El talibán y el gasoducto a India

Por Eduardo J. Vior

Solo tres días después de la caída de Kabul, el 18 de agosto, el cónsul turkmeno en Mazar-i-Sharif, una de las últimas ciudades en ser conquistada por los rebeldes, se reunió con el jefe de la provincia de Balj nombrado por los talibán y en un comunicado el ministerio de Asuntos Exteriores turkmeno habló de una reunión "positiva y constructiva", destacando "el carácter fraternal" de las relaciones entre ambos países. La razón de tanta amabilidad debe buscarse en el TAPI, el proyecto para la construcción de un gasoducto que desde Turkmenistán atraviese Afganistán y Paquistán hasta alcanzar India.

Turkmenistán espera que la conquista del país por los talibán traiga la ansiada estabilidad que permita tender la tubería. Sin embargo, los datos duros indican que todavía es prematuro para encarar planes de tanta envergadura. El mismo día de la reunión en el noroeste de Afganistán tuvo lugar en Herat, cerca de la frontera iraní, otro intercambio entre diplomáticos turcos y la oficina de representación de los talibán en esa ciudad. No los une el amor, sino la necesidad pragmática de poner en marcha un negocio que beneficiaría a ambas partes. Tanto lo ansían que, ya el 17 de agosto el vocero talibán Muhammad Suhail Shaheen se manifestó entusiasmado con éste y otros proyectos: “Afganistán es un puente entre Asia Central y el Sur de Asia”, dijo, y habló del modo en que los intereses de conectividad se verían favorecidos si se construyen no solo el oleoducto TAPI sino también carreteras y ferrocarriles que atraviesen el país. “Esperamos que se pongan en marcha”, finalizó.

En lugar de ceder al pánico fácil, como ha sucedido en otras capitales de Asia Central, Turkmenistán está siguiendo una línea de negocio normal: su ministerio de Asuntos Exteriores afirmó que mantiene una comunicación regular con los talibán para seguir prestando servicios de tránsito fronterizo. Al comportarse así está adhiriéndose al pedido de Paquistán, para que la comunidad internacional interactúe con los talibán.

Durante el fin de semana pasado se informó que el ministro de Asuntos Exteriores de Paquistán, Sha Mahmud Qureshi, iba a visitar todos los países fronterizos con Afganistán, excepto China. En efecto, tras su reunión con el Presidente de Turkmenistán, Gurbanguly Berdimuhamedov, Qureshi dijo que se esperaba que el proyecto TAPI cree 2.000 nuevos empleos directos, y muchos más indirectos. El ministro paquistaní mencionó que el plan del gasoducto fue discutido en detalle con el presidente turkmeno como parte de una propuesta integral paquistaní, para mejorar la conexión económica a través de varios proyectos. Y también dijo que en un futuro próximo se estaba estudiando la posibilidad de convocar a una reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los Estados vecinos para discutir la situación afgana. Además, afirmó que Pakistán y Turkmenistán seguirán colaborando con representantes especiales de ambas partes para celebrar reuniones sobre el fortalecimiento de los vínculos.

El pragmatismo turkmeno se manifiesta también de otras maneras. Ninguno de los otros países de Asia Central ha aprovechado la oportunidad de ayudar en las operaciones de evacuación de Afganistán. Tayikistán permitió la entrada de tropas que huían, Uzbekistán ayudó a la evacuación de Alemania de Kabul; y Kazajistán se ofrece como nueva sede para las oficinas de la ONU obligadas a abandonar Kabul.

La respuesta humanitaria de Turkmenistán, en cambio, ha oscilado entre la tacañería y la insensibilidad. El 19 de agosto, el ministerio de Asuntos Exteriores anunció que permitía el uso de su espacio aéreo a los vuelos que evacuaban a ciudadanos extranjeros de Afganistán.

El proyecto de construcción del TAPI tiene impronta argentina: en 1987 la empresa Bridas, entonces perteneciente a Carlos y Alejandro Bulgheroni, comenzó a expandirse en el sector energético de Asia Central; en 1992 obtuvo su primer contrato para la exploración de gas en Turkmenistán. Entre 1995 y 1997 Carlos Bulgheroni participó personalmente en las negociaciones entre Bridas, Paquistán, Turkmenistán y el talibán de Afganistán, para construir el gasoducto transafgano.

Estas negociaciones competían con las de Unocal (Union Oil Company of California, antigua exploradora de petróleo, comprada en 2005 por Chevron) y, aunque se llegó a un acuerdo con la corporación CentGas que aquélla integraba, el acuerdo se cambió en enero de 1998 a favor de Bridas. Sin embargo, la invasión occidental en 2001 y la guerra sucesiva retrasaron la construcción del ducto. Algunas versiones hablan también de un veto de la CIA hacia los argentinos que, tras la fusión con Amoco (hoy perteneciente a British Petroleum) en Pan American Energy y la muerte de Carlos Bulgheroni en 2016, perdieron el interés en el proyecto.

Turkmenistán, por el contrario, insiste en el plan, porque el país produce más gas natural del que puede consumir y tiene muy pocas formas de sacarlo al mercado. Pero como han demostrado los recientes atentados en Kabul, el país seguirá siendo de alto riesgo hasta que los talibán sean capaces de proporcionar un nivel mínimo de seguridad y estabilidad para que se realicen inversiones a largo plazo.

Por un lado, están divididos en distintas facciones, por el otro el Estado Islámico-Jorasán (la facción del EI que acaba de atentar en el aeropuerto de Kabul) tiene presencia fuerte en el este del país y en el Frente Nacional de Resistencia, en el norte. Es, por lo tanto, casi imposible que alguien quiera invertir en una obra tan costosa en condiciones tan peligrosas. Los ministros seguirán viajando y Turquestán seguirá buscando a quién vender su gas, pero el TAPI todavía deberá esperar.

 

Doctor en ciencias sociales y en sociología, especializado en relaciones internacionales.

 
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