Anita

Relatos australes | Por Gastón Tremsal

Escuchá este relato en su versión audiocuento 

Un ciudadano de a pie se encuentra con un viejo amor y le pierde la paciencia al sistema

Diciembre, 2002

El ventilador del Gran Banco de Inversión lidiaba entre chirridos con el calor de diciembre. La fila de rostros desencantados terminaba en la puerta doble de bronce, y apretujada entre bretes, luego de varias vueltas, llegaba hasta la única caja habilitada. Ya no se fabrican así, pensó Germán observando los detalles del picaporte bruñido. Aborrecía hacer cola; hacía sesenta años que estaba pagando deudas, desde su primer trabajo a los catorce. Recorrió la fila con la mirada: varios tipos con traje de oficina, algunas amas de casa de expresión agotada, señoras con falda de franela, un par de viejos con olor a naftalina, trabajadores de manos percudidas, abuelas con alhajas de fantasía, despintadas y amohosadas, una chica linda, una secretaria femme fatal, una monja… , todos con la cara larga.
Él no se sentía distinto. Un viejo, hubiera dicho cualquiera. Un viejo casi pelado y pecoso haciendo la cola. Pero sin olor a naftalina, porque a ese saco beige de hilo lo usaba todo el tiempo, igual que el pantalón haciendo juego; era la única ropa decente que le quedaba. Unos niños que jugaban a su lado lo tenían podrido con la cinta de los bretes; la estiraban, la enrollaban, la sacaban y ponían. Miró a la madre, a ver si reaccionaba, pero nada. Para colmo, los zapatos de suela de goma le estaban fundiendo los pies. Cómo no tener un buen par de mocasines, pensó, de esos de suela. Con un chasquido de lengua abortó la idea. ¡Para qué amargarse…!
Cambió de lado el estuche del saxo, negro, raído y se masajeó el hombro. Si estuviera el instrumento adentro, tendría el hombro a la miseria, pensó. ¿Qué le iba a decir al cajero cuando sacara el arma? ¡Arriba las manos, esto es un asalto! No, parecería un novato. ¡Dame la guita o te lleno de plomo! Tampoco, muy de película. No importa, improvisaría, se dijo.
Observó al policía que custodiaba. Calculó que debía estar a punto de jubilarse. Tenía la mano apoyada desganadamente en el flácido estuche de cuero negro de la pistola cuarenta y cinco. Germán se pasó el pañuelo cuadriculado por la frente y la pelada traspirada. Un ruido metálico, como de cacerolazo, lo hizo dar un respingo y la correa del estuche se le deslizó accidentalmente.
-¡Carajo! – exclamó Germán cuando el estuche cayó al suelo.
El niño que acababa de voltear el brete se llevó los dedos a la boca, asustado. Germán se agachó. Las trabas del estuche se habían saltado; por la tapa apenas abierta, entrevió el revólver calibre 44. Una antigüedad, con el hierro picado y las cachas de madera, opacas y resquebrajadas. Su abuelo gringo contaba que había matado un hombre con ese 44, un matoncito… que se lo merecía. Ahora, era su boleta de cobro, por tantos años de pagos, de colas interminables. Cerró las trabas y volvió la correa al hombro. De reojo, miró al policía; estaba en la suya, pensando que haría cuando se jubilase, seguramente.
– Mocosos malcriados – refunfuñó –. ¡Déjense de joder!
La fila avanzaba apática a todo.
– ¿Está bien, abuelo? – preguntó una chica linda.
– Gracias. Estoy bien – y sonrió intentando parecer lo que se esperaba de un abuelo.
Avanzaron. El brete dobló y ahora la fila miraba en dirección al ingreso. Fue ahí cuando la vio. ¿Un espejismo causado por la iluminación deficiente de los tubos fluorescentes? Allí estaba ella, toda una época ya archivada, entrando por la puerta. Su amor imposible de la secundaria. Tan sensual como cincuenta años atrás. El cabello rubio, peinado y recogido, el cuerpo bien formado, la cintura fina, piel dorada, tal vez más arrugada pero todavía llena de dulzura, y sus ojos pardos. Ana, Anita.
Ella miró la fila. Germán se puso de espaldas, con la cabeza gacha para que no lo reconociera. ¡Qué me va a reconocer!, ¡quedáte piola viejo ridículo!, se decía. Perturbado, la oyó pedir permiso.
– ¿Germán? – dijo ella avanzando hacia él –. ¿Sos vos? ¿Germán?
Se tuvo que dar vuelta.
– Germán. ¡Soy yo, Ana, Anita! – le dijo, apoyando la mano sobre su brazo.
– ¡Ana! ¡Pero qué sorpresa!
– ¿Hace cuánto? Como cincuenta años que no nos vemos ¡Qué horror! Cincuenta años – luego rió, inclinando con gracia la cabeza hacia atrás.
– Sí, sí.
– ¿Cómo andás, nene? No sé nada de vos.
– Bien, Anita, bien. Tirando para no aflojar, viste. ¿Vos? Supe que te casaste, y tuviste varios hijos.
– Sí, maravillosos…. Mi marido falleció hace unos años…un infarto.
– Cuánto lo lamento, Anita. No sabía.
– Ahora estoy mejor. Empezando a salir de nuevo con las chicas. Bueno, las chicas…las señoras – corrigió avergonzada.
– Yo te veo muy bien
– ¿En serio? – preguntó ella, pestañando con coquetería.
– Sí, igual que siempre, Anita.
Igual de hermosa, pensó. La fila avanzó.
– Vos también te ves…con mucha vitalidad
– Y menos pelo – aclaró Germán.
– ¡Si te sonrojás igual que cuando éramos jovencitos! Siempre tan tímido.
Germán se sentía como un adolescente. Destrabó la cinta del brete que los separaba.
–Pasá, Anita. Ponete a mi lado.
– Gracias, bombón. ¿Y qué ha sido de tu vida?
– Señora, por qué no vuelve a su lugar – irrumpió la mujer de atrás.
Ana la ignoró.
– Tiene que hacer la fila, señora – insistió la mujer – ¡No sea desubicada!
Ana se dio vuelta.
– No me trate así, por favor
– ¡Bueno, haga la cola!
– Ay, esta mujer me está avergonzando – le dijo Ana a Germán en voz baja –, mejor me vuelvo.
Él le hizo un gesto de que esperara y encaró a la mujer.
– Escúcheme, la señora está conmigo. Yo me aguanté a sus hijos molestando toda la fila, así que no sea atrevida y cállese la boca.
La mujer quedó muda.
– Gracias – susurró Ana a Germán y lo tomó del brazo.
Germán palpó la boleta vencida en su bolsillo; iba a servirle de excusa si se arrepentía. Meneó la cabeza como quien se debate frente a un dilema.
– ¿Sucede algo? – preguntó ella.
– Nada, nada, la mocosa esta… me dejó con bronca. Es que ya nadie respeta a la gente mayor…
– No te enrosques, nene. Aparte no somos tan mayores. Todavía estamos en edad de disfrutar.
– Es cierto.
La fila avanzó. Faltaba poco para la caja.
– ¿Tocás algún instrumento? – preguntó ella, señalando el estuche.
– El saxo. Con esto me ganaba la vida
– ¡Qué bien! No sabía que te habías dedicado a la música.
– En realidad me dediqué al comercio. Pero en el dos mil uno tuve que cerrar, y era lo único que podía hacer.
– ¿Y dónde tocás?
Él suspiró, después sonrió con los labios juntos, levantando los hombros.
– La verdad, Ana, es que a mí no me fue tan bien. Este último tiempo, tuve que tocar en la peatonal para sobrevivir. Ahora se me rompió el saxo y ni siquiera tengo para arreglarlo. Estoy en la ruina total, sin jubilación, sin nada. ¡Que te voy a mentir a vos!
Se hizo un silencio largo.
– Para mí tampoco es fácil – dijo Ana –. Estoy sola, con un montón de deudas que dejó mi marido, sin pensión, una jubilación miserable, mis hijos en España. Te entiendo. A veces, me dan ganas…de gritar.
Y se quedaron como si el tiempo se hubiera detenido para los dos. Él, mirando al frente, taciturno. Ella casi apoyada en su hombro. Avanzaron juntos un lugar. Al cabo de un rato, él le murmuró algo al oído. Ana abrió los ojos y se apartó, para cerciorarse de que había oído bien. Él asintió, con la misma sonrisa de labios juntos y cejas levantadas. La fila avanzó otra vez. Faltaban dos personas y serían atendidos. Ana le dijo algo en secreto, lo soltó y se marchó rumbo a la puerta de salida. Los ojos de Germán brillaban.
– El que sigue – gritó el cajero.
Era su turno. Germán caminó hacia la caja.
– Qué contento que se lo ve – dijo el joven cajero –. ¿Qué necesita, abuelo?
Germán hizo un bollo con la boleta.
– Abuelo…las pelotas – dijo al tiempo que echaba mano al revólver y encañonaba al cajero.

Gastón Tremsal (Mendoza)

Nació en 1977, y actualmente vive en el Valle de Calamuchita. Estudió Realización Audiovisual en el CIC y se formó como guionista con el maestro José Martínez Suarez, en su mítico taller de cine. Trabajó en publicidad y en varios proyectos de cine independiente. Escribió y codirigió el unitario El vuelo de la Oca y realizó integralmente el piloto para televisión llamado Teatro mágico de chicos. Escribe literatura negra e infanto-juvenil y ha incursionado en la dramaturgia. Publicó en las antologías, Territorio Negro 1 y Tugurio. Es organizador en el Encuentro de escritores de Los Reartes y del Encuentro internacional de literatura negra y policial Córdoba Mata. Guionista de profesión, Gastón Tremsal maneja el ritmo narrativo con singular destreza y con pulso firme. Sus cuentos suelen retratar momentos anodinos de la cotidianeidad que, de pronto, se ven rajados por la intrusión de lo extraño y lo inesperado.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones

 

 
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