La cárcel de Alabama

Relatos australes | Por Leandro Calle

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Una historia sobre la
perfección,
la rutina
y los actos
que definen
a una
persona

Conocí a Billy en una cárcel de Alabama. Estuve poco tiempo en Alabama y un domingo quien me hospedaba me comentó que trabajaba de voluntario en la cárcel y si la quería conocer. Le dije que sí. Muchas cosas me impactaron de la cárcel de Alabama. Bueno, yo nunca había estado en una cárcel así que todo era bastante nuevo para mí y muy diferente de las imágenes que se construyen en la cabeza a partir de las películas y de la televisión. Lo que más me impactó fue un negro que tocaba la guitarra en la celebración litúrgica. Todos los domingos los presos tenían derecho a juntarse en la celebración ofrecida por el pastor o el cura que se turnaban un domingo cada uno. Se juntaban las confesiones cristianas. Quien me llevó me aseguró que no podía perderme ese momento así que fuimos. Se cantaban spirituals y otros cantos religiosos pero en un momento que ellos llamaban de acción de gracias, un hombre negro tomó la guitarra eléctrica que descansaba apoyada en la pared, se sentó en un banquito y cantó un blues. Ese negro era Billy. Su voz provenía de las entrañas más hondas del alma o vaya uno a saber de dónde. Su voz no era buena, estaba como agrietada, cascada por los años pero poseía una dulzura inigualable. La cadencia de su guitarra, los punteos perfectos eran algo maravilloso. Cuando terminó de cantar, el silencio flotaba en la asamblea como una nube de vidrio.
Quise entrevistarme con Billy pero me dijeron que había que pedir permisos y que ese domingo estaban cubiertos los horarios de visita, así que decidí quedarme una semana más en Alabama y tratar de hablar con aquel guitarrista en mi pésimo inglés.
Por suerte pude visitar a Billy el martes por la tarde. Nos dejaron en una salita especial para estas cosas. Billy tenía un trato cordial con los guardias y todos parecían conocerlo y guardarle cierto respeto.
Billy me dio un fuerte apretón de manos y se sentó. Yo saqué mi libreta de periodista, porque no me permitían grabar, y anoté un título vago como para dar a entender que comenzaba un reportaje. En realidad yo sólo quería hablar con Billy.
La pregunta de rigor era por qué estaba acá pero ya sabía yo lo que decían todos. Que los negros mienten, que todos dicen que son inocentes y segregados por los blancos, etc. De todos modos, me dije que para un periodista no hay preguntas que no puedan hacerse y que en todo caso a Billy era muy probable que nunca más lo volviese a ver. Entonces pregunté con cordialidad por qué estaba en la cárcel de Alabama. Billy fue sereno y simple. Maté dos personas en un bar, me dijo, estaba borracho y las maté. Me dieron prisión perpetua.
Te vi tocar la guitarra en la celebración, le comenté por lo bajo cambiando el ángulo de la conversación. Billy esbozó una sonrisa y se frotó las manos. Sí, dijo, todos los domingos me dejan tocar la guitarra en el momento de la acción de gracias. No sé por qué razón pero ahí me tomé el atrevimiento de tutearlo y preguntarle si no había sido guitarrista. Por qué lo dice, me preguntó. Vamos, Billy, nadie toca así la guitarra como la toca usted, ¿no le parece? Billy volvió a sonreír y dijo, puede ser. Entonces, continué yo, usted era un viejo guitarrista de blues. No, no era un viejo guitarrista de blues. Yo era un joven guitarrista de blues. Ahora soy viejo. Cuénteme un poco más acerca de eso, me animé a decirle.
Billy permaneció en silencio un rato. Luego se levantó y llamó al guardia. Pensé que todo había terminado y que tal vez se había sentido ofendido por algún motivo. Oí que cuchicheaba en la oreja del guardia hasta que me dijo: venga, vamos a caminar un poco. Nos sacaron a un patio cerrado, espantosamente cerrado por el que Billy tomándome del brazo comenzó a caminar.
Yo tenía 25 años cuando maté a aquellos hombres. Hasta hoy me duelen sus muertes. Yo quería ser guitarrista y en parte lo era. Cuando llegué a la prisión no me permitieron tener una guitarra y pensé que mi vida se había terminado. Lloraba, golpeaba las paredes. No hablaba con nadie, le tenía miedo a todo. Nadie venía a verme porque soy huérfano. Salvo unos pocos amigos cuya amistad duró uno o dos fines de semana y luego nunca más los he vuelto a ver. Jackson, un negro viejo que vivía al lado de mi celda y que mataron hace un par de años en el baño, me habló por la noche para invitarme a la celebración litúrgica. Le dije que no era creyente, que no me importaba ni Dios ni todas esas mierdas. Pero Jackson me dijo que en la celebración tocaban una vieja guitarra eléctrica y que si él hablaba con el pastor podía hacer que yo alguna vez la tocara durante la celebración. Y así fue cómo desde hace más de treinta años, todos los domingos, participo de la celebración litúrgica. Al principio al pastor no le caí bien, pero toqué delante de él un blues y desde ese día soy quien canta en el momento de la acción de gracias.
Billy se quedó en silencio y me miró a los ojos. Oiga, me dijo, ¿no va a anotar nada en esa libreta? Efectivamente, la libreta estaba en blanco y yo absorto ante el relato de Billy. Le mentí que tenía buena memoria y que con un par de palabras disparadoras era suficiente. Se encogió de hombros. Aproveché para volver sobre el tema. Entonces, le dije, ¿Usted es un guitarrista? Uno es lo que hace, me respondió Billy. No hermano, no sé si soy un guitarrista. Voy a mostrarle lo que sé hacer. Y Billy llamó al guardia, otra vez le cuchicheó en la oreja algo y me dijo: vamos. Salimos por un largo corredor y llegamos a la cocina. Atravesamos la cocina repleta de grandes cacerolas y cucharones insospechados de tamaño para llegar a la panadería. Esto hago, dijo Billy, señalando con una mano, como si presentase a una señora, una canasta llena de pan hasta los bordes. Hago pan. Yo todavía no entendía cómo habíamos saltado de la guitarra al pan pero antes de que pudiera preguntarle algo, Billy me empezó a mostrar la panadería. Lo hacía con una alegría enorme. Cuando recién llegué a la cárcel, me dijo, me destinaron al área de cocina y un año después a la panadería. Hace treinta años que hago pan. Temí aburrirme, porque aquí se hace siempre el mismo pan. Más o menos las mismas cantidades y bajo los mismos criterios. Al sistema carcelario no le gusta mucho la innovación. Solamente para navidad o la fiesta de acción de gracias hacemos otro tipo de pan y panes dulces. Por lo general hacemos siempre este pan redondo que ve usted aquí. Billy tomó uno entre sus manos y me lo dio. El pan todavía estaba tibio. Le pregunté si podía probarlo y me respondió que por supuesto. Era un sabor normal, a pan común. Era rico y al mismo tiempo simple. Era pan.
Con el tiempo, dijo Billy, uno empieza a buscarle la vuelta al pan. Hubo etapas de tedio, de melancolía y hasta le diría de hartazgo. Una noche en que me masturbaba solo en mi celda pensé en pedir un cambio. Usaría todas las artimañas que aquí pueden usarse, incluso pagar a algunos guardias para cambiar de profesión. Fue en ese mismo momento en que decidí hacer todo lo contrario. Y me dije a mí mismo que iba a ser todos los días el mejor pan. Usted no se imagina cuántas cosas uno puede encontrar cuando empieza a hilar fino. Claro, uno tiene mucho tiempo. Hace treinta años que hago pan. He tenido que sobornar a guardias y a presos porque después eran ellos los que querían que yo cambiara de lugar. Conseguí quedarme hasta hoy. ¿Sabe cómo lo conseguí? Fue una vez que me enfermé. Me dio una gripe fuerte y estuve una semana con fiebre. Los presos se quejaron de que el pan esa semana no era el mismo, que tenía un gusto asqueroso. Volví a la panadería y todo volvió a la normalidad. Y aunque usted no lo crea esto tiene mucho que ver con la guitarra. Levanté las cejas sin interrumpirlo pero mostrándole mi estupefacción. Billy continuó. Hice lo mismo con la guitarra. Comencé a tocar siempre la misma canción todos los domingos. Hace casi 30 años que toco la misma canción para el momento de acción de gracias. He tratado cada domingo de encontrarle una mejor afinación a cada acorde, de pronunciar cada vocal como debe pronunciarse. He encontrado matices insospechados. Es la misma canción que usted escuchó el domingo pasado. Mire, de paso le cuento una anécdota. Por buena conducta hace dos años, salió Morgan. Fuimos compañeros con Morgan unos 15 años, él tenía una pena menor que la mía. Morgan es muy creyente. Durante el primer año que estuvo libre, pidió permiso en la cárcel para poder volver a la celebración litúrgica de los domingos. Decía que necesitaba solamente escuchar mi blues en el momento de acción de gracias. Supe también por otro hermano negro, que les hacía robar a los guardias un poco de pan en la cocina y se los compraba por unos cuantos dólares. Se llevaba pan para toda la semana. Morgan nunca me dijo nada y yo nunca quise preguntarle nada. Hace un año que ya no viene más. Calculo que habrá muerto o se habrá mudado a otro estado por trabajo.
Mientras Billy me contaba todas esas historias, me di cuenta de que me había devorado entera la hogaza de pan. Llévese otro, me dijo Billy escondiéndome en el bolsillo del saco un pan redondo.
El guardia hizo una seña como diciendo que ya había pasado mucho tiempo. Volvimos a la sala de visitas. ¿Necesita algo?, le pregunté a Billy, ¿puedo hacer algo por usted?
Billy me miró tiernamente y me dijo que rezara por él. Nos dimos un apretón de manos y lo vi desaparecer por una puerta de rejas color crema.
En la libreta había anotado las siguientes palabras disparadoras: prisión de Alabama, Billy, guitarra, blues, pan, rezar.
Recuerdo que me tiré a descansar en la cama de la pensión. Creo que hacía mucho calor y tenía la cabeza embotada. Me saqué el saco y bajé para comer algo en la misma pensión. Pedí el menú del día. Era una especie de guisado que llegó con una jarra de cerveza y un poco de pan. Un pan que me supo verdaderamente espantoso.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Leandro Calle (Zárate, 1969) 

Poeta y traductor. Reside en Córdoba. Docente universitario. Sus últimos libros de poesía son: entonces (Alción Editora, 2010). Blasfemo (Alción Editora, 2013), animalia urbana (Dínamo poético, 2014), elijo (Alción Editora, 2017) y país (Alción Editora, 2018). Cuatro de sus libros fueron traducidos al francés por Yves Roullière bajo el título: Une lumière venue du fleuve et autres poèmes (Ediciones Atopia, 2016 y Recours au poème, 2015) Como traductor ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi de Argelia y Gabriel Okoundji del Congo (Brazaville). Dirige para Alción Editora la Biblioteca de autores y temas marroquíes y para Editorial Babel los Clásicos de Babel. Es colaborador de HOY DÍA CÓRDOBA a través de su columna “El centinela ciego”.

Erudito, traductor, editor, docente nato y uno de los promotores culturales más relevantes de Córdoba, Leandro Calle destaca con exquisitez tanto en la prosa como en el verso.

 
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