Afganistán, o el último fracaso

Por Mario Pino

“Ahora tenemos la oportunidad de darle a la URSS su guerra de Vietnam”. S. Brzezinski

Dos guerras anglo-afganas en el siglo XIX, por motivos dudosos, terminaron en humillación militar y diplomática, solamente 1 de los 20.000 soldados británicos salvó su vida en 1842; en 1880, mujeres afganas salieron a cazar soldados ingleses, quienes, por tercera vez, fracasaron en 1919. 

La Operación Ciclón que implementó el presidente James Carter en Julio de 1979, a instancias de su consejero de seguridad Zbignieu Brzezinski, tuvo como centro, al igual que los ingleses en el siglo anterior, el foco puesto en Moscú. Formalmente, se intentaba bloquear acciones comunistas; en substancia, se buscó provocar la intervención directa de Moscú. Un tal Osama Bin Laden, al servicio de la Operación Ciclón, fue importante en la provisión de recursos bélicos y financieros a las tribus de muyahidines, “guerreros de la libertad”, como después los llamaría Ronald Reagan.

La URSS invadió Afganistán el 25 de diciembre de 1979 para extirpar las operaciones encubiertas de los Estados Unidos -y de Paquistán- y se retiró, derrotada, 10 años después. Los atentados del 11 de Septiembre de 2001 provocaron la reacción espasmódica de Washington, que inició la guerra más larga de su historia.

Uno tras otro, los imperios que han entrado en guerra contra Afganistán han fracasado. País fácil de invadir, pero imposible de permanecer en la dominación, no ha tenido un valor geopolítico de magnitud que justifique tanta sucesión de fracasos imperiales. Ahora, a su turno, como en un calco de la historia, EEUU se retira humillado.

“América fue derrotada y ahora el Emirato Islámico de Afganistán es libre e independiente”, ha proclamado la nueva autoridad talibán; pero los defensores de la Operación Ciclón insisten, con Brzezinski, que a la luz de la historia “es más trascendente la caída del imperio soviético que el talibán”. La URSS colapsó hace 30 años y el talibán persiste fortalecido. 

No constituyó ninguna sorpresa que los talibán se hicieran del poder, sino la velocidad con que desplazó al régimen establecido durante 20 años. La corrupción generalizada, la violación permanente de los derechos humanos y la incapacidad para establecer un sistema mínimamente sostenible fueron torciendo los favores de los afganos hacia aquellos. La previsible inconducta de los EEUU provocó la estampida de amigos, hoy desesperados por huir temiendo a la venganza.

Esta derrota de los EEUU, a diferencia de Vietnam, se produce en momentos en que sufre una pérdida de credibilidad ética, moral y política; de profundos conflictos existenciales como nación; de tensiones económicas y financieras; de serios cuestionamientos y reclamos en la mesa de las decisiones de sus aliados más firmes; la recuperación como potencia de Rusia; y la emergencia de China.

Alrededor de 40 países, incluidos los de la Otan, participaron en la invasión a Afganistán y fueron dejados de lado por Washington al momento de negociaciones con el talibán, y de la toma de decisiones trascendentes. Indudablemente, Biden ha ratificado la percepción, forjada a partir del gobierno de Bush, de que Washington no es más un aliado confiable.

El pueblo, empobrecido y desarticulado, de un país marginal propinó una colosal derrota a la mayor coalición militar, diplomática y de propaganda del globo. Poco parecen importar los pretextos de si la culpa corresponde a la fragilidad del comando de la Otan, el apoyo de Pakistán a los mujahidines, la falta de entereza moral de Obama o la ineficiencia de la participación de las Naciones Unidas. Son excusas irrelevantes. La principal pregunta quizás sea qué pasa con los EEUU, que en sus acciones de las últimas décadas obtuvo como resultado el nacimiento de Al Qaeda, el nacimiento de ISIS-Estado Islámico, y la consolidación del talibán. 

Demasiados expertos, mucha soberbia y, a juzgar por los resultados, poco talento. Washington ha funcionado a la perfección en el arte extraño de desperdiciar aliados, perder amigos y fortalecer enemigos.

Supe escuchar a principios de los 90 a un muy importante ejecutivo financiero de la industria bélica estadounidense, que vivía momentos de depresión, que “lo que hacía falta era una buena guerra”. Poco después estalló la del Golfo. Me parece ahora que había poca inteligencia para tanta codicia.

Al mismo tiempo, la ideología sustituyó a la realidad en los análisis de los expertos. El comunismo fue sustituido por el islamismo, que había que aniquilar. Se paga el costo de abandonar el principio sostenido por el papa Francisco, de que la ideología se puede discutir, pero la realidad se discierne.

Pareciera que entre la codicia y la ideología puede buscarse la respuesta, más en el fracaso propio que en las virtudes -algunas hay- de un enemigo que de la nada redujo a cenizas, en un par de semanas, 20 años de conquistas.

 

Abogado y diplomático.

 
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