¿En qué estarás pensando, Juan...?

Política cordobesa | Por Pedro D. Allende

Es difícil intentar una mirada de los acontecimientos que se sobreponga al farragoso contexto que nos toca. Los enfermos y los muertos por covid son una realidad que lastima a cada familia, desencadenantes de un océano de angustias: incertidumbre respecto a su impacto en cada cuerpo; temor frente a la convivencia con la patología y con el resto de las personas, inoculadas por el virus del estigma.

Un poco más acá, la ferocidad de un incendio incontrolable, cuyas causas quizás sean tan inciertas como sus consecuencias. Un poco más allá, una torre de marfil, cuyos huéspedes exhiben sin pudor el brutal flagelo de la ignorancia, cimiento de la irresponsabilidad institucional que, por cierto, va más allá de los protagonistas del escándalo.

Y en ese procurar de un comienzo que trascienda la amargura, busco en el arcón un recuerdo ajeno. Lo aporta un cordobesista insigne, antiguo amigo de la familia Angeloz. En alguna de esas largas estancias a las que acostumbraba, en el hogar del tres veces gobernador provincial, llegó a la residencia (corría el año 1991) el doctor José Manuel de la Sota. Se confundió en un abrazo con Eduardo César, saludó con cortesía a los presentes, se encerraron ambos en una sala contigua y así transcurrieron al menos unas tres horas.

Al terminar el encuentro, volvió a repetirse la ceremonia, cuando la despedida. Y todos preguntaron al anfitrión, intrigados: ¿Por qué la reunión? Por toda respuesta, el inolvidable Pocho (junto a Amadeo Sabattini, los líderes radicales más importantes de la historia de Córdoba) consignó, misterioso: “Algún día me sucederá”.

Ensayamos agenda de memoria: los coletazos de la política nacional (presidencia Menem); los rumores de una reforma constitucional; las opiniones frente a la convertibilidad que iniciaba su rumbo; los Pactos Fiscales (con proyecciones sobre los regímenes jubilatorios); la apertura al continente y al mundo que suponía el inicio del proceso Mercosur (con De la Sota partiendo al Brasil como embajador); arreglos relativos a la vida política local; asuntos de la Provincia, que ya por entonces se comenzaban a guardar bajo la alfombra… En cualquier caso, una conversación entre colegas que se respetaban, y entre los que, quizá sin expresarla, yacía una convicción: habría tiempos políticos de liderazgo para cada uno.

El acuerdo político “cordobesista” de 1987 fraguó una Constitución facilitadora de hegemonías largas, extendidas a diversos órdenes estructurales; y en las que quien detentase el poder (en un esquema bipartidista clásico como lo era el de la transición democrática) podría influir, por acción u omisión, en el liderazgo siguiente. Una elite como la cordobesa (conservadora a pesar de hitos rupturistas, aportados por una sociedad que tuvo importantes etapas de florecimiento) no iba a permitirse sobresaltos. No es casual que la Provincia solo haya contado con cuatro gobernadores desde 1983. Tres de ellos están muertos ya.

Dilemas

Es difícil imaginarse hoy una conversación como aquella. La Constitución de Córdoba es una postal añeja, considerando algunas de sus cláusulas. Y aceptando como razonable que De la Sota haya considerado que Schiaretti lo sucedería, ello no presenta el mismo fondo que aquella reflexión de Angeloz: los dos gobernadores justicialistas han compartido una misma hegemonía.

No se conoce si, para el liderazgo que viene, el extinto José Manuel confiaba en uno de entre los propios; o si imaginaba, en ese rol, a un referente de otro partido (entre los allegados a Ramón Javier Mestre se recogen comentarios que abonan esta última tesis). Mucho menos se sabe si el actual Gobernador ha expresado esa convicción, al estar dialogando con alguno de los muchos anotados para sucederlo; y en el caso de haberlo concretado, si se trata de una mera expresión de deseos, o un razonamiento de alta política, como aquellos que se dispensaban los líderes del oficialismo y la oposición local en el lejano 1991.

Partamos de que, por estos días, muchos actores políticos siguen insistiendo en lo complicado que se ha vuelto conversar con el Gobernador. Todos hablan de diversas entrevistas o reuniones mediadas por Zoom, pero poco se sabe de algún “mano a mano” que en esta instancia resultaría tan revitalizador como la mejor de las ideas. Algunos actores lúcidos señalan también que, además de la imposibilidad de la entrevista personal, no hay tanta interlocución, y quizá alguna interferencia. Cóctel complicado.

El presente es tan difícil, las amenazas son tan asfixiantes, que preocuparse por una elección a un año vista aparece, para la ciudadanía, como algo superfluo. “Si al final serán los de siempre inventando la eterna pelea en donde nadie está peleado”, señala mi suegra desde un rincón invisible mientras comento lo que escribo, y nadie se atreve a disputarle razón. Pero cabe empezar a imaginar una escalera con etapas, en la que, mientras un líder debe imaginar su retiro de la escena (suficientemente entero), un conjunto de referentes políticos comienza a analizar qué escalones subir, en qué descansos detenerse, y cómo perfilar una estrategia atiborrada de tácticas que permitan lograr posicionamiento, empatía ciudadana y confianza en una elite añejada que no parece preparada para los cambios que la biología exige: no solo en la política, sino en ámbitos tan disímiles como los empresarios, el gremialismo, la vida universitaria, el clero o los medios de comunicación.

En qué estarás pensando, Juan. O en quiénes.

 
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