Un peronista volvió a la Rosada

Opinión | Por Ivana Saltanovich 

El tablero se desplegó el 18 de mayo pasado, cuando la dama decidió mover su ficha. A partir de ese día todo el arco político comenzó a jugar su juego y a reordenar las piezas a contrarreloj. Sin esa astucia de Cristina Fernández de Kirchner el escenario electoral hubiera sido distinto y seguramente todo se hubiese terminado definiendo en el ballottage que estaba programado para el 24 de noviembre. Pero no en vano el peronismo lleva consigo la fama de ser la fuerza que, a pesar de mantener altos niveles de confrontación interna, menos duda a la hora de reorganizarse si de ganar partidas se trata. Esta vez esa decisión llegó antes de las primarias del 11 de agosto, cuando la fórmula de los Fernández logró unificar en el Frente de Todos a los dirigentes y gobernadores peronistas (con mínimas excepciones, como el cordobés Juan Schiaretti), partidos de izquierdas, y el broche final: el Frente Renovador, de Sergio Massa. Ese apoyo se ensanchó tras la contundente victoria de las primarias por casi 18 puntos. Al calor de los resultados comenzó a aparecer el guiño empresarial (el ejemplo simbólico fue el del macrista Marcos Galperín, que pidió cita con Fernández), patronal, gremial e incluso judicial. Desde ese día Alberto pasó a ser el virtual presidente electo y se lo empezó a tratar como tal.

La estrategia de CFK para que Mauricio Macri no logre su reelección se consumó anoche, pero no solo respondió a un enroque de la ex presidenta sino también a errores propios del líder del PRO, que no supo leer que con el antiperonismo solo no se ganan elecciones, porque una porción de la sociedad -cercana a un tercio de la ciudadanía- vota dirigentes que le mejoren las condiciones de vida, algo que con Cambiemos no sucedió, todo lo contrario. “No somos una sociedad genéticamente condicionada a repetir un error. Tenemos un 30% que de tanto en tanto arrastra a las mayorías en contra de sus propios intereses. Quieren que la Argentina sea sólo de ellos”, dijo Alberto al analizar su triunfo en las Paso semanas atrás.

Además de astucia y estrategia, CFK tuvo audacia en seleccionar a su sucesor y a quien trasladarle su caudal de votantes. Ni un kirchnerista puro ni un antisistema. Alberto reunía las características necesarias para que la fórmula sea competitiva y el espacio se ampliara, a pesar de que hasta no hace mucho tiempo era un crítico de su persona.

Ahora, la mutua dependencia entre ambos nos tiene haciendo apuestas sobre cómo continuará esa sociedad, y si quien fuera jefe de Gabinete del matrimonio Kirchner hasta su salida forzada logra ahora imprimir su impronta al sillón de Rivadavia. La pelea parece haber quedado atrás, al menos según el mensaje que transmitió la dupla durante los meses que duró la campana electoral. Días atrás, Alberto definió su relación con Cristina como “sólida” y subrayó: “Cristina y yo somos lo mismo y todos somos lo mismo. Vamos a ser frentetodistas”.

La expresión intentaba llevar calma para que no se disperse ningún voto, tal vez por eso el nivel de optimismo. Sin embargo, el término albertismo -incluso por una comodidad periodística- ya está instalado, su espacio Parte (Partido por el Trabajo y la Equidad), ha mantenido presencia en los masivos actos de campaña (como el globo gigante que sobrevoló en Mar del Plata) y buscará su lugar cuando se renueven autoridades en el Congreso en 2021. Para entonces, habrá que ver cómo construyó su propio poder el ahora presidente electo y cómo se deciden esos congresistas. Previo a eso y más cercano en el tiempo, cómo armará su gabinete. También, que el Frente de Todos es una gran coalición, y las alianzas se gestan sobre objetivos concretos, que una vez conquistados impulsan a sus actores a reacomodarse. Por último, Alberto sabe que consolidar su liderazgo implica diferenciarse de Cristina, por más deuda con ella que tenga. Entre tanto, tomará el control de la Rosada con la urgencia de activar la economía y dar alguna respuesta a una sociedad castigada. Hoy, Argentina es un país en donde reina una tensa calma, pero que carece de un termómetro que indique en qué umbral se encuentra el humor social.

Más allá de las urgencias, el gobierno que dirija Fernández, el noveno desde el retorno de la democracia, está simbolizado en una mesa con tres patas: una es la economía, tema que ocupó la atención todo este tiempo y del que mucho se ha analizado. Pero este nuevo líder está obligado a atender la transparencia. La gestión de CFK quedó muy mal parada por fuertes sospechas de hechos de corrupción, que aún se investigan a través de numerosas causas, y que mantiene bajo investigación a varios funcionarios, incluida la propia ex mandataria. Con ayuda de los grandes medios de comunicación, los desmanejos de la caja del Estado en la era kirchnerista se instalaron en la agenda social y lograron indignar a una importante porción de los argentinos. Adquirió más dimensión cuando comenzó su campaña para 2015 Mauricio Macri, quien se puso un guardapolvo blanco y prometió ser “implacable con la corrupción” (pero omitió decir que en exclusiva con aquella cometida durante la gestión que lo antecedió) y la utilizó como excusa para erosionar a su principal adversaria. La última pata de esta mesa está simbolizada por el nivel de expectativa que el dirigente peronista generó en un amplio frente nacional y popular que lo acompañó en estas elecciones. Se trata de un variopinto de expresiones políticas y sociales que depositó su confianza en torno a la figura de este profesor de Derecho Penal de la UBA y que el 10 de diciembre, cuando asuma el centro del escenario, activarán el cronómetro a la espera de las primeras señales.

@IvaSaltanovich

 
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