El repliegue de Occidente

Por Andrés Ortega

George W. Bush, “Bush el joven”, llegó a la Casa Blanca en enero de 2001 sobre una plataforma en la que primaba un cierto aislacionismo, basado en el momento unipolar que vivía EEUU. Los atentados del 11-S lo sacaron del sopor de la siesta estratégica que vivía Occidente, e inauguraron –con el impulso de los influyentes neoconservadores en su Administración– una nueva era de intervencionismo estadounidense para cambiar varios regímenes, como el afgano de los talibán, el iraquí de Saddam Hussein, y “rehacer Oriente Medio”. Hemos visto los resultados. Partieron en esta reacción, de “sobrestimar la efectividad del poder militar para producir cambio político fundamental”, como ha criticado el politólogo Francis Fukuyama. Obama inició la retirada de Irak, y Trump sentenció la de Afganistán, conscientes del hartazgo de su opinión pública. 20 años después, el actual presidente, Joe Biden, termina el retiro de Afganistán. Es el final, al menos para estos tiempos, de una política intervencionista, de nation-building, la construcción de Estados en términos más liberales.

No es solo Afganistán, y no es sólo EEUU. Incluso el papa Francisco (aunque no representa ya a Occidente) coincide con la aún canciller alemana Angela Merkel en considerar “irresponsable” la política de “intervenir fuera y de construir en otros países la democracia, ignorando las tradiciones de los pueblos”. Occidente se está replegando de un cierto tipo de operaciones para defender intereses, exportar libertades e incluso la democracia tal como la entiende, con la punta de las bayonetas. 20 años después otorga a la lucha contra el terrorismo yihadista menos centralidad, frente a la ciberdefensa y lo espacial, y a rivalidades tecnológicas en general.

EEUU, además de salir de Afganistán, está reduciendo aún más su presencia en Irak, donde provocó tantas olas indeseadas, para empezar el desarrollo del Estado Islámico. EEUU pactó en julio el fin de sus operaciones militares allí para centrarse en la formación de las fuerzas iraquíes. Ya Trump se había retirado de Somalía. También Francia está en retirada de Mali y, en general, del Sahel. En junio, Emmanuel Macron había declarado que las fuerzas francesas en el Sahel no permanecerán allí “eternamente” (llegaron en 2013).

Como indicaba The Economist, no son retiradas desde el éxito, sino desde el fracaso. Por no hablar de Yemen y Libia. ¿Habrá un “síndrome de Afganistán” como lo hubo de Vietnam, pero esta vez con carácter Occidental y no meramente estadounidense?

Es un error entrar en operaciones militares o guerras sin prever cómo salir de ellas, pues la salida acaba en debacle. Pero hay otras razones o causas para estos repliegues occidentales. Para empezar, la lucha antiterrorista y anti insurgencia ha resultado muy cara. Solo en la guerra y reconstrucción de Afganistán, EEUU ha gastado más de 2 billones de dólares, y los europeos 20.300 millones de dólares. Se ven ahora otras prioridades, como la competencia en diversas dimensiones con China, o con Rusia. Hay además la confianza en poder atacar a los grupos terroristas a distancia, con drones o misiles de crucero, sin implicar tropas sobre el terreno. Además, EEUU considera que la “guerra contra el terror” ha tenido éxito, al no haber sido objeto de nuevos atentados en su propio territorio, y haberse regionalizado fuera de Occidente esos grupos. Aunque con colaboración en materia de inteligencia, Europa se tiene que arreglar sola.

El “nation building” en un sentido liberal, que tiene mucho de neocolonialismo ideológico, ha resultado un fracaso también por razones culturales y por la succión de muchos fondos que han supuesto las corrupciones locales. No ha producido los resultados buscados, porque las premisas y los instrumentos estaban equivocados.

No se trata de un repliegue total. EEUU sigue manteniendo una red de instalaciones, bases y despliegues militares en el mundo no igualada, ni de cerca, por ninguna otra potencia. Pero el repliegue puede afectar al orden mundial. EEUU es muy a menudo un factor de equilibrio, aunque otras veces de desequilibrio. Tiene que pensar mejor su política exterior, y no solo desde su polarizada política interna. La Otan, por su parte, tiene que reflexionar con más realismo su futuro, más aún cuando vive una crisis de confianza de muchos responsables europeos en Washington, primero con Trump y ahora por la forma que ha tomado la retirada de Afganistán. Su primera gran operación en aplicación del Artículo 5 (de defensa colectiva) de su tratado fundacional, se ha saldado con un fracaso tras una decisión unilateral de EEUU. Ha sido una derrota política y social, antes que militar.

¿Deja este repliegue Occidental un vacío? No necesariamente. Más de que lo que puedan llenar China y Rusia en Afganistán y su entorno, el vacío ha quedado de manifiesto en la falta de gobernanza global en esta crisis debido a múltiples causas. Ni la ONU ni el G-20, ni la Otan, ni la Unión Europea han estado a la altura. Eso, más que un repliegue parcial de un Occidente que, una vez más, había errado en sus planteamientos estratégicos, es lo que debe ser causa de preocupación.

 
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