La gran Argentina que San Martín soñó

Por Cristian García de Álamo 

Cuando cruzó los Andes, San Martín vio asomarse el sol de la libertad con el que había soñado por tantos años. Un sueño al que consagró sus armas, su genio militar y su vida, y que redundó en la libertad de los pueblos del continente sudamericano. Tulio Cicerón -padre del derecho y la República romana- explicaba que un estadista se define por su lealtad en defender un solo interés, el del pueblo en su conjunto, como una unidad, diversa y multiforme, y por su profunda intuición para hacer que “estas realidades convivan alegando a un fin, un sueño común”.

Y, en efecto, tanto para una persona como para un país, si no hay sueño por el que caminar, no habrá un proyecto a largo plazo; y sin proyecto no hay camino hacia el cual enderezar todos nuestros esfuerzos de manera sostenida para den fruto en a lo largo del tiempo.

Las generaciones que se animaron a soñar

Esto lo vemos en la historia Argentina. Siempre dio grandes pasos cuando fue capaz de soñar con grandes proyectos que la pusieron en la vidriera del mundo: el sueño siempre antecedió a la gesta y la gesta se convirtió después en el hito que celebramos. El sueño de libertad de la Generación de Mayo antecedió a la liberación de un país ante el cual los libres del mundo cantaron “al gran pueblo argentino, salud”. Ese anhelo de soberanía, encarnado en Juan Manuel de Rosas y sus ejércitos federales, hizo posible defender el territorio ante las grandes potencias, que tuvieron que dar la vuelta ante su intentó de colonizarnos.

Más adelante, ese país que soñó la Generación del 37, y después la del 80, con un Estado fuerte e integrado al mundo, quedó cristalizado en las celebraciones del primer Centenario, cuando la Argentina ostentaba ser potencia educativa en América Latina y la octava economía del mundo, cuyas puertas se abrieron a millones de extranjeros que eligieron nuestro suelo para convertirlo en su hogar.

Claro que cada época tuvo sus sombras. Por eso, el siglo XX vio brillar un sueño de igualdad entre las clases sociales a través de lucha dirigida por Hipólito Yrigoyen, para extender los derechos civiles mediante el voto. Perón completó este impulso, abriendo un camino de derechos sociales, económicos y políticos para los sectores populares jamás visto en su tiempo. Fue por esta senda que la Argentina se convirtió en el país con la clase trabajadora más pujante del continente, con movilidad social ascendente a través de la educación y el trabajo, distribución de ingresos, y, para los años 70, contó sus records mínimos: 3% de pobreza y 5% de desempleo.

Pero entramos entonces en una de las noches más oscuras de nuestra Patria con la dictadura militar, que destruyó nuestra matriz productiva y el tejido social, y nos sumergió en una pesadilla de la que todavía no podemos despertar.

Con la recuperación de la democracia emergió la ilusión de que ese proceso bastaría por sí mismo para recuperar la senda de progreso. Pero nos equivocamos. Desde entonces, la población se multiplicó por 2, y la pobreza por 12. Las aulas están cada vez más vacías de alumnos, y de aprendizajes pertinentes que contengan una llave para abrir puertas en el futuro. La pobreza infantil trepó a vergonzantes cifras. Y llevamos más de 10 años sin generar un puesto de trabajo en el sector privado.

Y cuando el barco parecía dirigirse hacia un iceberg, llegó la pandemia para acelerar ese proceso.

No es tiempo de buscar culpables. Ni tampoco de salir con las viejas receta de siempre, que nos hicieron llegar a donde estamos. Nuestro tiempo requiere animarse a soñar un país nuevo, un país mejor, con la participación de todos los sectores. Es redundante aclarar que los ciudadanos creen cada vez menos en las instituciones políticas. Es tiempo de que la política empiece a creer en los ciudadanos y los convoque en un marco institucional, que permita marcar un rumbo para la Argentina en la soñamos vivir en el siglo XXI.

Podemos comenzar por lo que todos estamos de acuerdo: un pacto educativo, que garantice un puente al futuro. Un pacto social y productivo que permita que cada uno pueda producir al menos lo que consume, sin que nadie queda afuera de nuestra mesa y apostando a un modelo de producción sostenible. Y un pacto político, que marque los objetivos nacionales y permita marchar a los gobiernos de distintos signos políticos por un mismo sendero a lo largo del tiempo.

Que estos días, en la que las redes sociales han abundado las fotos y frases célebres de San Martín, nos permitan zambullirnos en su corazón y emular su gran ejemplo: un corazón que se animó a soñar con grandeza. Una vida consagrada a ese sueño, y un recuerdo que se inmortalizó en cada plaza, en cada escuela, y en cada avenida donde hoy flamea su nombre como bandera.

 
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