El examen final

Relatos australes | Por Luis Alexis Leiva

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Las instancias evaluativas pueden traer consecuencias no dimensionables. Especialmente cuando se trata de telepatía

Ramiro observó la tarjeta mientras esperaba que su maestro volviera del baño. Más que tarjeta, era un papelito que supo estar pegado en un poste de luz.
Ya llevaba dos años aprendiendo a desarrollar sus habilidades psíquicas con Sergio y hoy era la gran prueba que lo consagraría como un psíquico completo.
Guardó durante tanto tiempo ese mísero panfleto porque era la prueba de sus habilidades en potencia: desde el vamos sabía que Sergio sería su maestro y que allí encontraría el principio del final del camino.
El maestro volvió del baño cerrándose la bragueta.
—A ver pibe. Prepárate que ya empezamos.
—Sí, maestro. Estoy listo.
—Sentate acá en la alfombra, frente a mí. Repasemos tus logros: Ya podés adivinar las ideas superficiales de los no iniciados. Ya sabés leer los pensamientos de los que oponen fuerte resistencia. Probemos otra vez: ¿Qué pienso?
—En una jirafa con cara de mono. Pero también se pregunta si el botón del inodoro se trabó otra vez.
—Muy bien. Ahora nos concentraremos más. Respiremos juntos y coordinemos las mentes. Ojos cerrados. Visualicemos una pileta con agua quieta, solitaria. Dejá que el mantra de la música lo invada todo. Que el sonido permanente, uniforme, sea el agua que unifique la masa de nuestros pensamientos.
Ramiro hizo caso, aunque no del todo. Estaba preparando la sorpresa que tenía reservada para este momento especial. Sergio, sin embargo, era muy poderoso.
—¿Qué pasa, Ramiro? Estas bloqueando algo. ¿A qué le tenés miedo? Ya te dije que tenés que confiar en mí si querés llegar al mayor nivel psíquico.
—Lo sé, disculpe maestro. Son fuertes mis pensamientos ocultos. Ya se los libero.
Dejó escapar unas imágenes que no afectaban su plan.
—Ahí veo a tu madre en el hospital psiquiátrico… pero le tapas la cara. ¿Por qué?
—No la recuerdo. La mente, cuando no recuerda algo lo transforma en otro elemento conocido para sentirse equilibrada. Yo ya vencí ese engaño y solo veo lo que de verdad vi.
—Bien, ese es un logro excepcional. Cuando viniste a mí solo tenías imágenes de tu madre con caras muy distintas. Nunca la de ella ¿Qué más podes leer en mí?
—Mientras usted mira a mi madre, yo veo a sus alumnos. Una mujer que tiene algo de especial. Nunca la había visto en su mente. No es una alumna, ¿no? Usted la ve y recuerda con sus ojos de joven. Y ahora la está ocultando. ¿Por qué?
—Porque esa es mi privacidad. Hiciste muy bien en llegar hasta ahí, Ramiro. Nadie llegó tan lejos.
Ramiro temía perder el control de su mente, por lo tanto lanzó unas imágenes para distraerlo.
— ¿Un criadero de perros? ¿Tenías un criadero de perros?
—Sí, mi abuela criaba perros en el fondo de nuestra casa. Yo me percaté de mi poder cuando pude leer la mente de los perros. Son seres con pensamientos profundos, al contrario de las teorías científicas de los no iniciados.
—Bien. Pero basta de cosas fáciles. —Ya no usaban las bocas para hablar. Se comunicaban con voces de la mente— Es momento de ver cuánto aprendiste. Me tenés que dar un recuerdo tuyo y hacérmelo sentir como mío. Es la transmisión más compleja que debemos aprender los psíquicos, porque no solo implica enviar imágenes, sino también sentimientos que…
—… al otro se le hagan propios— concluyó Ramiro con deleite.
— ¿Cómo pudiste saber lo que iba a decir? Yo bloqueo mi mente para que no sepas lo que te voy a preguntar. ¿Y ahora qué estás haciendo? No, Ramiro, pará… ¡no es posible! ¡No es posible que puedas…!
Sergio se vio encerrado en su propia mente. Los párpados eran dos persianas titánicas imposibles de levantar, su cuerpo, una estaca de granito clavada en el suelo. Su alumno no solo estaba preparado, sino que llegaba a niveles de poder que él nunca sospechó que existirían.
Ramiro ya estaba listo para sorprender a su maestro.
—Ahora que tengo tu atención vamos a charlar bien. No te resistas, es al pedo. Cuando vine tenía la mente muy perturbada por la muerte de mi vieja ¿te acordás? Bueno, ya sabés que murió en el psiquiátrico. Sabés, también, que mi abuela me crió. Resulta que durante muchos años, cuando no dominaba bien mi poder, mi madre no pudo evitar dejarme pensamientos y recuerdos. Eran muy confusos para mí en ese entonces. Vos me explicaste que eran pensamientos desordenados y sufridos como consecuencia de su enfermedad. Y que yo los absorbí sin filtros. Por eso me torturaban. Digamos que no fue tan así. Yo se los quité. Yo me metí en su mente buscándolos y se los quité sin que ella, débil y agónica, pudiera hacer nada. Cuando te encontré, sabía quién eras. Y por cierto, ella también. Esa mujer que me escondiste recién se llamaba Tiffany. Y una de las tantas veces que la visité en el loquero, me dejó recuerdos para vos. —Levantando una mano y apoyándosela en la frente a Sergio, continuó. —Una vez me contó que las astillas de lluvia le cortajeaban el rostro, costaba mucho caminar. Por la lluvia, el viento, por los pies descalzos, por la panza que sostenía con sus dos manos, por el peso de las conversaciones
— ¡Te vas de casa, no quiero una hija embarazada!
—Me dio positivo
—Entonces avísale al padre
—Pero…
Y el frío que se colaba por el camisón; se abrazaba a sí misma. En la calle nocturna no había nadie, ni un perro cubriéndose con cartón, y la lluvia
— ¡Estás loca!
Y la lluvia, y tal vez fuera así, pues la manija de la puerta del Falcon todavía le dolía en la cintura, recordándole aquella tarde. Además de los otros moretones en su espalda y sus brazos, y la madrugada cerrada no mostraba ningún camino, y el mensaje de texto por el que salió furiosa a la calle con lluvia y todo, el mensaje de esa yegua insulsa, y este hijo de puta que se fue con ella, pero es el padre de mi hijo, y acariciaba su panza por sobre el camisón
— ¿Cómo que te golpeó?
—No, más bien me zamarreó
¡Pum! Tiffanita para acá ¡Pum! Tiffanita para allá, contra el coche, contra la pared
— ¡Te voy a matar pendeja de mierda! ¡La voy a matar!
— ¿Y la abuela no hizo nada?
—Nop.
Y ya parecía que las calles se iban a inundar, sus pies descalzos estaban azules del frío, los cabellos eran finas algas que le caían en el rostro, o verdín pegado a su cabeza. Por las mejillas le rodaban lágrimas de lluvia, que para el caso no importaba y daba lo mismo. Enceguecida, totalmente enceguecida, y la lluvia
— ¡Te vas de casa cuanto antes!
¡Pum! Tiffanita para acá. Y la lluvia
— ¡Te voy a matar, pendeja de mierda!
¡Pum! Tiffanita para allá.
—Avisale al padre, yo no soy, fijate cómo te arreglas
¡Pum! Tiffanita contra el Falcon
— ¡Yo solo te avisaba! ¡Hacé lo que quieras, será solo mío, mi hijo, no me jodas hijo de puta!
—Está bien, sé que es mío, perdóname, vamos a tenerlo.
¡Pum! Tiffanita contra la pared
— ¡Estás loca! Tenés que dejar de trabajar tanto. Alimentate bien.
Y lluvia y frío. ¡Pum! Tiffanita rueda por la vereda.
— ¿Qué querés que haga? vos te fuiste, mi vieja me echa, no puedo dejar de trabajar ¿¡Qué hago!?
— ¡Estás loca!
— ¡Te vas!
— ¡La voy a matar!
¡La lluvia! ¡El frío! Caminar sin rumbo. Se fue con esa yegua — ¿Estás loca? —Puede ser ¿qué es esto? ¿Qué pasó? En qué momento...
¡Pum Tiffanita voló a la calle!
¡Pum! Tiffanita se cayó
¡Pum! Tiffanita al hospital.

Sergio se revolvía de dolor. Las convulsiones le sacaban espuma por la boca y golpeaban su cuerpo contra la alfombra. Ramiro, parado, lo observaba empapado de placer.
Sus propios recuerdos se contraponían con los de Tiffany. Sergio enloqueció en ese momento. Ya no sabía si él era él o si él era ella; si su pasado era como lo recordaba o como lo sentía en estos recuerdos que le atormentaban. Los recuerdos de ella, que estaba muerta. Que murió en un hospital y tuvo un hijo. Un hijo de ambos. Un hijo que lo buscó y hoy lo destruyó. Ese mismo alumno-hijo que hoy aprobó con un sobresaliente el examen final.

Luis Alexis Leiva (Buenos Aires, 1979)

Vive en el conurbano de la provincia de Buenos Aires hasta la actualidad. Cursa el profesorado de Lengua y Literatura en el ISP Joaquín V. González y, desde 2014, conduce un podcast de literatura llamado El Sonido y La Furia (88.7 FM La Tribu). Publicó Grietas (Argenta Sarlep, 2007), Cuentos New Age (Milena Caserola, 2012) y Un Barrio Silencioso (Azul Francia Editorial, 2019). Gran lector, especialmente de Burroughs y la literatura beat estadounidense. Sus relatos se caracterizan por la atmósfera prolijamente real de sus paisajes pero con algunos elementos mágicos, como un Wes Anderson sumergiéndose en el policial costumbrista.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones

 
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