distribución, el desarrollo local y la forma en que se gestionan los capitales monetarios, de conocimiento, humano, social y ambiental, si se desea que sea sostenible.

En la pre pandemia más del 70% de los comercios renovaban sus dueños cada 4 años –la mayoría por problemas con sus acreedores, impuestos y trabajadores-, lo que revela su precariedad y dificultad para ser sostenibles.

La primera decisión hacia asociaciones colectivas deliberadas que superen los reclamos gremiales es individual, tanto en emprendimientos como en pequeñas y medianas empresas, que, apoyadas en clústeres, puedan proyectarse hacia el futuro. Ello requiere de procesos de capitalización colectiva, lo que no parece muy fácil por las actitudes individuales de los trabajadores y de las pymes, que aspiran a una libertad que las vuelve vulnerables y, en algunos casos, producen francotiradores que apuestan al fracaso colectivo en búsqueda de su éxito individual.

Experiencias exitosas de revalorización de zonas deprimidas en grandes ciudades de América Latina (como “Vamos Bogotá”, o “Nossa Sao Paulo”) indican que una planificación urbana orientada a la organización social produjo efectos virtuosos, inclusive logrando revertir la inseguridad que las caracterizaba. Para ello, reconocieron como causa de su subdesarrollo a la falta de cooperación entre pares, la necesidad de capitalización personal -en especial en lo educativo- y colectiva en lo financiero y tecnológico. Mientras que los Estados aliviaban los costos transaccionales en esos ámbitos en una lógica ganar-ganar.

Por último, tal como lo señalé en mi última nota en este diario (“Reunirse, unirse, asociarse e integrarse”, del 11-08-2021) todos quienes dependemos de nuestros trabajos para vivir –por carecer de capital suficiente para hacerlo con rentas- debiéramos reconocer nuestra identidad como trabajadores y avanzar en acciones colectivas naturales –gremiales y conjuntas- y deliberadas –clústeres y nuevos proyectos- capaces de proyectarnos en el largo plazo.

 
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