Economistas: ¿científicos, magos, profetas, augures...?

Debates | Por Mario José Pino

Hoy verificamos la preponderancia pública del tema económico. Cuestiones propias de especialistas se ponen en el escenario popular y se muestran como el único tema a resolver en la sociedad. Los poderes reales del sistema global impulsan esa tendencia convenientemente. Si los argentinos nos despojásemos de nuestro egocentrismo, advertiríamos que hay una crisis general. J. K. Galbraith describe cómo en todo el mundo se debate “que las instituciones nacionales deben cambiar; la política debe cambiar; los hábitos personales deben cambiar; la cultura debe cambiar; el gasto debe disminuir; los servicios de pensión deben disminuir; los impuestos deben aumentar; el trabajo debe flexibilizarse; la industria debe ser más competitiva; la regulación debe abolirse; los bienes públicos deben venderse; el ser humano debe acostumbrarse a trabajar duro y entonces se obtendrá la recompensa, que será el reconocimiento y la confianza de los mercados”. No hay ingenuidad. El sistema mueve los hilos de la política y despliega agentes y operadores, los empíricos y los intelectuales, convenientemente.

Paul Krugman, al preguntarse cómo los economistas no fueron capaces de advertir y prevenir la crisis financiera del 2008, analiza la conformación de dos clubes, autodenominados el de los neoclásicos (el actual nuevo clasicismo) y el de los neokeynesianos (devenido nuevo keynesianismo), los que –pareciera- no tienen mucho ni de keynesianos ni de clásicos. También se los llama las escuelas de Chicago y del MIT. Sus adherentes han proliferado por el mundo entero. Alejados de Milton Friedman y de Paul Samuelson, conforman ámbitos, dentro del propio sistema capitalista (o, mejor dicho, post capitalista) en los que pueden dar rienda suelta a sus egos y a los juegos de las matemáticas, condenando a la insignificancia a la antropología, la historia, la geopolítica y la filosofía.- Olvidando, obviamente, que Adam Smith era, principalmente un teólogo y un moralista: básicamente, se olvidan del hombre. Buscan, dice Krugman, un brillo propio en el interior de cada tribu, con artificios de las matemáticas que puedan orientarse a la “belleza” aunque se olviden de la “verdad”.

En la esencia de todas estas tribus hay un par de coincidencias importantes que, aunque referidas al método, conforman el corazón de sus posiciones: las matemáticas como piedra angular y la aplicación de métodos que llaman de objetividad científica, en que asimilan las conductas de la economía a las ciencias naturales (la termodinámica aportada por Samuelson). Gregory Mankiew opina que los economistas están analizando “igual que un físico estudia la materia y un biólogo la vida”. Para Stiglitz deben abordarse “las consecuencias del uso de ciencia en la economía”. Heilbroner concluye que, en definitiva y en lo fundamental, todos coinciden: todos se han olvidado del hombre, y este pareciera ser el reclamo del muy breve pero potentísimo mensaje del papa Francisco al Foro de Davos, que acaba de concluir.

En lo referente a la doctrina social de la iglesia (DSI), el hombre es el centro del mensaje y del misterio de la redención. Revelación, pueblo y camino es el trípode sobre el que asienta tal doctrina. El hombre en comunidad es sujeto de “necesidad”, aún necesidad material, y la necesidad es el principio de la economía. Propiedad, trabajo, capital, empresa, intercambio y desarrollo, son conceptos suficientemente abordados en la DSI. En “Rerum Novarum” (1891) Leon XIII establece claramente los criterios doctrinarios en la disputa entre liberales e intervencionistas, reclamando claramente el rol del Estado en defensa de los desfavorecidos. Pio XI, en “Quadragesimo Anno”, establece el principio de la subsidiariedad y, desde entonces, la sucesión de documentos que conforman el cuerpo de la DSI es unívoca y no hay ambivalencia en su pensamiento.

La DSI no es ni privatista ni estatista, ni pragmática ni ecléctica. El padre Jean-Yvez Calvez sostenía que “el cristianismo no nos proporciona un modelo ni un diagrama de la sociedad económica, pero el cristianismo implica la observación de una serie de principios mayores, como el de solidaridad y subsidiariedad, o de solidaridad y libertad, de iniciativa y de participación, de autonomía de la economía pero de subordinación a la conciudadanía: la observación de estos principios es susceptible de arrastrar un estilo enteramente propio de vida económica y de organización de la economía que sería realista y humano a la vez, y al mismo tiempo practicable y religioso.”

Para Stefano Zamagni hay tres modelos económicos: el del neoliberalismo; el modelo de economía social alemán (inexportable, en crisis y que nos recuerda a Alsogaray); y el modelo de la economía social, que arranca con la creación del libre mercado por los frailes franciscanos en el siglo XIII. Sin embargo, la única opción que falsamente se nos presenta es el socialismo ya perimido o el capitalismo devenido neoliberalismo deshumanizante.

Klaus Swab, al presentar y al concluir el Foro Económico Mundial de Davos 2019, resume la preocupación del mundo económico frente al fenómeno de la precarización, la incapacidad del sistema capitalista “que nos hizo ricos” en los tiempos actuales, la falta de solidaridad, la codicia desmedida. Hay una nueva economía, hay falta de legitimidad, hay convulsión económica y política en todos lados, la concentración extrema de la riqueza es preocupante y el mundo necesita nuevas formas de organización política y económica. Estas son afirmaciones de hace casi un año, de quienes defendieron el sistema vigente desde el fin de la segunda Guerra Mundial, que parecen admitir su propia encrucijada.

Abogado y diplomático, ex embajador de la República Argentina.

 
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