Tierra de nadie

Relatos australes | Por Sebastián Menegaz

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Una
sinfonía
extraña
sobre
nombres,
apellidos y
onomatopeyas
que nos
recuerdan
que la
literatura
no es una
línea o
un plano,
sino
un tejido

 

¡Ra–ta–ta–ta–tá! Comenzar por una onomatopeya, como Hemingway: «Uf!, para colmo el mal tiempo». (Fue un editor de Life –Richard Meryman– quien se la hizo notar a Mary Welsh, que a partir de esa corrección –el primer paso siempre es el último, sobre todo para una viuda– ya no pudo contenerse)1. ¡Foglioto! ¡Turrin! ¡A la izquierda! ¡Nos atacan desde el mástil! ¡Luciti! ¡Kitroser! No. Es un ataque aéreo, señor. ¡Síiiiii! ¡A toda mar! ¡No! ¡No! ¡Cuerpo a tierra! ¡Hereñú, cuerpo a tierra! ¡Martinengo! ¡Cuerpo a tierra Martinengo! ¡Ra–ta–ta–ta–tá! ¡Gordo averiado! Matamos otra vez a Martinengo. ¿Me copian? Repito… ¡Por allá, vamos! ¡Garcese está herido, señor! ¿Garcese? ¡Garcese! El otoño, señor, se desboca, en los carolinos… Arde pero no lastima, muchacho. Es como un fuego de papel glasé, ¿no lo cree? La luz se vuelve escaramuza en el paisaje. ¡El sol de la mañana es una diáspora crocante en la fragilidad de las formas, muchacho! ¡Sí! ¡Las hojas! ¡Encandecen, capitán! Cada hoja acapara un crepúsculo. ¡Y se desprenden! ¡Y flotan! ¿Las ve, señor? Demoran en posarse sobre este baño de sangre, como si veneraran a un dios dormido. Parecen paracaidistas. ¡Carajo! ¡Milinchuk! ¡Ataide! ¡Verduro! ¡Vamos a pisarlas! ¡Ahora! Y acaso súbito, un cardumen blanco. Las pisadas planas (verticales, vertiginosas). ¡No pateen las hojas, qué les dije! Un espasmo de afán y detención que dibuja el contorno (¿el crujido?) de un signo sin lenguaje aparente.

Después sí, saltaron un elástico, tendido entre dos niñas. ¡Cuidado con las minas antipersonales! Difiori pisó una. ¡Al suelo! ¡Ah!, tenía que ser el mogólico de Damián Difiori... Laura Aramburu: enamorada (ese mes) de una infancia tripulada por una crueldad madura. ¡Cabalgaba su corazón en su pecho! ¡Hacia el vértigo espástico! (Lo demás: un remolino blanco en la corriente blanca –turbia– del patio.)

¡Ey, sin correr, Turrin!
La señorita Alelí sonaba (soñaba) como un ideograma chino: un ángel transitorio (supletorio). ¡Martinengo cuidado! ¡Scrimaglio consiguió refuerzos! ¡Iván llevá ya ese escobillón adonde sea que lo sacaste! ¡Gordo afrecho cocinado! ¡Ra-ta-ta-ta-tá! ¡Ahora, Iván! ¿Me oíste? (La señorita Alelí: un ángel transitorio –corrijo, aumento– que besaba con el regaño.)

¡Sargento, saque una hoja! ¡Vamos! ¡De prisa! Escriba. Señora de Martinengo dos puntos. No encuentro palabras capaces de nombrar el dolor que me estrangula al tener que informarle que su amorcito coma. Espere. Creo que voy a vomitar. ¡No hay tiempo para eso sargento! ¡Ra–ta–ta–ta–tá! Voy a vomitar en serio. ¡Siguen matando a Martinengo, capitán! ¿Me copia? ¡En el piso! ¿Me copian? ¿Almirante? Falsa alarma: fue sólo horror. ¡Capitán! ¿Qué hacemos? ¡Capitán! ¡Y qué quiere que hagamos, Milinchuk! No es más que otro inglés sin dientes.

¡Artful Dodger, gaucho! My name is Artful Dodger. (A veces, también podía ser Charley Bates, otras, Tom Chitling, otras, componiendo acaso un aire más indigno, como si llevara un sombrero de color oscuro en la cabeza y un pañuelo sucio y grasiento alrededor del cuello –y con sus puntas deshilachadas se limpiara la cerveza que le corría por la cara–, Bill Sikes. Oliver Twist no era nunca). Toor rul lol loo, gammon and spinnage, the frog he wouldn’t, and high cockolorum! Ha! ha! ha!, manga de indios brutos... ¡Mátenlo! ¡Pirata! ¡Chileno! ¡No! Esperen. Déjenlo correr un poco. ¡Ahora! ¡Fuego!

No había (nunca hubo) inglés mejor que Humberto Martinengo. Solo peores: parecían cowboys italianos. Ni a poco nadie que supiera morir con más perfecto spirito di corpo. (Sense of wonder, podría haber dicho Scrimaglio, que llevaba al colegio las revistas El Péndulo que coleccionaba su hermano, menos por ser –él, Scrimaglio– un lector precoz de R.A. Lafferty que un habilísimo detector de tetas)2.
El espíritu del juego invitaba a crear las condiciones (una suerte de dilación divergente) para que Martinengo fuera acribillado. A eso se reducía todo. Ese desenlace inminente, precautorio, predisponía su don de marras: la adopción, por un lado, del aire despectivo, altanero, que consentía su prurito de dicción (la mitad de la primaria –padre filósofo, no sé si filosófico– la había hecho en Quebec). Por el otro la destreza –una suerte de ictus hacendoso– para caer fulminado mientras corría. Que fuera gordo lo hacía todo más explícito y más grave: la gracia y el escarmiento.

Dejá de revolcarte, Martinengo. Sos grande.
Ser fumadora auspiciaba en la señorita Alelí el régimen gestual adecuado para volverla caudalosa, abundante en la pasividad. Tenía un pelo muy lacio, casi lerdo, de un color rubio apagado, opaco, como si siempre lo llevara mojado, pero ese pelo, seco y al sol, secretamente, fuera (hubiera sido) dorado.
Era cierto, se lo había hecho notar Stivala, el maestro de Música –ese “chico con cara de nada” que siempre, en los momentos menos predispuestos, le sacaba conversación–. Era cierto que las mujeres no se llamaban por el apellido, nunca. Y a los varones eventualmente se lo añadían al nombre de pila como un taxón de dominio. Ahí vuelve el mogólico de Damián Difiori. ¡Sos un vivo bárbaro, vos, idiota! ¡Che, che, che, vamos, vamos, dispersen! (Las comas parecían contener, retener un humo ausente que el aire, cierta sofocación de la frase sustituía.)
Los varones, en cambio, sólo incluían el pronombre en la exclusión. La Aramburu. La Teobaldi. La Frangías. A veces también –era cierto: como si agotaran su permanencia en la prestación prosódica de un objeto de deseo– la Talía Ruttemberg. O bien en la simple, orgánica vileza: la Gorda (la Vaca) Pruneda.

¡Martinengo, qué hacés! ¡Te vas a lastimar, pavo!
La señorita Alelí nunca decía “descerebrado” (tampoco “subnormal”) como la señorita Nilda, a quien los varones –no así las mujeres: Stivala, acaso por defecto profesional sabía cómo hacerse recordar en un adagio sostenuto– llamaban “la Galarza”. (Nunca regresó de aquella licencia, y cuando se supo, por un día, no hubo clases.)

Ahora habían vuelto a corretear alrededor del mástil. Si es que en algún momento habían dejado de hacerlo, en circunvalaciones cada vez más amplias.
¡Ottinetti, cuidado! ¡Ra-ta-ta-ta-tá! ¡Por allá! ¡Se escapa! ¡Esperen! Es un campo minado. (De pronto: una rayuela abandonada). Martinengo dio el paso correcto. ¿Hizo una mortal? ¡Martinengo qué tenés en la cabeza, corcho! (La señorita Alelí como una chica Bond: siempre bella en el sobresalto). ¿Está muerto? ¡La anaconda está muerta! ¡Sigue vivo! ¿Qué son esos gestos? Te vi, Martinengo. ¡Milinchuk! ¡Ataide! ¡Verduro! ¡Usen la bazooka! Capitán. ¿Qué pasa ahora Verzeniasse? Es Ottinetti. Está herido, señor. ¡Creo que le dimos! ¿Capitán, me copia? Martinengo voló en mil pedazos por los aires. ¡Gordo afrecho despachurrado! ¿Me copia, coronel? ¿Almirante? Sus tripas, general, las gaviotas, ¡por dios! Cambio. ¡Encontré la anaconda! ¡Hereñú soltá ya esa buluca! (La munición predilecta –proclive– de los paraísos perdidos). Señor, es Ottinetti. Delira. Ha perdido mucha sangre. Vengan, está diciendo cosas graciosas.

¡Oh, venturoso mes! ¡Oh, día sagrado! ¡Oh, de la patria digno, a sus triunfos y glorias consagrado! Tú serás siempre el signo, tú la divisa, que alarme a la defensa y a la victoria. ¡Yo te saludo, sí, oh, día divino! Saludo al astro bello, que hoy fija con su luz nuestro destino. ¡Ah!, su hermoso destello, es muda voz que dice: Americanos, no es este el día, no, de los tiranos. (Por cierto: tenía las dos manos sobre el vientre y miraba flamear la bandera que arriaría el turno tarde). ¡Foglioto! ¡Kitroser! Que alguien le cierre los ojos a este pobre desgraciado.

De todas maneras no era Lucas Ottinetti sino Débora Abdenur la encargada de leer el fragmento de aquella Oda al día augusto de la patria, de Fray Cayetano Rodríguez (esa debilidad escénica que la señora Directora, doña Carmen Surche de Saa, compartía con la señora Inspectora) en el acto del 25 de mayo. Lo que hablaba a las claras de la apoteosis de Ottinetti pero asimismo de los ensayos obsesivos, de la perplejidad proactiva de la señorita Alelí, a quien le había tocado –“por verde”, le había dicho a Stivala– organizar el acto. Un Stivala laborioso (¿por qué siempre tenía fósforos si nunca se lo veía fumar?) que le había conseguido el guion del acto que estaban preparando en la otra escuela en la que trabajaba (una escuela “sensible”, “complicada”) y le había ofrecido –de paso– dirigir un coro de pregones. (Verduro, le había dicho, cantaba como una Xana.)

La Sala de Maestras, escenario frecuente de aquellos intercambios, era precaria. Una subdivisión de la Dirección que se conectaba con esta última por una claraboya abierta en lo alto de un tabique de panderete (glosario municipal, misterioso). La señorita Alelí había llevado hasta ahí las cartas. El final del recreo nos había depositado –jadeantes, acatarrados– en la hora de manualidades de la señorita Camorino (que tampoco, como los soldados a quienes estaban dirigidas aquellas cartas, tenía nombre). Las bolitas de papel crepe encoladas –en las manos de Hereñú, de Verduro, de Difiori–, operaban como una invitación al vacío. Y la cabeza de Verzseniasse como perturbadora desmesura: errar no era una propiedad de la trayectoria.
Anfibología (mot d’ordre) de la señorita Camorino –que era vieja como una princesa vikinga–: «Les voy hacer tragar el engrudo con los dedos». (¿Los suyos?)

Las maestras (incluida la señorita Camorino) habían desarrollado un lenguaje de señas para aludir a la señora Carmen Surche de Saa, en el que señalar la claraboya representaba un epíteto. Que los alumnos de cuarto grado leyéramos durante el acto algunas de las cartas que le habíamos escrito a los soldados era parte de su pasión (la de la señora Surche de Saa) por la alegoría urgente.
Uno de los fósforos de Stivala llameó cuando la señorita Alelí se palpó los bolsillos del guardapolvo. Se había calado el cigarrillo sin encender en los labios (después de humedecerlos) y del mismo modo, con la misma mano, se guardó un mechón de pelo detrás de una oreja. (Su instrumento –el de Stivala– era el cencerro.)
Con todo, la señorita Alelí leía (la aliteración es un manjar). Las cartas parecían trazar un círculo, remitir aquellas infancias (¿centrar un horizonte?) como si el destinatario de la marcha del compás fuera la aguja. Kitroser nunca se peinaba. Difiori podía succionar la tinta del canutillo de la birome. Abdenur tenía una hermana sonámbula. Ataide no sabía rezar. Turrin no sabía nadar. Verzeniasse había crecido dos centímetros. Hereñú tenía un perro epiléptico. Frangías odiaba usar cancanes de algodón. Milinchuk había cambiado una figurita de Dino Zoff, una de Jorge Valdano y dos de László Fazekas por una de Dirceu. Garcese decía que era hipermétrope. Pruneda se sentía a gusto con su risa. Foglioto tenía ideas muy precisas sobre los hechos más confusos. Ruttemberg tenía teléfono. Luciti quería parecerse a algo que no dejaba del todo de ser semejante a algo que ya se parecía.

Stivala una vez le dijo a la señorita Alelí que el arte de los nombres propios era menos una rama de la metafísica general que de la música. Que Dickens, por ejemplo, sabía tocar cuatro instrumentos (uno de ellos era el pífano). Pero ella con Stivala siempre fingía no tener oído. La primera vez que yo copié este poema de Philip Larkin todavía sabía escribir en cursiva:

Esto es lo primero
que yo aprendí:
el tiempo es el eco de un hacha
adentro de un bosque.

Ese recuerdo, por cierto, tampoco me pertenece.

1 Es cierto, la distinción entre onomatopeya e interjección (interiecto) siempre instala una paradoja: todas las onomatopeyas imitan la voz de los hombres, todas las interjecciones –que lo diga San Juan de la Cruz– un sonido de nuestra porción de Dios. Al margen de esto, recién ahora acabo de darme cuenta: los apellidos (los nombres) son onomatopeyas perfectas. Sonidos de un reino irreconocible.


2 En los dibujos de Luis Scafati ejemplarmente. Con los de Chichoni adoptaba una suerte de furor lactante.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Sebastián Menegaz (Córdoba, 1981) 

Escritor y cineasta. Publicó El espectáculo transparente (cuentos). Colabora en Hoy Día Córdoba (La calle de las librerías) y en el sitio de cine Con los ojos abiertos.

Narrador versátil y de bajo perfil, Menegaz utiliza con pericia técnicas experimentales que recuerdan a lo mejor de Laiseca y Dalmiro Sáenz.

 

 
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