Roberto se ha ido

Relatos Australes | Por Ildiko Nassr

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Dos relatos sobre la paradoja de la ausencia
que no es tal y la imposibilidad de comunicarse
genuinamente dentro de los vínculos más íntimos

Busca y empieza a sacar cosas de su bolso: papeles, cosméticos, la agenda, un libro. Va dejando las cosas en el piso.
¿Dónde estará Roberto? ¡Roberto!, grita, apuntando hacia adentro. No se oye más que el silencio anterior a sus palabras.
Vuelve a gritar, sin dejar de revolver en la cartera. Saca la billetera, una bolsita con papelitos y envoltorios, chicles.
¡Roberto! Carajo, contestame.
Encuentra el llavero. Se agacha hasta la cerradura, pero no puede insertar la llave. Hace varios intentos.
Ay, por fin. ¿Qué pasa ahora?
La puerta no se abre. Está trabada con algo.
Lo que me faltaba. Que se haya metido un sapo y se haya quedado atorado entre el piso y la puerta. Siento lo que, a los ocho años, cuando se quedó atorado un sapo en la puerta de la casa de las tías y yo no podía entrar. Insistía e insistía. Y nada. Lloré y grité y nadie me escuchó. Creo que de ahí viene mi miedo a los sapos. Pensar que Roberto me decía que era cosita de nada. ¡¿cosita de nada?! ¡Cómo se ve que nunca sentiste miedo! Tonta, me decía. En la ciudad no hay sapos. ¿Cómo que no? El otro día, pisé un cadáver de sapo en la ciclovía. ¡Roberto!
Pisa un pintalabios que se escapó de la cartuchera porta cosméticos.
¡Uy!, me estoy olvidando de estas cosas.
Se tropieza con el filo de un papel y se lastima un dedo levanta el pie y se lo toca, examina la superficie descubierta. Siente la sangre. Se saca la sandalia. Salta en un pie para hacer equilibrio.
Las sandalias me salvaron de que me corte un dedo. Roberto siempre me reclamaba que las sandalias no se usan con medias. Pero, ¿ves, Roberto, ves? Hace un gesto burlón y mira para arriba. Los hombres no entienden nada. ¡Robertooo! No entendés, nada, querido, nada. Una dama siempre tiene que usar medias, como decía mi abuela.
Recoge las cosas del piso y las mete desordenadamente en el bolso. Se golpea la cabeza con el filo de puerta y se marea del dolor.
¡Mierda! Parece que esta noche nada me va a salir bien.
Sigue tratando de abrir la puerta. La fuerza hasta poder abrirla.
Uf, por fin esta puerta cede. Seguro que lo maté al sapo. ¿O habrá sido un pájaro muerto? Últimamente he visto varios. Ríe. ¿Por qué siempre se me ocurrirán estos comentarios geniales cuando no hay nadie que los escuche y los celebre?
Entra. Tiene que recorrer un pasillo largo y oscuro. Tan oscuro como la misma calle.
Mañana voy a ver qué era lo que había en la puerta. Espero que no sea un sapo. No sabría cómo tirarlo a la basura.
Salta, agarrando el bolso a la altura del corazón.
Tendría que haber cambiado el foco del pasillo. Mañana, si no vuelve Roberto, le voy a pedir a don Martínez que me venga a hacer el favor.
Choca con el filo de una maceta. ¡Ay! Me había olvidado de esta maceta. ¿A quién se le ocurre poner macetas con flores en un pasillo? ¡Robertoooooooo! Cuando te vea, te voy a matar. ¡Cómo duele! Me debo haber quebrado la pierna. ¿Desde cuándo a los hombres les gustan las flores? Las flores son para… Duda. Se fricciona la pierna lastimada. Mira al cielo. Se distrae con el cielo estrellado. Y sigue hablando sola: para mujeres. Mujeres que no tienen nada más que hacer que quedarse a ver cómo se marchitan las flores. ¡Malditos, perversos estereotipos de género! Me cago en la puta que te parió, Roberto. Me cago en tu gusto por las flores. Y en las flores.
Se fricciona nuevamente la pierna dolorida y pierde el equilibrio. Cae sentada. Grita de dolor e indignación. Un perro ladra. A lo lejos. Ella se levanta y corre por el pasillo hasta la otra puerta. Tiene la llave en la mano. Esta vez le cuesta menos meterla en la cerradura y hacerla girar. Tiene la cara sucia por las lágrimas que le corrieron el maquillaje. Pero se siente triunfante, por primera vez en mucho tiempo.
- ¿Ves, Roberto, ves que puedo vivir sin vos? -, grita.
La casa está vacía y silenciosa. Entra. Busca el interruptor de la luz. Se golpea con algo metálico.
¿Qué es eso? ¿De dónde salió? ¿No voy a parar de golpearme en toda la noche?
Palpa el objeto, trata de identificarlo. No lo logra. Tampoco pudo encender las luces. Se tropieza con una alfombra. Cae. Ya no me levanto más. Me caí tantas veces que me conviene llegar gateando al dormitorio y dormir hasta que sea otro día. Mientras gatea piensa en Roberto. A él le parecería muy sexy verla en esa posición. Se le escapa una sonrisa pensando en qué haría Roberto si la viera ahora. En cuatro patas, se moviliza torpemente, tratando de abrirse paso con las manos. Siente un cosquilleo en la pierna izquierda. ¿Un calambre? ¿Justo ahora? Me cago en la herencia genética. ¿Acaso mis padres no me podrían haber heredado algo mejor que las várices?
Se lleva la mano a la pierna y siente que el cosquilleo sube y se desliza hacia el brazo. No son las várices. Grita.
-Ay, ay, ay ¿Y ahora qué?
Sacude el brazo con mayor ímpetu. Ve al animal y, sin dejar de gritar, mueve el brazo alocadamente. Las patas húmedas de la rata se adhieren a la piel como una ventosa y el animal no sale despedido por el aire, sino que se aferra al brazo desnudo con el mismo frenesí con el que éste se mueve.
Se me revuelve el estómago. Náuseas. ¿Qué más me va a pasar? Ya no puedo más. Seguro que, encima, me contagio de peste bubónica. Con el otro brazo y, con toda su valentía, le pega al animal, que sale despedido con destino incierto.
Sigue arrastrándose por el piso hasta que siente algo frío bajo sus manos. ¿Agua? ¿Habrá alguna pérdida en el baño? Este hijo de puta de Roberto seguro que me dejó las cañerías rotas. Robertooooo.
-Vení, así te mato. - Grita- mi pollerita-, se lamenta.
Se queja. Lloriquea y se limpia las lágrimas con la pollera. Permanece sentada mientras el agua fluye a través de ella. Las lágrimas se confunden con el agua. Parece que me voy a ahogar en el charco de mis propias lágrimas con ese cuento que leía con mi hermano cuando éramos chicos. ¿Cómo se llamaba? ¿Humpty-Dumpty? ¡Qué bien pronuncia Roberto el inglés! Él sabría. Era algo de Alejandra o la de las maravillas. La mujer maravilla me gustaría ser, para entrar a mi casa, por lo menos. Seguro que esa no era, porque a ella le salía todo bien y no lloraba nunca. No como yo. Encima Roberto se ha ido, y se cortó la luz. Lo único que falta es que se me incendie la casa o me entren a robar.
Llora desconsolada.
Como en un flash, la mujer recuerda el porqué de la falta de luz. ¿A quién se le habrá ocurrido apagar las luces cuando se vive en la ciudad? ¿Esto detendrá los cortes de luz? ¿Cortar la luz para que haya luz? Préndase al apagón, la tontería más grande que escuché en mi vida. Pensar que en la facultad un profesor lo festejaba con entusiasmo y nos decía que era pura poesía. Robertoooo, me hubieras recordado que era esta noche. Y que era Alicia la que casi se ahoga en el mar de sus propias lágrimas.

La cita

Pasó su dedo sobre el polvo de la biblioteca. Él tardaba demasiado en salir del baño. Le daban ganas de salir corriendo. Ambos sabían para qué habían ido allí, pero a ella le daba vergüenza. Desde muy chica le habían remarcado que en la primera cita no, pero el arquitecto le gustaba tanto como para olvidarse (o al menos fingir olvidar) lo que su madre le había enseñado.
Esa tarde había salido a comprarse un corpiño con su hermana.
-Uno no muy caro y que me levante. - dijo sin animarse a pronunciar la palabra “tetas”.
-Ay, nena, a veces es buena inversión un corpiño. - dijo su hermana con esa voz tan remilgada que sus palabras parecían dichas por otra persona.
-Un buen corpiño no sólo te levanta las lolas, - se entrometió la que vendía- sino el autoestima-. Para ella era fácil decirlo porque ella tenía unas tetas fenomenales.
-Sanpiaggio no se merece mucha inversión. - mintió- Además no va a pasar nada.-.
No va a pasar nada, pero ahora estaba en la casa de él esperando a que saliera del baño para irse a la cama juntos.
Y los minutos se sucedían en una concatenación, no: concatenación es una palabra que no se puede andar usando con tanta libertad. Concatenación se usa como la usa Paulo Pietro, sólo él sabe de los valores de esa palabra. Se preguntó si el arquitecto Sanpiaggio la tomaría en sus brazos y le arrancaría el corpiño con los dientes. Siempre podía pensar que era Paulo Pietro. Pero Paulo es homosexual, su hermana estaba segura, y ella no iba a redimirlo. Ay, ¿por qué se demora tanto? La verdad es que me siento tan bien con este sostén. Se parece a mi mejor amiga. Pero no creo que el arquitecto sea de los hombres que le arrancan a una la ropa a mordiscones. Ay ¡cómo me miraba cuando comíamos!
Por qué tardaba tanto, qué le pasaría
-¿Arquitecto? ¿Se siente bien?- dijo asomándose a la puerta del baño. No escuchó nada y se decidió a entrar. Mirá que hacerse el muerto justo cuando íbamos a coger.
- Bueno, bueno, levantesé ya.
El arquitecto Sanpiaggio no respondió. De modo que sus últimas palabras habían sido ponete cómoda, vuelvo en dos minutos. Y se murió en el baño.
Pensó en llamar a su hermana. Buscó en la ropa del arquitecto el celular. Pero lo único que escuchó al intentar una comunicación fue: su crédito no le permite realizar esta llamada.
No sabía la dirección. Salió, pero no había número en la puerta de la casa. Y el vecino más próximo estaba como a un kilómetro. ¿Qué haría Paulo Pietro si estuviera en una situación así? Ahora vendría la policía y sus huellas estaban en la biblioteca y vaya a saber adónde más. Se puso a limpiar: sólo desordenó más la casa. ¿cómo vendría la policía si ella no la llamaba? El número, el número de la policía. Pero el teléfono no tenía crédito. Todo parecía tan fácil en las películas. Se resolvía todo en una escena. Aparecía el cadáver y venían unos investigadores tan lindos que una no podía cambiar de canal. Pero vivirlo era distinto. Las cosas no se resolvían del mismo modo. No se resolvían. Arquitecto Sanpiaggio y la puta que te parió. Pelotudo. Venir a morirse cuando. Bah, antes. ¿Ahora quién va arrancarme el corpiño con los dientes? Se rió desesperada. No puedo estar riéndome en un momento así. No estaba tan desesperada. No tendría que haber venido. ¿Habrá quedado un poco de vino?
Tomó todo el vino que había quedado. Se desparramó en el sillón de la única habitación, puso música. Joaquín Sabina.
no me acuerdo si tengo marido
si me quitas con arte el vestido
te invito champagne
y se quedó dormida.
La despertó el ruido del teléfono. Era la esposa del arquitecto Sanpiaggio. Le había dicho que ya estaba divorciado.
- ¿Quién habla? ¿Qué hace usted ahí, con mi marido? ¿Está con mi marido?
-Señora- lo pensó antes de decirlo –no sé adónde estoy. Y su marido está muerto en el baño-. Ahora sí se escuchó el silencio. Espero que no se haya muerto la histérica también.
-Estúpida bromista.
Cortó; mejor así.
Esperó al amanecer. Caminó hasta la ruta. Tomó un taxi que le cobró una fortuna. Llegó a su casa y sin decir nada se metió en la cama.
Esto no se lo voy a contar a nadie no se lo voy a contar a nadie no se lo voy a contar a nadie

Se despertó como a las nueve. Se le hacía tarde para la entrevista. Terminó de pintarse a las apuradas en el espejo del ascensor. Este nuevo trabajo era soñado.
-Señorita, este es su nuevo jefe, el arquitecto Sanpiaggio.
El hombre detrás del escritorio se levantó, como si fuera a ir al baño.
-Ponete cómoda, vuelvo en dos minutos.

Este audiocuento es una realización de Color Ciego Producciones

Ildiko Nassr (Río Blanco, Jujuy, 1976)

Ha publicado libros de poemas Reunidos al azar, 1999; La niña y el mendigo, 2002, de cuentos, Vida de perro, 1998 y de microrrelatos, Placeres cotidianos, 2007 y 2011, Animales feroces, 2011, Ni en tus peores pesadillas, 2016. Sus microrrelatos han sido incluidos en recopilaciones como El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo; 1001 cuentos de una línea (España), Monoambientes. Microrrelatos del Noroeste Argentino, 4 voces de la microficción argentina, Bagliori estremi (Turín, 2012), Eros y Afrodita en la minificción (México, 2016), entre muchas otras. Sus microrrelatos han aparecido en varias antologías argentinas dedicadas al género. Coordina talleres de escritura creativa y ejerce como profesora de Enseñanza Primaria.

Referente del microrrelato en nuestro país, sus narraciones tienen la particularidad de explorar con insistencia las infinitas imposibilidades de la felicidad en el mundo de las relaciones humanas. Aunque diferentes y únicas, como casas de un mismo barrio habitadas por distintas familias, todos sus relatos remiten a un mismo cúmulo de obsesiones que, a esta altura, ya son una rúbrica de estilo.

 

 

 
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