El pecador honesto

Relatos australes | Por Nelson Specchia

Escuchá este relato en su versión audiocuento


Una fábula sadiana que no defraudará
con su giro final al lector más sagaz

Mi estimadísimo padre abate:

Hace unos minutos se han ido los médicos, después de realizarme un último sangrado con las sanguijuelas; chuparon hasta quedarse hartas y gordas como morcillas, pero no han extirpado de mis venas el mal que me corroe: los facultativos dudan de que pase de esta noche, y he decidido ocupar mis últimas energías para dictar esta misiva, confesándome con usted en los momentos postrimeros, y rogándole que, al escucharme esta vez como lo ha hecho tras las rejillas del confesionario durante casi cincuenta años, sea hoy tan indulgente como durante este largo medio siglo en que ha absorbido mis pecados y me ha impuesto las penitencias que los redimirían.
Aunque le advierto, mi querido abate, que su paternidad deberá extremar la caridad que supone su oficio, porque me dispongo a revelarle un secreto que he llevado conmigo en exclusiva durante todos estos años, y que lo involucra a usted directamente y a esas largas sesiones de expiación y remordimiento que hemos sostenido en el cubículo oscuro del confesionario de la abadía.
Tenga en cuenta al leer este descargo, amadísimo padre abate, que en todos los casos mis intenciones fueron honestas y buenas, aunque los medios fueran tortuosos: como usted mismo me aleccionó tantas veces, los caminos del Señor son inescrutables.
Hago, pues, mi descargo, y espero que su indulgencia me alcance, aunque llegue post mortem.
Ave María, Purísima, sin pecado concebida. Yo, padre, confieso que he pecado. Recordará seguramente usted aquella tarde, en que llegué consternado: los dos últimos domingos había accedido a vuestro cubículo y no había descargado de mi alma nada importante, lo que impidió que usted me impusiese ninguna penitencia, habida cuenta de su estricto sentido de la justicia y de su equilibrio al momento de penalizar, en nombre del Altísimo, las flaquezas en esta tierra.
Así pues, después de aquel período un tanto inane en materia de faltas, llegué a vuestra paternidad y le narré, con detalles, cómo había ejercido mi derecho de pernada con Rosalía, la última de las hijas del molinero Abel, que iba a casarse aquella misma tarde con Tencho, el mozo de cabras del fundo; le expliqué cómo la joven gritaba como un cerdo pequeño en el momento del degüello al ser penetrada por mi miembro, y que tuve que castigarla en la cara y en la cabeza en un par de oportunidades para poder acceder a ella, según manda la costumbre. Con ecuanimidad, usted sopesó mis acciones y me censuró el hecho de haberle provocado un sangrado en el labio como efecto de los golpes, y me impuso el rezo de cinco padrenuestros.
También estuvo –hace de esto algunos años ya, pero su memoria es fértil, lo sé- aquel domingo en que le confesé haber arrasado con el fuego las quintas de los hijos de Juan, el carpintero, que se habían instalado sin autorización en las márgenes del arroyo, y que como producto de los incendios había muerto el mismo Juan, que se metió imprevistamente a intentar apagar las llamas de la ranchada. Aquella vez el castigo que usted me impuso fue grave –había, se comprende, una muerte en medio- y me obligó a escuchar misas matutinas, de rodillas, durante una semana completa.
Algún tiempo después de los incendios en las quintas de los Juanes, le confesé los fustazos que, como en un juego de hombres rudos, le propinaba a mi mujer en las nalgas, cuando nos retirábamos por las noches a los aposentos privados, dado que los chirlos de las lenguas de cuero de la fusta sobre la rosada piel de los glúteos de la fémina parecían darme un placer sensual.
Le describí cómo aquel juego había ido escalando proporciones, y mi esposa ya tenía serias dificultades para caminar. Su pena, entonces, fue de orden pragmático: me impuso que dejara de marcar con fustazos las piernas de mi mujer durante una luna entera, y que, cuando volviese a hacerlo, cuidara de castigarla con un látigo mojado, para que, haciendo el mismo efecto, al menos no dejara marcas tan profundas.
Y más dura aún fue la penitencia aquella vez –su rostro, lo veía a través del enrejado de la mirilla del confesionario, se había perlado de sudor y teñido con la palpitante sangre de la justicia divina bajo la piel- en que me ordenó abstenerme de comer carne y tomar vino durante un mes, en castigo por haber cedido a la fuerza del demonio meridiano al mantener –subido en un banquito de tres patas- relaciones carnales contra natura con Yaga, mi yegua zarca, tan blanca como una espuma de azúcar, que reina sobre toda la tropilla de mis caballerizas.
Fueron muchas, en tantos años, mi judicial abate, las historias que hube de trasmitirle en el encierro en penumbras del confesionario: tantas como las penas de expiación que su imaginación justiciera me devolviese... tenía intenciones de listarlas aquí, en este testimonio postrimero, pero el sangrado de sanguijuelas me ha afectado: ya siento que mis fuerzas me fallan. Las doy, entonces, por recordadas, porque me consta que los años no han opacado la lucidez de su memoria, que mantiene la limpieza de una mañana de verano.
Usted recuerda todas mis confesiones, y yo me veo empujado a usar el breve tiempo que me queda para hacerle una última. Y que Dios me perdone, aquí va: ninguna de todas ellas, duro abate, ocurrió en verdad.
Jamás toqué la piel de mi esposa con ningún objeto distinto a mis manos ni con más fuerza que una caricia de terciopelos; jamás incendié ninguna quinta, y ahí están los Juanes, recogiendo manzanas y ciruelas en las veras del arroyo; jamás ejercí el derecho de pernada (ni con yegua ni con mujer ni con nadie), y el primogénito de María y Tencho es uno de mis ahijados más amado. Y tampoco pasaron ninguno de los tantos otros pecados que durante medio siglo encerraron las húmedas maderas del confesionario.
Pero, amadísimo abate, ¿qué podía yo hacer…?
Si no le confesaba aquellas atrocidades, usted se veía impedido de ejercer su perdón, como esas primeras semanas en que llegó a la abadía y mi flaca cuenta de crímenes lo defraudó. Si la inocencia de mi vida llana y banal le cerraba a usted el camino de su ministerio, entonces debía yo hacer algo para que su capacidad de desatar los nudos de este mundo pudiese ponerse en práctica: así fue como me puse a inventar nudos.
Si hasta hubo necesidad de que existiera un Judas para que la profecía de la Salvación se completara, quizás debía existir un falso pecador como yo para que la misión profética de perdonar en Su nombre también se completase. Perdone, pues, una última vez los falsos nudos de un hombre honesto, et ora pro nobis peccatoribus...

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones


Nelson Specchia (Las Breñas, 1964) 

Escritor chaqueño radicado en Córdoba. Ha publicado el libro de cuentos La cena de Electra (Edhasa), y está en prensa el volumen Un vaso sin whisky entre las manos (Hojas del Sur). Ha publicado una serie de libros de ensayos, el más reciente es Dichos y quebrantos, crónicas internacionales 2011-2019 (Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba). De sus poemarios, los últimos títulos aparecidos son Otras geografías; Ritos de paso (ambos en Alción); y Diálogos con demonios (Borde perdido); para este año se anuncia Mientras los veranos mueren (Ediciones del Dock).

Hombre polifacético en sentido renacentista, Specchia es ante todo un escritor e incansable viajero, de calibre capaz de transportar al lector a tiempos y lugares lejanos a través de la palabra, como si de una alfombra mágica se tratara. El presente cuento fue preparado para ser leído públicamente en el festival Filba, de La Cumbre, 2019.

 

 
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