De Gjurkan y Bértoras

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Voy en el auto apurado, saludo a un par. Es primero de mayo y estoy llegando tarde al locro del Dani. En lo alto de la avenida San Martín veo la camioneta Silverado del maestro Alonso parada frente a su tinglado. Me detengo, la tentación es grande. Tiro del largo portón de chapa y hago sólo unos pasos dentro del galpón. No veo al maestro, pero al fondo, iluminada por la luz de una claraboya veo una pintura llena de personajes caricaturescos, de mucho color. La luz entra en haz y produce un tajo, divide al cuadro en dos con una hondonada. Recuerdo el Museo del Bicentenario, haber entrado en busca del increíble Ejercicio Plástico de Siqueiros, haberme quedado en esa pequeña habitación sintiendo las presencias, viendo la hoz y el martillo escondidos en las volutas del piso. Salir después, todavía aturdido, y vagar por esas habitaciones como nichos del museo. Ver toda la memorabilia de Perón y Eva que alguien pueda desear y al fin, cuando ya nada se espera, cuando el cuerpo siente que en vez de museo lo que hay es una feria de papeles bien montados, encontrar una de Carlos, la Matanza de Ezeiza, con el hombre de los anteojos negros y el mostacho sosteniendo el rifle como cada noche en que las pesadillas me toman (tal vez desde antes que ocurriera, cuando era cachorro y ya mis peores pesadillas tenían el nombre de ese tipo que está grabado en lo más profundo, más que el Darth Vader de La Guerra de la Galaxias, del que todos huíamos en el Cine Teatro Rivadavia de los hermanos Ramé, sirio/libaneses que nos cuidaban y nos retaban -derecho que ejercían con cariño y cara seria.)

Me vuelvo al auto, avanzo por la Doble Avenida, giro la rotonda de la iglesia, me adentro en una calle de tierra que cabalga la más alta loma. De un lado están las sierras con el Pan de Azúcar y, del otro, una vasta llanura que si los ojos permitiesen nos mostraría el mar en su límite. Estoy a unas diez cuadras de lo del Dani Gjurkan (que seguramente conocí cuando los hermanos Ramé ejercían de masculinas nanas) y lo misterioso y bello comienza a presentarse. Una hilera de autos me impide el paso. Estaciono a duras penas y comienzo la larga peregrinación. Son miles (¿dos mil, tres mil?) que van a la casa de Dani y de su mujer, Laura Bértora. Un hombre al que no conozco, emocionado me dice: “Esta re-unión es lo más maravilloso de lo que he participado en mi vida.” En este pueblo donde vivió el gran Lino Spilimbergo se abrió un surco, una hondonada por la luz y desde hace quince años los Gjurkan-Bértora, cada primero de mayo preparan un locro para la familia y los que se quieran llegar. “Éramos nosotros cinco y les dije a unos amigos. Se fueron sumando, nunca faltó porque siempre he sido un exagerado con la comida...” Conozco de lo que habla el Dani, pienso que esa costumbre debe venir de sus antepasados croatas que seguramente llegaron hambreados y que por eso siempre tuvieron miedo del hambre y que construyeron familia, negocios, amigos y, ahora: músicos, antropólogos, “la América” en fin...

“Gasté ciento cincuenta mil; yo que no tengo un cobre. Pero bueno, la gente sin que digas nada va depositando sus pesitos en las alcancías y así al día siguiente yo puedo salir, pasar por la verdulería y pagar. Pasar por la despensa y pagar. Es un código, la gente sabe y colabora. Es lo lindo.” En el camino hasta lo del Dani, veo familias, un lisiado en silla de ruedas al que levantan porque las piedras hacen imposible el avance, una pareja de ancianos de la mano, tres chicos que patean una pelota como si fuera el mundial. La casa de los Gjurkan se abre en un largo terreno de talas, espinillos y otras yerbas de las sierras. El Pan de Azúcar preside. Veo la gente sentada en largos tablones, un escenario y el baile. Cada uno pasa con su plato y es servido de ese locro abundante como el Dani y la Laura, como la familia ampliada que ellos crearon.

Escucho músicos famosos y otros desconocidos, pero mi alma se estrecha cuando el Pocho Bértora, el hermano de Laura, con su guitarra humilde y su voz hermosa comienza a cantar. Se produce un silencio raro, una atención que va tomando el parque, las mesas, la gente y, por último, hasta los pájaros. ¿Sabrán los que no la conocen lo que la voz del Pocho produce? Milagros del pequeño pueblo de Spilimbergo, de Alonso y del Dani: “Trabajamos con el mensaje que dejan los hechos, parados en el espíritu sano y el corazón bueno.”

19 Julio 2019
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