Que me juzguen los alienígenas

Relatos australes | Por Viana Debret

Un texto pícaro y juguetón  que juega a las escondidas con la posibilidad de una trama mientras nos convida con una bandeja de manjares metaficcionales.

La ficción no es una oportunidad para hablar sobre uno mismo.
¡Qué desperdicio usarla para confesarnos!
¿Confesar qué, además? Somos tan poca cosa que nuestra confesión no vale nada, somos tan poco originales que nuestros crímenes se parecen; ¿y quién querría leer sobre nimiedades que le pudieron haber pasado?
Bueno: de esos también hay.
Es mundo extraño: no hay abominaciones que no tenga fanáticos; no hay bondad que no encuentre detractores.
Pero volvamos a la ficción: es más bien un momento estético: lenguaje y música maridando con felicidad. Por eso me entusiasmó la idea de escribir un cuento para el diario. Me pareció una comunión de dichas: ganaba la obligación de producir un momento estético y con ella el propio momento estético, y también (de paso) los lectores: escribir es un acto solitario, y las páginas urdidas, por más bellas que sean, suelen quedar en un cajón sin nadie, o si llegan alguna vez a ser libro, es después de mucho tiempo, cuando la emoción de la escritura ya se enfrió hace años, y uno, en tanto escritor, ya está en otra cosa y con suerte si apenas recuerda la anécdota detrás de la cruzada literaria, si es que para entonces ya no maduramos, y comprendemos aquél absurdo tiempo como un infantil desliz diletante.
Pero yo qué sé si alguna vez seré digno de entender lo que hago, y por fin dejarlo de lado. Entretanto, tengo esta página enfrente mío. Y el deber de hacer algo con ella.
Gracias a la propuesta del editor del diario yo produciría un momento estético que sería recepcionado muy pronto (en seguida, la semana que viene) por los lectores del diario, que eran fieles y lo leían cada día. Los enigmas tortuosos de la escritura (¿para qué escribir? ¿quién me lo va a publicar? ¿quién va a leer esto?) se resolvían solos.
Salvo, por supuesto, por un asunto menor, que como muchos asuntos menores, se vuelven, llegado el momento, cruciales e insalvables.
Yo no tengo idea de cómo se escribe un cuento.
No sé ni por dónde empezar.
Me doy cuenta ahora, o más bien lo reconfirmo. Estoy frente a la página en blanco, y nada. No pasa nada. Nada cuentístico al menos. Porque pasan otras cosas, todo el tiempo están pasando cosas, pero a esta página vacía no le importan, o en todo caso se sirve de ellas para seguir vacía, inmaculada.
Y no, no se trata de una cuestión de inspiración. La inspiración no existe, es una zoncera espiritual, y el espíritu tampoco existe: todo es un gran complot de excusas que se confabulan entre sí para que no hacer lo que hay que hacer tenga sentido. Mi falla es una cuestión de técnica. El cuento es una forma que me abandonó.

Lo raro de todo, lo que me asombra de verdad es que yo creí que era un cuentista. ¡Estaba convencido! Claro que se trata de una creencia muy vieja, que dejé guardada en mí y que no me preocupé en actualizar. Cuando empecé a escribir, hace 20 años, solo escribía cuentos, todo el tiempo, sin parar, cientos de cuentos, muy calculados, de relojería, todo lo que veía se me volvía excusa para un cuento, y de repente, hace 10 años, algo viró, y no escribí ni un cuento más.
Escribí novelas. Y eso vengo escribiendo desde entonces. Todo lo que veía se me volvía novelizable, incluso los cuentos, que se me expandían y alargaban hasta no funcionar como cuento, sino como novela o como nada. En su momento también me pareció raro, porque yo pensaba que la novela era un monstruo inabordable. Me gustaba leerla, pero la sentía imposible para mí: demasiado vasta, demasiado incapturable. Lo raro me es frecuente: creo que soy algo, y se me hacen familiares las cosas que me frecuentan, y de repente eso cambia y me veo forzado a entender que soy otra cosa, nunca sé bien qué, pero en todo caso algo diferente de lo que creí que era. No sé si esto que escribo tiene algún sentido, pero en suma la falta de sentido es un sentido también.

Fue con naturalidad que dejé de escribir cuentos, y ni siquiera me lo plantée mucho. Las novelas, mal que mal, crecían, y yo creía, de un modo no del todo consciente, sino como un saber íntimo que nunca había puesto en tela de juicio, que mis cuentos estarían ahí, esperándome para cuando yo los necesitara, y que si quería escribir un cuento no tenía más que sentarme a escribir un cuento: los antiguos saberes que me habían habitado se despertarían.
¡Minga!
Nada se despertó y escribí mal y poco y sin asistencia de ningún saber.
Y abandoné.
Todos estos años leí montón de cuentos, y me asombró corroborar que no sirvieron de nada, no para escribir, al menos. Leer cuentos entrena en la lectura de cuentos, y no en su escritura, del mismo modo que ver muchas peleas de box entrena en ver peleas de box, y refina la mirada crítica y la comprensión del deporte, pero si uno sale a trompearse lo más probable es que lo fajen fuerte, porque para saber boxear hay que boxear y no ver boxear: para escribir es preciso escribir: la escritura es el ring de la escritura y la lectura en todo caso las reglas que tenemos que atender para subir al cuadrilátero.
Así me fajaba la página en blanco, así sufría el flagelo de la idiota y vana confianza en una disciplina que estaba por completo en mi pasado, y que no tenía ya nada que ver conmigo: ¿qué estoy haciendo ahora? No tengo idea. Si tan solo hubiese podido pergeñar un buen título para esto antes de empezar a escribir… las ideas, la trama, todo se desprendería de ese título perfecto, y cuando yo estuviese sin rumbo no tendría más que ir y mirar el título, paladearlo en mi boca y mi prosa vislumbraría la dirección a seguir.
No es el caso: si todo sigue fallando este cuento se va llamar como la última línea que escriba.

Igual, a la hora de confesar (ya sé lo que dije sobre las confesiones, pero, ¿quién puede controlar la escritura? Las cosas se escapan, se derraman de no sé dónde en la escritura, usan la escritura como puente y se fugan a través de ella y quedan dichas sin que yo ni nadie hubiese querido jamás pronunciarlas; además, que yo diga que la confesión es el camino errado no significa que no sea mi camino), decir como digo que las novelas crecían es, en efecto, una forma de decir. Lo que crecían eran las páginas. El balbuceo, la errancia en el lenguaje. Y como la novela puede hacerse cargo de todo (por no decir que es cualquier cosa, o al menos una forma que puede contener dentro de sí todas las formas) digo que la novela crecía, porque, escribiese lo que escribiese, siempre tenía la esperanza de meterlo dentro de una novela, a pesar de que lo que escribía eran páginas, o más bien líneas, y la novela era un platonismo que me amparaba: era una forma en el futuro: confiaba que la trama iba a aparecer (quizás como vos ahora, lector decepcionado, confiás en que algo pueda ocurrir antes de que termine este “cuento”: dejame desilusionarte rápido: estas cosas hay que decirlas como se saca una curita: no, no va a pasar nada. O nada que valga la pena, al menos, nada que justifique el tiempo perdido, pero bueno, ¿qué estabas haciendo de todos modos? ¿qué era tan importante que hace indispensable que estas páginas frente a vos tengan algún tipo de gloria como para justificar que te detuviste en ellas? Creeme, habrías encontrado alguna forma de perder el tiempo igual: eso es lo que todos hacemos: llegamos, decimos cosas sin sentido, y después estamos muertos para siempre; al menos podés apreciar que te dije la verdad, y no hay muchos textos que se tomen ese trabajo: no deberías guardar ninguna expectativa sobre lo que sigue, aunque, ya sé, ya casi te escucho, la verdad es un procedimiento literario, y yo no podría decírtela aunque la conociera… en fin, después de este largo paréntesis sigamos como si no hubiese pasado nada) y yo confiaba que cuando la trama apareciese daría marco y contexto a mi palabrerío.
Bueno, eso todavía puede ocurrir.
Estemos atentos.
Me pregunto a veces si no hemos estado escribiendo una literatura deshonesta.
Ya sé, la honestidad no es un valor literario, pero lo que quiero decir no tiene que ver con eso. No digo que tenemos que ser sinceros con lo que escribimos, pero quizás menos temerosos con los símbolos que administramos. La literatura tiene sentido: es una unidad donde las cosas funcionan de algún modo. La vida no. Y si le damos sentido a la literatura, entonces. ¿no estamos engañándonos, no estamos huyendo de la vida, y de la verdad de la vida, no estámos buscando distraernos del sin sentido de todo construyendo pequeños sentidos para divertirnos y pasar el rato? No sé. No vine con certezas hasta acá. Ni siquiera vine con una trama. Quizás solo me estoy justificando. La vida no tiene sentido, esto no tiene sentido: mi balbuceo alcanza un valor, ya no estético, pero sí el de representar cierta falibilidad de ser, del cosmos, y de la garganta del abismo en el que somos regurgitados en vano, antes de que la nada nos borre.
Si me proyecto fuese representar el sinsentido de las cosas todo esto sería rimbombante y pretencioso.
No lo es.
¿De qué proyecto me hablan? Soy la pared en la que el sonido incomprensible del vacío rebota, el eco del eco de la inutilidad del cosmos. Es como si estuviese en un barco que va a ninguna parte. Claro, yo también voy a ninguna parte, con el barco, porque no tengo remedio. Y entretengo mi desesperación con garabatos: si los garabatos son bellos, si se ensamblan en cierta estética, si tienen sentido, entonces estoy siendo falso y desleal con mi destino, un impostor, un canalla; en cambio, sin mis garabatos son insensatos, feos y carecen de todo sentido, bueno, entonces es culpa del barco.
Y del cosmos y de la nada contingente.
Bah, nada es tan vasto.
Somos máquinas que fallan mucho antes de ver el cosmos.
Estoy acá, acodado en este escritorio viejísimo, anotando palabras frente a una ventana que da a un edificio horrible, en una calle de un barrio intrascendente mientras bebo un whisky de oferta y cada tanto cabeceo y busco el cielo para distraerme del fiasco de este cuento mirando las estrellas pero no las veo, porque el cielo queda detrás del edificio horrible que tengo enfrente: ¿qué tengo yo que ver con el cosmos?
Siempre es así, ¿no? Las cosas horribles cerca y enormes, tapan las cosas bellas que quizás están detrás, y que por no haberlas visto, soñamos.

 
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