Sergio

Otro día en el paraíso | Por Federico Racca

Hay momentos que son para siempre, que nunca se olvidan... / Hay recuerdos que guían tus pasos por toda la vida; / ese tiempo en que era posible alcanzar una estrella y decir con muy pocas palabras las cosas más bellas... / Y jugando a vivir uno aprende a tener un amigo, a confiarle ilusiones, secretos, los sueños queridos...

Estoy sentado en La Vienesa, en una lomita de Río Ceballos casi llegado a los cincuenta; me muevo en el mismo bar en que estaba a los cuatro, parado en una silla para llegar al submarino y llenarme la cara con el azúcar impalpable del ojo de buey. Miro el rostro de mis abuelos, a la gente pasar (que eran los padres de los que ahora veo). El pueblo ha crecido, sin embargo el ritmo cansino y los saludos con abrazos profundos permanecen y entonces: Muchachita la peineta ponete al pelo, vamos pa’ misa. / El pañuelo colorado no te pongasporque en la iglesiase escandalizan. / Un paseo después por la plaza, para dar la vuelta al perro, a ver qué pasa... / Una que otra mirada va, mirada viene, mirada va. / Por eso yo te pidoque vayas a misa... ¡todos los domingos! ¡Todos los domingos!

Hablo de mí, pero espero estar hablando de vos lectore porque, al fin, nuestras vidas suelen ser bastante parecidas, sobre todo en los afectos y los recuerdos que son el verdadero presente y no ese acelere sin sentido del reloj girando horario. Por eso, luego, quince años después, ya a los veinte, venía desde Córdoba con la noviecita y sentía suave el sonido que cortaba el sol y nos enamoraba más de lo que ya estábamos: Quiero darte todas las cosas que tengo, la fuerza que llevo adentro, mi tiempo, quiero aprender a cuidarte. / Quiero amarte, y no perder un instante; quiero quererte sin trampas, sin miedo, con un amor verdadero. / Quiero darte mi libertad, mi viday desnudarte el alma, querida, y no dejar de abrazarte. / Quiero amarte y estar un poco loco, quiero entregarte mucho de a poco, por todo lo que esperaste. / Quiero darte las cosas con que soñabas, cuando en tu mundo, mi amor, esperabasque yo viniera a buscarte...
Me senté en la misma mesa, sin dulzura y sin buena leche, quince años después, en el día de la muerte de mi tía Gloria. Me quedé el día entero en esa mesa sin saber por qué, sólo recordando, sin llorar, casi sin pena, con una resignación que tenía mucho de vacío y de orfandad. Creo que sólo al final de la tarde, cuando el nudo aflojó y las mozas comprensivas ellas- me vieron llorar, aparecieron las palabras: Sobre un vidrio mojado escribí tu nombre sin darme cuenta, / y mis ojos quedaron igual que ese vidrio pensando en ella... / Los cuadros no tienen colores, las rosas no parecen flores, no hay pájaros en la mañana, nada es igual...

Ya en los cuarenta, una mañana recibí un mail y quedamos en volvernos a ver. Era aquella chica con la que a los veinte nos habíamos amado y volvía, tal vez sólo para sentir ese aroma que a veces se despliega por tan sólo unos segundos- en el reencuentro. Y fue de nuevo en La Vienesa que volvió la magia y las sonrisas y el tiempo parecía no haber pasado y la piel se hacía tersa sin las arrugas que la cubre y vi el brillo de sus ojos verdes, el cabello negro (azabache) sobre sus hombros y por un momento volvimos a ser aquellos niños descubriendo la cosa más bella y dejamos la mesa y caminamos por la vereda de mosaico acanalado y ella sonrió y nos despedidos cuando el deseo era quedarnos juntos y así la vi por última vez (no cuento los sueños), y esa flaca larga se perdió en un Volkswagen y volví a la mesa y sentí el gusto de la frambuesa en la boca como tantos años atrás y la música, aquella: te quiero tanto que me despierto en ti cuando despiertas y me transformo en luz cuando la luz llama a tu puerta. / Y en las mañanas asalto la blancura de tu cama y soy el negro brillo de tu pelo que cae en la tibieza de tu espalda... / Yo soy la aventura y tú la realidad, tú la ternura... / Yo soy la libertad, tú la esperanza, la vida que me das y no me alcanza, no me alcanza...

15 Marzo 2019
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