Visigodos

Relatos australes | Por Ricardo Romero

 Escuchá este relato en su versión audiocuento


¿Cuánto vale una palabra cualquiera? En este relato se exploran los horrores de un modesto pacto con secuelas imposibles de dimensionar 

1

Funes no era un hombre particularmente desconfiado, así que cuando ella le dijo quién era y de dónde se conocían, él le creyó y la invitó a sentarse en su mesa y, más tarde, a meterse en su cama y en su vida. Pero eso, a pesar de su corazón simple y sin dobleces, no duró mucho. Cuanto más tiempo pasaba con ella, más difícil le resultaba aceptar que fuera la misma mujer de la que había estado enamorado dieciocho años atrás. Se llamaba Dolores, igual que aquella, y era parecida, era casi igual a aquel viejo amor, pero ese casi era una grieta que crecía y se ensanchaba a medida que la relación progresaba. Además de no ser desconfiado, Funes era un hombre juicioso, y por eso le costaba entender que alguien quisiera hacerse pasar por otra persona sólo para estar con él. Tenía ya cincuenta y nueve años que no aparentaba, y si bien vivía con comodidad, sus ingresos como corrector de un diario no eran especialmente tentadores. Nunca le había hecho daño a nadie, y no podía imaginarse que alguien quisiera hacerle daño a él. Pero cada vez que la miraba con atención, algo se demoraba en llegar o llegaba demasiado rápido, algo en su cara que no era el paso de los años, sino tal vez todo lo contrario.
Un día Funes decidió ponerle fin a su duda, pero sólo logró ponerle fin a la relación. Era una tarde fría de invierno y ocupaban la mesa de siempre en el café de siempre. Él empezó hablando de lo rara que era la gente en la intimidad, y terminó hablando de lo raro que se sentía él. Ella le preguntó por qué se sentía raro y él sólo atinó a decir “por vos”. Se miraron. Funes creyó haber dicho otra cosa, creyó que ahora ella le diría la verdad, pero ella se limitó a sonreír y a asentir frente a una misteriosa corazonada. Lo tomó con calma, y lo único que le pidió fue que le regalara algo que le sirviera para recordarlo. Él, en la delicadeza de esos momentos y confundido por el rumbo que había tomado la conversación, le dijo que sí. Ella le pidió una palabra. ¿Una palabra? Sí, una palabra, una que no vas a poder usar nunca más. Él no se asustó, pero no pudo dejar de ponerse alerta. ¿De verdad quería terminar con esa relación? Está bien, dijo, ¿qué palabra querés que te regale? Visigodos, dijo Dolores, y su boca se demoró por un segundo en el “go” y en el “dos”. ¿Visigodos?, dijo él. Sí, dijo ella. ¿En plural o en singular? Es una sola palabra, es la misma. No, dijo él, una cosa es pelear contra un visigodo y otra cosa es pelear contra una horda de visigodos. Es lo mismo, te matarían igual, dijo ella, y él tuvo que aceptar que tenía razón. Decila por última vez, y después dámela, pidió ella al rato. Vi-si-go-dos silabeó él, sin atreverse a burlarse del todo. ¿Lo disfrutaste? preguntó ella. Sí, le respondió él, aunque no sabía si se refería a la relación o al paladeo final. Después, Dolores lo besó en la frente le dio las gracias y se fue.

2

Las primeras semanas posteriores a la separación, Funes anduvo como aturdido. No sabía si había querido separarse o no, no sabía de quién había querido separarse o no. Por eso no pensó mucho en la palabra que había regalado, hasta que una noche en la que hacía horas extras por la enfermedad de un compañero, solo en la sala de correctores, se encontró con que algún periodista entusiasta de la sección de deportes había comparado a la selección de fútbol española con la estirpe de los visigodos. Único bajo la lámpara de su escritorio entre escritorios a oscuras en el inmenso salón en silencio, se tapó la boca. Sin pensarlo tachó la palabra y puso “con la estirpe de las legiones del Cid Campeador”. En el silencio de la madrugada pudo escuchar los latidos delatores de su corazón, se sentía un criminal. Ya en su casa no pudo dormir, y la palabra le aparecía refulgiendo debajo de su tachón. Al otro día, mientras mojaba la medialuna en el café con leche y revisaba los sucesos nocturnos, se sorprendió preocupado por esta pérdida, porque de pronto sintió que había perdido algo. Ahí empezaron los problemas. No recordaba haber usado esa palabra en su vida, pero ahora de repente se le aparecía escrita en su cabeza de todas las maneras posibles, y parecía pertinente en todas las conversaciones y en todos los textos que tenía que corregir. Podía escuchar el rasguido de una birome, el tecleo de una máquina de escribir, el motor de un avión dibujándola en el aire. Vi-si-go-dos, Visivisi-godosgodos, Vi-si-gggooodos. Una niña andando en bicicleta dentro de una burbuja bajo la luz de la luna. Y la niña era ella, claro, Dolores la visigoda. Funes era un hombre supersticioso, un moralista, por lo que en ningún momento se le ocurrió pensar que esa palabra podía volver a salir de sus labios sin que eso lo colocara en el camino sin retorno de la ignominia. El sólo hecho de pensarla ya le dolía, pero eso no podía evitarlo. A partir de allí, visigodos no sólo fue el pedalear de una niña dentro de una burbuja bajo la luz de la luna, sino también el estruendo del lento derrumbe de su vida.
El tiempo pasó. Pero el tiempo se había vuelto visigodo y las cosas a él ya no le salían tan bien como antes. Siempre se había caracterizado por su mansa cordialidad, su facilidad de palabra hablando poco, sólo lo necesario, su cara de buen tipo. Eso le había permitido desenvolverse en la vida sino con éxito, al menos sin problemas. Pero de pronto parecía distraído, nervioso. Justo cuando tenía que mostrarse seguro y firme para convencer a alguien, su sonrisa temblaba y terminaba tartamudeando. La palabra, la muy insidiosa, le aparecía en los momentos más inoportunos, esperaba agazapada, de pronto le saltaba a la boca y él tenía que morderse la lengua para callar. Y se la mordía en serio. Entre ése constante masticarse la lengua y el sueño cortado lleno de niñas en bicicletas dentro de burbujas lunares, bajó varios kilos, se puso pálido y sus ojeras se ennegrecieron. Una madrugada, cuando estaba preparándose para salir del diario, su jefe lo llamó para preguntarle qué le estaba pasando. Iba a decir que nada, que estaba un poco cansado, que no era para preocuparse y que ya estaba tomando unas vitaminas, pero cuando abrió la boca pudo sentir cómo los dientes se le apoyaban en el labio inferior formando el “vi...” que inauguraba la catástrofe. Ante el desconcierto de su jefe, se mordió la lengua y se tapó la boca. Una lágrima enorme bajó lentamente por una de sus pálidas mejillas. Dos meses después lo jubilaron.
Sin embargo, después de treinta años de corrector, nadie podía esperar que dejara de corregir de un día para el otro. Por eso Funes se levantaba a las dos de la madrugada y salía a buscar en el centro de la ciudad el primer diario. Lo compraba y entraba en algún café y ahí se quedaba hasta el amanecer, corrigiendo el diario entero. Se podría haber contentado con corregir sólo una sección, como lo hacía habitualmente cuando trabajaba, pero la sospecha de que en alguna parte del diario lo acechaba esa palabra, lo obligaba a leerlo de punta a punta. Pero la palabra no aparecía, y quién sabe a dónde hubiese terminado Funes, si no hubiese corregido también los clasificados. En el rubro 59, entre tantos avisos, con los ojos irritados y el alma como un café frío, encontró uno que le prometía todo lo que él quisiera, a cualquier hora del día, y él le creyó. Estaba amaneciendo y desde el teléfono del bar llamó al número que figuraba. Una voz de mujer dormida le dijo la tarifa y le dio la dirección. Estaba a dos cuadras de ahí, en Av. De Mayo al 800. Funes recorrió esas dos cuadras bajo el temblor frío del amanecer tratando de recordar la última vez que había rezado.

3

Era un pedido extraño, a todos luces inofensivo, y sin embargo, a ellas les parecía que eso encarecía su servicio. Simplemente tenían que pronunciar esa palabra mientras complacían las variantes poco imaginativas de su deseo, pero eso casi duplicaba el precio. Él lo pagó desde el principio, sin regatear, y con el paso de los encuentros tuvo que reconocer que lo valía. “Visigodos, visigodos, sí, visigodos” decían ellas, y él escuchaba embelesado. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo ignorando esa palabra? Estos encuentros le dieron cierto equilibrio. La palabra en boca de ellas agotaba sus posibilidades, al menos por unas horas. Se volvió el mejor cliente de varios saunas céntricos, y de dos putas a domicilio que había encontrado en los clasificados. “Visigodos, visigodos, visigodos, visigodos.” Con los ojos abiertos podías verlas oscilar encima de su cuerpo, y sus tetas se sacudían como siguiendo la música de tambores africanos que salía de sus bocas. “Visigodos, visigodos, visigodos, visigodos”. Con los ojos cerrados, volvía a verla a ella, la niña incansable pedaleando dentro de una burbuja bajo la luna lejana.
Con el tiempo disponible de un jubilado, se alejó de todos los ámbitos por los que solía andar, y empezó a pasar días enteros en los prostíbulos donde lo dejaban.
Y de pronto la palabra dejó de ser una palabra. En boca de las sucesivas mujeres se volvió un gemido, un quejido de terodáctilo. “Visigodos, visigodos”, gritaban mientras aleteaban sobre él, y a él lo invadía un miedo nuevo y maravilloso. “Visigodos, visigodos”, carcajeaban las mujeres que ya no eran mujeres. En la oscuridad del cuarto, bajo la tenue luz roja de una lámpara de fantasía en un hotel alojamiento, ellas mostraban el chisporroteo de sus alas, la ferocidad de sus manos atrapando el aire o las sábanas. En el borde de los grandes espejos, más de una vez sorprendió sus miradas extrañadas. Lo miraban ir al baño como si no estuvieran seguras de que lo que acababan de tener fuera sexo. Mientras los encuentros se seguían sucediendo a cualquier hora del día o de la noche, él también dejó de estar seguro.
Hasta que un día, el día que cumplía 61 años, al llamar a uno de sus servicios favoritos (tres jóvenes que vivían juntas, supuestas estudiantes de letras), la que lo había atendido gritó algo que él tardó en entender: “Lola, te busca el Visigodo”, escuchó perplejo el hombre que alguna vez se había llamado Funes, del otro lado del tubo. Horas más tarde, cuando se encontraron, Lola le sonrió como siempre, pero esta vez Funes supo que le estaba sonriendo al Visigodo. Esa noche, después de que Lola se durmiera, el hombre que alguna vez se había llamado Funes se paró desnudo frente al espejo del cuarto. Su cuerpo flaco y envejecido parecía duro. Bajo la luz esquiva y tramposa de la habitación al viejo Funes le resultaba más extraña la palabra “Funes” que la palabra “viejo”. Se miró largo rato, y en algún momento aceptó que algo había terminado y tenía que despedirse. “Chau, Funes”, dijo, y le regaló su propio nombre al reflejo para que se lo llevara. No lo creyó del todo, pero supo que terminaría creyéndolo. Mientras el Visigodo volvía a la cama, Funes se alejó en el espejo. El Visigodo se acostó, y antes de dormirse alcanzó a preguntarse qué habría sido de ella, de Dolores, la niña en la burbuja, de qué manera habría utilizado esa palabra que poseía dos veces, si le habrían crecido alas de terodáctilo, si habría llegado a la luna o no. No lo sabía, y no saberlo le pareció la forma más perfecta del amor. Lola en sueños buscó su cuerpo y lo abrazó. El Visigodo buscó en la cara de la muchacha dormida algo conocido, y sin encontrarlo se durmió pensando que al día siguiente compraría una bicicleta y se la regalaría.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones 


Ricardo Romero (Paraná, Entre Ríos, 1976)

Licenciado en Letras Modernas (UNC). Desde 2002 vive en Buenos Aires. Fue director de la revista de literatura Oliverio (2003 y 2006). Publicó el libro de cuentos Tantas noches como sean necesarias (2006) y las novelas Ninguna parte (2003), El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009), Perros de la lluvia (2011), El spleen de los muertos (2013), Historia de Roque Rey (2014), La habitación del Presidente (2015) y El conserje y la eternidad (2017). Junto a Luciano Saracino escribió el guión para la película Necronomicón (2018). Su novela Yo soy el invierno ganó en 2017 el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Es editor de Gárgola Ediciones, donde dirige la colección “Laura Palmer no ha muerto”, y de Negro Absoluto, colección dirigida por Juan Sasturain. Dicta cursos en la Biblioteca Nacional y es docente en la Universidad Nacional de las Artes. Ha sido traducido al inglés, al portugués, al francés y al italiano.

Escritor de prosa directa y temática inquietante, Ricardo Romero sabe cómo mantener el interés y la tensión en la lectura como pocos narradores del panorama nacional.

 
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