Amigos son los amigos

Por Pedro D. Allende

Es difícil establecer la medida exacta entre las relaciones de amistad y las políticas; o cuándo un encuentro personal cultivado por el afecto muta a un vínculo de poder (o viceversa), y cuáles son sus consecuencias en las historias individuales y colectivas. Una figura reconocida se planta en tajante definición: “el político de élite conduce un monoplaza, no una combi”. Explica que la máquina que el líder piloteará, carrera tras carrera, y el equipo de personas que la alista, componen un todo de piezas que podrán ser valiosas, incluso entrañables, pero siempre sustituibles. Echando una mirada a los binomios que timonearon la provincia desde 1983, los que conocen de entornos consideran que el único dúo de amigos incondicionales fue el integrado por Eduardo Angeloz y Edgardo Grosso (1983-1987 y 1991-1995). “La lealtad del Chiche fue descomunal”, recuerda emocionada una veterana militante radical. En tanto, empleados de la Casa de Gobierno (pertenecientes a aquella capa geológica) memoran la gélida relación que se dispensaron, entre 1995 y 1999, Ramón Bautista Mestre (opositor al “Pocho” en la UCR) y su vice, el angelocista Luis Molinari Romero. “Podías hacer patinaje sobre hielo entre los dos”, se divierte nuestra fuente.

Tras aquellas cuatro primeras administraciones radicales llegó el turno a los seis períodos justicialistas. En el primero de ellos talló la demorada alianza entre José Manuel de la Sota y Carlos Saúl Menem. La relación entre ellos fue compleja: recordemos las dos listas peronistas en la Convención Constituyente de 1987; la ratificación de liderazgo de un joven De la Sota frente a la vieja camada que hacía su canto de cisne; el apoyo del cordobés a Cafiero en la interna de 1988 (fue su candidato a vice, frente a Menem-Duhalde); y los intentos del riojano, una vez electo Presidente, por afirmar un grupo propio en la provincia que aún conducía Angeloz, su viejo compañero de Facultad. Empleó distintas alternativas (Domingo Cavallo y Julio César Aráoz, entre otros).

Una generación entera de cordobeses (sumamos a Eduardo Roggero, Oscar González, Carlos Caserio, Juan Carlos Maqueda…) hizo experiencia en secretarías de Estado o ministerios nacionales, como también el Congreso e intervenciones en provincias (el ya mencionado Aráoz en Tucumán, y el cavallista Juan Schiaretti en Santiago del Estero). De la Sota fue embajador en Brasil y luego pasó por difíciles momentos, con el peronismo provincial intervenido por Menem, hasta lograr un amplio acuerdo y asumir un “matrimonio por conveniencia” en el triunfo de 1998: su vicegobernador fue el delfín menemista Germán Kammerath. El desencuentro fue inmediato, como lo acredita el accidentado paso del ucedeísta por la Municipalidad de Córdoba (1999-2003).

¿Eran íntimos amigos De la Sota y Schiaretti? Es evidente que al elegir un “primus inter pares” entre colaboradores de peso, primero para integrar la fórmula (período 2003-2007) y luego para ungirlo candidato a la primera de sus gobernaciones, el histórico líder tuvo en cuenta la coherencia y la cercanía que el “Gringo” mostró en el crítico período 2001-2003, cuando entre otras responsabilidades fue un muy competente ministro de Finanzas, además de otras circunstancias de coyuntura, que pusieron al actual gobernador por encima de los integrantes del entorno incondicional del “Gallego”.

Aunque respeto y lealtad no deben confundirse con amistad. Entre ellos siempre hubo confianza, pero también vigilia, matizada con breves picos de tensión. Jamás expusieron públicamente sus fisuras (que las hubo) y sus operadores lograron tender siempre, a veces contrarreloj, los puentes necesarios. De la Sota no quiso ser candidato en 2017, y mientras se reinventaba por enésima vez con su tienda “El Hombre”, advertía a quien lo quisiera escuchar sobre la cercanía con el macrismo, al que -consideraba- se debía enfrentar con actitud. Se sabe: construía una paciente urdimbre que para muchos podría haberlo catapultado al lugar de candidato presidencial, en la coalición que finalmente lideró Alberto Fernández.

Juan Schiaretti buscó, en sus compañeros de fórmula, un vínculo profundo. Sumó con interés a Héctor Campana (2007-2011), construyendo una excelente relación personal. En 2015, fue el turno de Martín Llaryora (contra opiniones que sostenían que figuras como Eduardo Accastello le hubieran dado más oxígeno). Schiaretti mantuvo al sanfrancisqueño (que había enfrentado al oficialismo en una Paso, en 2013. En los dos casos, Schiaretti apuntaló a sus vices para disputar la intendencia de Córdoba, el primero de ellos integrando fórmula junto a su esposa, Alejandra Vigo (derrotados por Ramón Mestre Junior), y el segundo, actualmente en ejercicio.

El círculo más íntimo de Schiaretti (los que declaman “amistad de siempre” con el líder), aun ocupando posiciones de privilegio en sus administraciones resignó posiciones estelares frente a los que el mandamás provincial consideró, a la hora de los bifes, en mejores condiciones de apuntalar el monoplaza. Así, Manuel Calvo fue su segundo en 2019, cuando sonaban fuerte Carlos Gutiérrez o Silvina Rivero (a la que el gobernador le habría anticipado, incluso, su voluntad de nominarla). ¿Pero qué es política, y qué es amistad en ciertos círculos, necesariamente dominados por poderosos intereses? Con todo, desafiando futuros desengaños, todos pugnan por compartir, como contertulios, este lunes de festejos con el amigo Juan. Se ha iniciado una cuenta regresiva, con tufillo a bisagra, en lo que a nuevos liderazgos se refiere. Y lo recomendable es estar cerca del teatro de los acontecimientos; en lo posible, recostado en los afectos.

 
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